Columna
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May. ¿Un futurismo indígena?

Desde el pasado y la tradición, los creadores de pueblos indígenas han cuestionado el presente y se han insertado en eso que damos en llamar mundo contemporáneo, lo mismo está ya comenzando a suceder con el futuro

Una mujer en la comunidad de la sierra baja mixe. Este es uno de los poblados más marginados en Oaxaca, y su subsistencia se basa en la producción de frijol, maíz, huevo y pollos, para su propia alimentación.
Una mujer en la comunidad de la sierra baja mixe. Este es uno de los poblados más marginados en Oaxaca, y su subsistencia se basa en la producción de frijol, maíz, huevo y pollos, para su propia alimentación.Tercero Díaz (Tercero Díaz)

La exploración de las distintas posibilidades del futuro ha estado monopolizada por una de las muchas culturas del mundo; una tradición cultural, una entre muchas, pero hegemónica ha construido los imaginarios posibles que nos depara el paso del tiempo. La tradición occidental ha creado en nuestra imaginación una amplia gama de mundos y entornos que constituyen ese terreno desconocido que llamamos futuro. A través de la construcción audiovisual, de la ficción construida por novelas, cuentos, películas, videojuegos, caricaturas, series e incluso por modelos estadísticos de predicción, se ha moldeado en nuestra mente una pequeña gama de futuros posibles. Aunque existen muchísimos de estos productos culturales occidentales que visitan las dunas movedizas del futuro, en realidad se inscriben dentro de un espectro más bien estrecho de posibilidades: en general, con sus muy interesantes excepciones, tratan de un futuro hípertecnologizado o bien de un futuro apocalíptico en donde occidente sigue siendo el protagonista. En estos mundos, la hegemonía de las lenguas occidentales permanece intacta y la idea del otro se sigue construyendo desde los mismos lugares de enunciación. El futuro se habla predominantemente en inglés del mismo modo en el que occidente ha narrado también el pasado predominantemente en esta misma lengua, lo ha hecho tantas veces que nos parece perfectamente aceptable y natural que, en las películas estadounidenses que llegan a casi todo el mundo, Jesús o el emperador romano Julio César hablen en inglés aunque eso sea claramente falso. Los entornos semánticos del futuro y del pasado se configuran desde la base de una sociedad angloparlante. Hemos naturalizado tanto la sombra de occidente proyectándose sobre el pasado como estamos naturalizando su proyección sobre el futuro. Pareciera que, fuera del menú que occidente nos sirve, nos resulta complicado imaginar los ingredientes del futuro desde otros marcos lingüísticos, sociales o políticos.

El futuro, y no solo el pasado, se convierte entonces en un espacio para impulsar procesos anticoloniales pues estamos habitando ya futuros de antemano colonizados desde la creación de los imaginarios. Uno de los elementos fundamentales consiste en poner en crisis la idea de un futuro en donde la tecnología ha resuelto muchos de los problemas de la humanidad y su desarrollo ha creado productos que ahora solo pertenecen al terreno de la ciencia ficción. Las creaciones de la tecnología se han convertido en mercancía y su comercialización demanda una monstruosa cantidad de insumos naturales que es ya insostenible. Estos insumos materiales provienen de la explotación de territorios de pueblos históricamente oprimidos. Además, la explotación de los minerales, los combustibles fósiles y los recursos naturales necesarios para el desarrollo tecnológico nos plantea dudas más que razonables sobre la factibilidad de ese futuro hípertecnologizado que occidente nos ha creado en la imaginación. ¿Es posible sostener la idea de un futuro comandado por la tecnología en un planeta a punto del colapso climático? ¿Es posible seguir con el desarrollo tecnológico capitalista cuando los insumos naturales para su producción en serie se están agotando? Predecir un escenario en el que el futuro de la humanidad esté más bien destecnologizado parece cada vez más sensato y más probable.

Dado que las creaciones futuristas se han convertido entonces en un espacio de disputa ideológica y un lugar desde el cual articular la resistencia contra los sistemas de opresión del presente, resulta imprescindible multiplicar esta creaciones y crear futurismos diversos desde los pueblos, las lenguas y las voces que han sido confinadas generalmente al pasado y a la tradición. Arrebatar territorios futuros a los colonizadores actuales se vuelve necesario. Una de las apuestas más importantes dentro de este marco de consideraciones ha sido sin duda el movimiento afrofuturista que ha planteado posibilidades nuevas de imaginar el futuro que durante mucho tiempo había sido solo blanco, capitalista y, sobre todo, angloparlante. El afrofuturismo ha planteado creaciones subversivas que crean futuros complejos y distintos para la población afrodescendiente desde distintas disciplinas artísticas y planteamientos estéticos. Poco a poco, este espíritu ha comenzado a influir también en el surgimiento de otros futurismos que le disputan a occidente la construcción narrativa de eso que llamamos futuro.

En las discusiones que he tenido con diferentes creadores de pueblos indígenas en México, he podido darme cuenta que el futurismo ya se está gestando desde una multiplicidad de idiomas, de disciplinas y de voces. Quienes hacen artes visuales, gráfica, música o literatura en los pueblos indígenas están visitando los terrenos del futuro con mayor frecuencia en sus creaciones, reinterpretando la tradición no solo a la luz del presente sino también a la luz del futuro, se están asomando a esos paisajes de la imaginación sobre el tiempo por venir. Ante la germinación de estos discursos y narrativas e ideas, auguro que pronto la creación artística de pueblos y comunidades indígenas se volcará hacia el futurismo para hacer una crítica radical del presente. ¿Podríamos hablar de un futurismo indígena? Creo que no, más bien, lo probable es que sean múltiples futurismos, futurismos mixes, futurismos zapotecos, mixtecos o nahuas por mencionar solo algunos; serán futurismos que rompan con la idea de que toda la diversidad de pueblos originarios puede ser confinada en la categoría “indígena”, sospecho que serán futurismos en donde la construcción de lo indígena como un monolito cultural será dinamitada. Desde el pasado y la tradición, los creadores de pueblos indígenas han cuestionado el presente y se han insertado en eso que damos en llamar mundo contemporáneo, lo mismo está ya comenzando a suceder con el futuro. El futuro dejará de ser sólo uno y ante la debacle climática por suceder esta tarea se erige más necesaria que nunca.

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