Columna
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El rompecabezas boliviano

La Constitución del país andino consagra deberes y derechos ineludibles más retóricos que efectivos, pues la convivencia entre el mundo indígena y no indígena sigue presa del atavismo y la conveniencia de las élites

Un manifestante durante una protesta contra la presidenta interina Jeanine Áñez en El Alto, Bolivia.
Un manifestante durante una protesta contra la presidenta interina Jeanine Áñez en El Alto, Bolivia.DAVID MERCADO (Reuters)

Suponiendo que se desarrollen sin trampas ni batallas campales, las elecciones presidenciales de Bolivia no solucionarán sus grandes problemas, ni la hostilidad entre los acaudalados clanes cruceños y los sindicatos indigenistas, pero son imprescindibles para abordar una crisis socioeconómica y sanitaria que acentúa las desigualdades y obligará a consensos para impedir nuevos estallidos de violencia. Con la pandemia han aflorado los obstáculos estructurales del país andino, cuya estabilidad depende de una democracia que no sea coartada de totalitarismos y conjugue el respeto a la autodeterminación de los pueblos originarios con sus obligaciones en un Estado de derecho.

La Constitución, que reconoce las diversas nacionalidades, consagra deberes y derechos ineludibles, pero más retóricos que efectivos pues la convivencia entre el mundo indígena y no indígena sigue presa del atavismo y la conveniencia de las élites: las de siempre y las de nuevo cuño. La heterogénea Bolivia no consolida la armónica relación de sus universos culturales. Fracasan las políticas. La tendencia de Evo Morales a considerarse insustituible, de ahí la manipulación de las últimas elecciones, fomenta animosidad y revanchismo. Tampoco ayuda el doctrinarismo de su vicepresidente, Álvaro García Linera, cuyo diagnóstico de los problemas nacionales es tan cierto como su propensión a solucionarlos sin apearse del poder, transformando el sistema con una amalgama del marxismo leninismo, indianismo y quimeras.

Al Movimiento al Socialismo (MAS), principal fuerza al controlar dos tercios de los poderes locales, corresponde replantear los objetivos y estrategias de su exiliado líder para entenderse con la moderación del expresidente Carlos Mesa, a fin de evitar que la ultraderecha racista lastre la reconciliación y la justicia. Pese a sus políticas absolutistas y clientelares, Morales redujo la pobreza ayudando a los compatriotas que la padecen con los ingresos de la exportación de materia primas: Bolivia avanzó en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas y retrocedió en democracia al manipularla para ganar elecciones.

El sectarismo ideológico en una geografía tan compleja y necesitada de integración y acuerdos es tan alarmante como los reaccionarios comportamientos del interinato de Jeannine Añez, y de los seguidores de ascendencia europea del empresario Luis Fernando Camacho, enemigos de los usos y costumbres de los 36 pueblos amerindios.

La transformación del Estado durante el proceso constituyente de 2006 fue una necesidad que permitió la inclusión de la mujer y los indígenas en la administración del país, liberándoles de la condición de siervos. Esa renovación fondo se malogra cuando el reordenamiento territorial y estructural del Estado se efectúa atrapando las instituciones con engaños.

La fractura entre las empobrecidas poblaciones quechuas y aimaras del Alto y los acomodados blancos y mestizos de Santa Cruz es tan cierta como peligroso que sus fanáticos traten de imponer el rumbo nacional. Durante la Constituyente se acuñó una consigna incumplida por unos y otros: “los excluidos no vamos a excluir a los excluidores de siempre”. Sin la inclusión de todos, ningún arreglo será duradero.

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