Arte y creatividad para gestionar las emociones de los niños y su relación con el mundo

La imaginación creativa es un puente para llegar al pensamiento crítico y reflexivo que posibilita que cada menor encuentre su voz y entienda sus emociones

Un grupo de alumnos pinta en el aula de Educación Infantil.
Un grupo de alumnos pinta en el aula de Educación Infantil.skynesher (Getty Images)

El arte no es una simple herramienta para canalizar emociones, sino que es puro desborde emocional. Es una forma de comunicación a través del color, la arcilla, la escena, la nota musical o el paso de baile. Y, como en todos los idiomas, hay que aprender las claves para poder hablarlo, ejecutarlo. El día más tormentoso del año con un piano o una trompeta puede convertirse en un remanso de tristeza canalizada por medio de melodías. O si la furia se apodera de los nervios, quizá un pincel y témperas, o un compás con palmas, hacen que todo pase, que la energía se descargue y el cuerpo se destense, e incluso, en el proceso de pintar o bailar, conectemos con los porqués de nuestro sentir. No se trata solo de conocer las producciones artísticas famosas: he ahí Sketches of Spain de Miles Davis, Judit decapitando a Holofernes de Artemisia Gentileschi o Giselle interpretada por la bailarina Tamara Rojo; sino más bien de acercar los códigos para que los niños y adolescentes puedan experimentar, vaciarse o llenarse, inventar e imaginar, agudizar el ingenio y desarrollar el pensamiento lateral.

Helen Gómez-Reino Effer es maestra del CEIP La Navata, en Galapagar (Madrid). Ella explica que la experimentación con herramientas artísticas es necesaria para completar, complementar y enriquecer el aprendizaje. Y lo cierto es que en la educación reglada hay un gran déficit al respecto, ya que se sigue priorizando la memoria y el conocimiento por parcelas. Según la maestra, si no le damos alas, pies y alma a la creatividad, el proceso educativo es una tierra árida y limitada: “Estamos convirtiendo a los niños y niñas en unos seres receptores, no en seres creadores. Viven el momento más rico y hambriento en cuanto a experiencias vitales y se les cortan las alas”. Es por eso que observa que la creatividad de los niños va disminuyendo cada año según superan los cursos de Primaria. “Se van replegando las alas del arte y de la imaginación en pro de un conocimiento más académico-conceptual. Todavía no se entiende, se considera que no es productivo o interesante el desarrollarlo creativo”, sostiene.

Gómez-Reino argumenta que la imaginación creativa es el elemento para hilar los conocimientos y las emociones con la esencia de lo que cada niño y cada niña es: “El conflicto surge cuando no se tienen alas, lo que viene siendo herramientas y conocimientos, para saltar y llenar el vacío”. Ella aboga por ofrecer espacios y materiales que generen curiosidad, y de un estímulo, con apoyo y arrope, puede resultarles la brizna que prenda las ganas de crear, expresar y descubrir otra manera de mirar. Y avisa que aburrirse es también esencial: “Las madres también debemos permitir que el tiempo se pare y dejar espacio al aburrimiento, ya que de ahí salen grandes descubrimientos y creaciones, como bien hemos visto a lo largo de la historia de la humanidad”. En ocasiones, la mejor opción, según prosigue, es permitir que el ruido mental, ambiental y de producción constante se detenga ante nuestros hijos: “Pararse a inventar. Pararse a soñar. Soñar en algo que inventar”.

Juan Carlos Becerra es graduado en Educación Musical y Educación Primaria. Desde hace 12 años toca el saxofón, algo que aprendió en la Banda Municipal de Cuevas del Becerro (Málaga). Afirma que un maestro como él, recién salido del proceso opositor, diría que el principal beneficio del arte y la creatividad tiene que ver con la influencia directa que produce en el desarrollo integral, “ya que contribuye a potenciar las principales habilidades que conforman a la persona; estas son las habilidades perceptivas, motoras, cognitivas, afectivas y sociales”. Y como músico, hila más fino: “Para mí la principal aportación del arte en los más pequeños tiene que ver con su capacidad para despertar el pensamiento crítico y reflexivo. Decía Paulo Freire en su obra Pedagogía del oprimido que alfabetizarse no es aprender a repetir palabras, sino aprender a decir su palabra”.

Así que para este maestro amante de la música las expresiones creativas son un puente para llegar al pensamiento crítico y reflexivo que posibilita que cada niño encuentre su voz, sus palabras, y con ello ir más allá del puro almacenaje de conocimiento. “En un mundo en el que el ruido cada vez tiene más presencia, la música nos enseña a escuchar. Ya no solo a escuchar ese mundo que nos rodea, sino a escucharnos a nosotros mismos”, asegura Becerra. La música altera nuestro estado de ánimo y esa relación que se crea entre los sonidos y las emociones (o entre pasos de baile y emociones) hace que sea más fácil la descripción sensorial y afectiva. “La creatividad no es más que darle rienda suelta a eso que tenemos dentro... de la forma más libre y natural posible. Hacerlo, además, sin filtros”. Y se reafirma: “La relación músico-afectiva que se establece con la creatividad incide principalmente en la manera de canalizar lo emocional, ya que posibilita que los pequeños se identifiquen con el sentimiento más apropiado”.

La pedagoga y actriz Rosa Gàmiz es especialista en arte y educación. Trabaja en múltiples proyectos de teatro en escuelas públicas, y ahora se muestra ilusionada con el proyecto A Tempo —una de las propuestas presentadas es explicar a los estudiantes la historia de Julieta Capuleto, entre otras iniciativas—, dentro del festival Temporada Alta de Girona. Gàmiz acerca a las aulas de Girona y Salt los clásicos del teatro, adaptándolo a lenguaje de Infantil y Primaria. Estos días está inmersa en La persona buena de Sezuan, de Bertolt Brecht. Sus talleres consisten en contarles la obra, y luego invitar a los niños interpretar distintos roles. Cada uno elige a quién representa, así como los espacios en los que se desenvuelve su personaje. “A través del personaje gestionan de forma lúdica las mochilas que llevan”. La actriz les ofrece materiales como disfraces, sombreros y objetos, y son ellos los encargados de encarnar a los personajes, así como los problemas que les atañen.

Gàmiz defiende que el teatro, la improvisación y el arte dramático, al ser tan flexibles y amplios, permiten trabajar desde el autoconocimiento, así como realizar trabajo en grupo. “No tanto en la competitividad sino, como decía el pedagogo canadiense George Laferrière, en la ayuda a los demás para el beneficio del grupo entero”, señala. El acto de ponerse una máscara e interpretar a otro incide en las emociones de cada uno, que de una manera natural y fluida, a través del juego, verbaliza y pone orden a sentimientos como la felicidad, el enfado o la tristeza. “El teatro facilita trabajar emociones de forma sana y fácil”, afirma. La pedagoga y actriz también considera que el arte dramático permite a los más pequeños dejarse ir y hacer limpieza de las cosas que pasan a nivel interior y que, en ocasiones, no saben cómo hacer ni cómo gestionar: “La creatividad se comporta como tarea de reparación en lo que atañe a las emociones y las preocupaciones, así como también ayuda a ensanchar la construcción y la puesta en marcha del pensamiento crítico”.

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