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GUERRA CONTRA IRÁN
Análisis

Cuando destruir una civilización se dice en voz alta

El lenguaje de exterminio no solo acompaña la violencia, sino que la prepara, la legitima y la hace imaginable. Cuando se normaliza este discurso, algo se rompe en el espacio público

Donald Trump gesticula durante una rueda de prensa sobre Irán celebrada en la Casa Blanca, en Washington, el lunes.JIM LO SCALZO (EFE)

Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”. Lo escribió el presidente de EE UU en su red social, con signos de exclamación. Desde entonces, el debate sobre su salud mental se ha relanzado. Pero ese debate nos protege de algo peor: ante un lenguaje así, buscar una explicación psicológica es casi un reflejo de autoprotección. Si Trump está loco, el problema es médico y tiene solución institucional: la 25ª Enmienda, el gabinete, los mecanismos de un Estado que sigue funcionando. Podemos respirar. Pero si no lo está, si Trump eligió esa palabra y calculó ese mensaje, si decidió que amenazar con el exterminio de una civilización era una táctica negociadora viable, entonces el problema no es psiquiátrico, sino político. Y es incomparablemente más grave. Significaría que el presidente de la mayor potencia militar de la historia ha introducido el lenguaje del exterminio civilizatorio en el espacio público, conscientemente, como instrumento. No en un memorando secreto ni reconstruido décadas después por historiadores, sino en tiempo real. El salto cualitativo no está en la brutalidad de Trump; eso ya lo conocíamos. Está en que por primera vez el lenguaje de la aniquilación ha sido pronunciado por alguien con capacidad real de ejecutarlo, en la esfera pública y sin eufemismos. Lo que se ha roto no es solo una regla, sino una forma de hablar del mundo.

El orden internacional posterior a 1945 descansaba tanto en el derecho como en una gramática del silencio: los Estados hacían ciertas cosas, pero no podían decirlas. Trump ha quebrado esa gramática, y cuando el silencio deja de ser obligatorio, el mundo cambia de idioma. La palabra clave no es “morir”, sino “civilización”. No es retórica accidental, sino una forma de acción. Primero, por su dimensión jurídica. Parte de la prensa internacional advierte que afirmar que “una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás” constituye una de las expresiones más explícitas de intención destructiva pronunciadas por un líder contemporáneo; en un tribunal como La Haya, sería una pieza central de cargo. La Convención del Genocidio no exige metáforas, sino intenciones. Y en este caso la intención no necesita ser interpretada: se formula explícitamente. Segundo, hay una estructura retórica antigua y profundamente inquietante. La amenaza de aniquilación se combina con una bendición final: “Dios bendiga al gran pueblo de Irán”. Quienes destruyen rara vez se nombran como destructores; se narran como redentores. Tercero, la palabra “civilización” no es neutra. Samuel Huntington, que no era precisamente un pacifista, se removería en su tumba. Trump ha convertido el marco analítico del autor del Choque de Civilizaciones en un programa de exterminio.

Pero el profesor de Harvard pensaba las civilizaciones como mundos históricos complejos. Aquí, en cambio, “civilización” significa simplemente “ellos”: un marcador de alteridad total que habilita la destrucción completa. Cuando dices “civilización” en lugar de “régimen”, “Estado” o “gobierno”, disuelves la separación entre combatiente y población civil, que es precisamente la distinción que protege el derecho internacional. Ya no atacas al régimen de los ayatolás, sino a Persia. Invocas al “pueblo”, pero destruyes el sistema material que lo sostiene. Y cuando se destruyen puentes, redes eléctricas o sistemas de agua, esa separación deja de existir. La violencia que se presenta como selectiva se vuelve, en la práctica, total.

Lo más grave, sin embargo, no es lo que Trump ha amenazado con hacer. Sea lo que sea lo que ocurra con Irán, hay algo que ya ha ocurrido y que no tiene marcha atrás: esas palabras han sido dichas, en público y sin consecuencias inmediatas. El lenguaje no solo acompaña la violencia. La prepara, la legitima y la hace imaginable. Cuando el exterminio de una civilización puede enunciarse en una red social, algo se quiebra en el espacio público. Lo impronunciable ha sido dicho y, una vez dicho, pasa a formar parte del horizonte de lo posible. Horas después, Trump aceptaba un alto el fuego de dos semanas. La amenaza había entrado ya en la negociación. Lo que no se repara con la misma rapidez es otra cosa. Eso es lo que deberíamos estar discutiendo: no si Trump está loco, sino qué mundo estamos construyendo cuando ese lenguaje ya no escandaliza lo suficiente.

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