Tribuna
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Volver a la realidad

Al hurtar imágenes crudas del impacto de la covid-19 en España, la atención y el miedo han mermado

Algunos familiares llevan el feretro de un hombre que murió de complicaciones derivadas de la covid-19 por el río Ucayali de Perú.
Algunos familiares llevan el feretro de un hombre que murió de complicaciones derivadas de la covid-19 por el río Ucayali de Perú.Rodrigo Abd (AP)

La muerte no es la medida de todas las cosas. Pero la forma en que tratamos a los muertos dice qué pensamos de los vivos. Arrastraba un libro de Adorno (Minima moralia exige dosis agudas de atención) desde hace años y vino a verme cuando la pandemia empezó a golpear España como una galerna de granito. Sus palabras parecían encerrar algo más que una coda para los que se iban a miles y en silencio: “Sólo una humanidad a la que la muerte le resulta tan indiferente como sus miembros, una humanidad que ha muerto, puede sentenciar a muerte por vía administrativa a incontables seres. La oración de Rilke por una muerte propia representa el lamentable engaño de creer que los hombres simplemente fallecen”.

Vila-Matas lamenta que los libros cedan el terreno de la imaginación, del pensamiento, a otros ámbitos más cordiales a la distracción. No sé qué mundo estamos deshaciendo, pero sí que la experiencia del silencio entre los libros y la mente es una arcilla íntima que permite que el cerebro tienda una gramática y una sintaxis de luces en un bosque, asocie un sentido de la existencia. En El proceso, Josef K. debate con un sacerdote el significado de la parábola del campesino que se pasa una vida esperando ante la ley. Sin ponerse de acuerdo si el engañado fue el labriego o el centinela, el cura le propone a K. un arco voltaico para el siglo XX y este tan raro que apenas acertamos a habitar: “No, no hay que creer que todo es verdad; hay que creer que todo es necesario”. La conclusión de K. podría ser la misma a la que llega Kafka: “Una opinión desoladora, la mentira se convierte en el orden universal”.

Página Indómita rescata Opresión y libertad, textos escritos por Simone Weil entre los años treinta y 1943, el de su muerte. En el ensayo sobre Materialismo y empiriocriticismo destroza al Lenin filósofo: “El autor no intenta en absoluto contemplar con claridad su propio pensamiento, sino tan solo mantener intactas las tradiciones filosóficas de las que vive el Partido. Y tal método de pensamiento no es el de un hombre libre. Pero ¿cómo podría Lenin pensar de otra manera? Desde el momento en que un partido se consolida no solo por la coordinación de acciones, sino también por la unidad de la doctrina, se vuelve imposible para un buen militante no pensar como un esclavo”. Estas observaciones son de 1933, cuando pocos desde la izquierda se atrevían a cuestionar la revolución.

¿Cómo cristalizan nuestras ideas de la realidad? Ricardo García Vilanova me llamó a comienzos de la pandemia para mostrar su desconsuelo porque encontraba más dificultades para fotografiar el dolor de los demás en Barcelona que en Yemen o Libia. Ante los atentados del 17 de agosto de 2017 se aceptó descartar imágenes duras de los atropellos mortales en la Rambla. Emilio Morenatti, responsable editorial para la Península de Associated Press, se queja de las trabas para captar la llegada de pateras a Canarias. “Por su bien, y por la dignidad de las víctimas”, y para impedir que “demasiada información” sobre la llegada de extranjeros pobres dé argumentos a la extrema derecha.

Hace tiempo que economistas que practican el vicio de pensar, como Gonzalo Fanjul, denuncian la ceguera y la cobardía de la política migratoria de la Unión Europea y de España, y cómo la izquierda acaba haciendo masa con la derecha y la extrema derecha. “Los datos y la realidad son menos importantes que la capacidad para convencer a la gente de ciertos hechos”. Lo sabe Trump, pero también lo saben aquí. Fanjul dice que parte de la izquierda tiene el corazón en el lugar adecuado, pero no la cabeza. Esa idea equivocada que cree que operamos “en Estados isla donde los derechos de los trabajadores se pueden defender con independencia de lo que ocurre a los trabajadores de fuera de sus fronteras”. Cuando esa izquierda dice que hay que ayudarles a no emigrar acaba queriendo lo mismo que la derecha. Porque no reconoce ni el beneficio que reportan los migrantes ni las perentorias necesidades demográficas de un continente (Europa) y de un país (España) que envejece, muere, se empobrece a toda máquina.

Sospecho que al hurtar imágenes del impacto de la covid-19 en España la atención y el miedo han mermado. Al haber descartado la muerte como algo que solo le ocurre a los otros, a los viejos, a los pobres, hemos inmunizado la conciencia. Y aceptamos que más de 60.000 hayan desaparecido de puntillas. Como si fuera una catástrofe natural.

¿Cómo sabemos lo que sabemos? ¿Volverá a triunfar Trump en noviembre porque la verdad circula peor que la mentira? Lo estamos viviendo con el coronavirus y la emigración. Porque entre los que no quieren saber y los que no quieren que sepamos embalsamamos un mundo para apaciguar el exceso de realidad. No por evitar que los fotógrafos capten la muerte va a desaparecer. Hay formas obscenas de censura que no lo parecen. La de los que se apoderan de palabras e imágenes es letal. Lo dijo Paloma Sevillano, capitana del buque hidrográfico Antares: “Cada medio de comunicación ha hecho lo que ha podido, pero deberíamos haber visto más imágenes de lo que ha pasado”. Algunos arriba y muchos abajo echan aceite al mar, una sociedad infantilizada que no quiere ver que la muerte forma parte indisociable de la vida.

Alfonso Armada es periodista.

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