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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Disciplina positiva: estos son los cuatro motivos por los que no debes castigar ni gritar a tu hijo

Hay días que nos vemos incapaces de acompañar a nuestros pequeños desde la calma y nos instalamos en una absurda avalancha de gritos y amenazas

Un padre regaña a su hijo
Un padre regaña a su hijopexels

“Castigado sin ver la tele”. “Castigado sin el móvil o los videojuegos”. “Castigado sin jugar”. “Castigado en tu habitación”. “Castigado sin quedar o salir con tus amigos”. “Castigado sin…”. Hay días que nos vemos incapaces de acompañar a nuestros hijos desde la calma y nos instalamos en una absurda avalancha de gritos y amenazas. Jornadas repletas de reproches, de conversaciones fuera de tono, de silencios incómodos y lloros incontrolables.

Situaciones que provocan que perdamos los nervios, sancionemos sin sentido y creemos en casa un ambiente de desconexión o tensión y desconfianza. Donde es imposible solucionar los conflictos desde la empatía y buscar soluciones que satisfagan a ambas partes.

El ritmo acelerado en el que vivimos, las dificultades que tenemos para conciliar trabajo y familia, el cansancio extremo que arrastramos, las miles de tareas por hacer se convierten en el gran enemigo de la educación respetuosa. La vorágine de obligaciones a las que debemos hacer frente en nuestro día a día nos llevan a educar des la impaciencia, la reactividad y a utilizar el castigo como única alternativa para que nuestros pequeños nos hagan caso.

Una herramienta educativa carente de contenido pedagógico que únicamente busca sancionar o reprimir el comportamiento de nuestros hijos. Unos castigos que surgen desde el enfado, la ira y la desesperación cuando somos incapaces de interpretar el comportamiento de nuestros pequeños y dar respuesta a todo aquello que necesitan.

Los castigos son actos putativos que carecen de significado y aprendizaje. Los usamos cuando no realizamos una buena canalización de nuestras propias emociones o cuando entramos en una espiral de malestar o contradicciones internas que únicamente consiguen romper el vínculo con nuestros hijos.

Los castigos afectan negativamente al desarrollo armonioso de la personalidad de nuestros pequeños y mellan seriamente su autoestima. En muchas ocasiones, van acompañados de etiquetas que les ridiculizan o les llenan de culpabilidad, tristeza e inseguridad.

Estas sanciones únicamente infunden miedo, ira o frustración y no ayudan a nuestros hijos a saber qué conductas deben modificar. Dejar de castigar no significa que nuestros hijos puedan hacer todo aquello que quieran o les apetezca siempre.

Todas las acciones incorrectas deben tener unas consecuencias lógicas y naturales relacionadas directamente con la conducta inapropiada. El objetivo de aplicar consecuencias es hacer entender poco a poco a nuestros hijos que sus actos siempre tienen consecuencias sobre ellos mismos y los demás. Deben ayudarles a analizar aquello que no hayan hecho bien y a hacerse responsables de sus comportamientos sin hacerles sentir mal.

Ante un comportamiento inadecuado debemos favorecer el aprendizaje útil que motive a nuestro hijo a reflexionar, conversar y buscar soluciones para reparar el fallo. Establecer normas y límites claros que den a nuestros hijos confianza y seguridad será la clave para que sepan cómo deben actuar en cada momento.

Una base afectiva segura nos ayudará a conectar con ellos y a poder ayudarles a reparar aquello que no han hecho del todo bien. Los niños que son educados en un equilibrio de firmeza y amabilidad son mucho más autónomos y seguros de sí mismos.

Utilizar un modelo educativo en positivo nos permitirá acompañar el desarrollo y crecimiento de nuestros hijos desde el respeto mutuo, el amor incondicional, la empatía y la comprensión. Donde prime el vínculo, el sentido común, la mirada cómplice y el entendimiento. Donde no haya espacio para las sanciones sin sentido, para los sermones y el mal humor.

Siendo adultos significativos que cuidan y protegen, amables y firmes al mismo tiempo. Que les ofrecen el tiempo necesario para aprender y les enseñan a aceptar el error como parte imprescindible para el aprendizaje. Que confían en las capacidades de sus pequeños y les dejan que resuelvan sus problemas de forma autónoma y tomen sus propias decisiones sin sobreprotegerlos.

Adultos que establecen expectativas acertadas hacia sus hijos y los aceptan tal y como son de manera incondicional deseando hijos felices y no perfectos. Que conocen las características propias de cada etapa educativa para poder dar respuesta a las necesidades e inquietudes.

¿Por qué debemos dejar de castigar a nuestros hijos?

  1. Los castigos vulneran los derechos del niño y generan conductas evitativas o de sumisión. Crean deseos de revancha y potencian el mal comportamiento. Los niños que son castigados habitualmente muestran muchas dificultades para establecer buenas relaciones sociales y tienen un peor autoconcepto.
  2. Ante estas sanciones nuestros hijos no se sienten respetados, escuchados ni acompañados. Los castigos, que suelen ir acompañados de gritos o amenazas, humillan y debilitan emocionalmente a nuestros hijos. No son respetuosos y generan relaciones verticales en el que hay uno que gana y otro que pierde.
  3. Los castigos únicamente actúan sobre el comportamiento inmediato y no modifican la conducta a largo plazo. Carecen de aprendizaje, reflexión, reparación y no invitan al razonamiento o la reflexión.
  4. Los castigos promueven la mentira, la desconfianza y la venganza. No permiten que el niño vaya interiorizando las normas sociales ni se haga responsable de sus actuaciones. Las sanciones sin sentido suelen hacer más grandes los problemas.

El mal comportamiento es el lenguaje que tienen los niños para expresar que tienen necesidades o emociones no resueltas. En vez de sancionarles por ello, aprendamos a ofrecerles nuestro ejemplo y nuestra ayuda. A validar todo aquello que sienten para que no sientan vergüenza o culpa y puedan actuar serenidad. A resolver los conflictos de forma positiva sin utilizar las sanciones, los chantajes o las amenazas.

Mostrarnos disponibles y comprensivos ayudará a que la conducta de nuestros pequeños y jóvenes sea mucho más adecuada. Como decía Michel de Montaigne: “El que, estando enfadado, impone un castigo, no corrige si no se venga”.

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