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¿Francia “descivilizada”? La violencia en la política y la sociedad inquietan a Macron

Las amenazas y agresiones a alcaldes y cargos electos y una serie de sucesos violentos colocan la inseguridad en el centro de la agenda política del país. Y abren un debate intelectual

Miembros del cuerpo de gendarmería se preparaban para cargar contra los manifestantes el 14 de abril en París, mientras ardían barricadas.
Miembros del cuerpo de gendarmería se preparaban para cargar contra los manifestantes el 14 de abril en París, mientras ardían barricadas.Samuel Aranda
Marc Bassets

Fueron 10 días aciagos a mediados de mayo: la coincidencia de varios sucesos violentos puso al país en alerta. Y activó a Emmanuel Macron.

El presidente francés cambió su agenda para asistir al homenaje a tres policías muertos al chocar en una carretera con un automóvil en dirección contraria. Unos días antes, el Gobierno había anunciado un endurecimiento de las penas por las agresiones a alcaldes como el del municipio de Saint-Brévin, quien dimitió después de un incendio en la entrada de su domicilio. Por las mismas fechas, un hombre con problemas psiquiátricos graves mató a una enfermera en un hospital de Reims. Y en Amiens, un sobrino de Brigitte Macron, esposa del presidente, fue golpeado por un grupo de manifestantes contra la reforma de las pensiones.

“Ninguna violencia es legítima, sea verbal o contra las personas”, dijo Macron el 24 de mayo en el Consejo de Ministros. “Hay que trabajar en profundidad para contrarrestar este proceso de descivilización”.

Al utilizar esta inusual palabra, “descivilización”, el presidente desató uno de esos debates que tanto gustan en Francia, pero en los que, de dar tantas vueltas a los argumentos, se acaba olvidando de qué se estaba hablando. De lo que se estaba hablando era de una serie de actos violentos que poco tienen que ver entre sí, pero que, al coincidir en el tiempo, dan la sensación de un país al borde del colapso. Aunque varios indicadores sobre la inseguridad y la delincuencia han aumentado en los últimos años, la sensación de violencia generalizada es falsa, pero fácil de instrumentalizar políticamente. Y es un reflejo de experiencias tangibles.

“Es muy característico de Francia: en vez de hablar del fondo se habla de una palabra”, lamenta Christian Schoettl, 68 años y, desde hace 34, alcalde de Janvry, un pueblo de 600 habitantes a 28 kilómetros al sur de París. “Si al tipo que me amenazó con cortarme la cabeza con una sierra eléctrica llego a hablarle del proceso de descivilización...” Y Schoettl explica lo que ocurrió, hace un año, en una de las carreteras que salen de este oasis de prosperidad y confort en medio de campos de trigo. Unos muchachos, que no eran del pueblo, hacían piruetas con sus motos por la carretera. El alcalde y su número dos les conminaron a parar. El tono subió. En un momento dado, uno de los muchachos sacó la sierra mecánica. En un vídeo que grabó el alcalde se escucha a alguien que le dice: “Le voy a arrancar la cabeza”.

La cosa no llegó a mayores, pero es un ejemplo de lo que Schoettl, como otros alcaldes y diputados franceses, llevan tiempo denunciando: las amenazas y agresiones a las que se ven sometidos en su trabajo diario. A veces, como en el caso de Yannick Morez, alcalde de Saint-Brévin, en el oeste de Francia, es por motivos políticos: el centrista Morez sufrió una campaña de hostigamiento de la extrema derecha por un proyecto para demandantes de asilo. Su dimisión el 9 de mayo, un mes y medio después del incendio en su domicilio, se interpretó como una derrota del Estado.

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El alcalde de Janvry, Christian Schoettl, fotografiado en unos cobertizos que han adecuado para que funcionen como teatro municipal.
El alcalde de Janvry, Christian Schoettl, fotografiado en unos cobertizos que han adecuado para que funcionen como teatro municipal.

Otras veces, la intimidación no es política y tiene más que ver con el gamberrismo, la pequeña delincuencia o las tensiones de la vida cotidiana. Schoettl recibió un día de abril una llamada: un vecino le alertaba de que alguien estaba lanzando escombros de una obra en un camino rural. El alcalde de Janvry se acercó al lugar con su coche. Le pidió al hombre que recogiese los escombros; este obedeció. Iba a marcharse, cuando el alcalde le dijo: “Usted se queda aquí, a esperar a la gendarmería”. El hombre respondió: “No tengo tiempo para tonterías, me marcho”. Arrancó e hizo caer al alcalde entre el camino y los campos de trigo.

“Caí aquí mismo”, indicaba este sábado Schoettl en el mismo lugar. “Tenía rasguños con sangre, me rompió el pantalón”.

Según datos citados por la Asociación de Alcaldes de Francia, las agresiones verbales o físicas a cargos electos pasaron de 1.720 en 2021 a 2.265 el año siguiente, un 32% más. El número de policías heridos ha pasado de 3.800 en 2004 a 4.900 en 2020, según datos del politólogo Jérôme Fourquet. Tras la pandemia, algunos indicadores sobre inseguridad y delincuencia (homicidios, heridas voluntarias, violencia sexual) han aumentado, continuando una tendencia que ya se observaba antes del coronavirus, según el Ministerio del Interior.

El efecto de la pandemia

Se pregunta el alcalde Schoettl: “¿Qué ha sucedido en nuestra bella Francia?” Y esboza una teoría: “Pienso que las cosas empeoraron después de la covid. La gente estaba encerrada y controlada, y tenía la impresión de que había una autoridad ciega y a veces estúpida... Todo lo que rodea a la autoridad se pone en duda. Al haber sido encerrados por una autoridad en la que no se confiaba, la gente aprende a esquivar todas las reglas. Y sobre nosotros se cristalizan todos los rencores”.

¿Refleja todo esto, como dice Macron, un proceso de “descivilización”? ¿O se exagera? Cuando el presidente usó esta palabra, sus críticos se apresuraron a recordar que Descivilización es el título de un libro de Renaud Camus, el escritor de extrema derecha que ha popularizado la gran sustitución o gran reemplazo, término que ha inspirado a terroristas racistas blancos.

Al teléfono, Camus dice: “No creo que [Macron] haya hecho referencia a mí”. Y añade: “Es una pequeña polémica mediática habitual, igual que cuando la gente utiliza el término de gran reemplazo”. Afirma el escritor: “Vemos la descivilización un poco por doquier: en la lengua, en los usos sociales de lengua, en la brutalidad de las relaciones sociales. Yo asocio la descivilización con la desaparición de la forma, del formalismo”.

Macron no se inspiró en Camus, sino en el sociólogo alemán Norbert Elias (1897-1990), según sus colaboradores. Se lo mencionó el politólogo Fourquet durante un almuerzo en el Elíseo. “Puede plantearse la hipótesis”, escribió después Fourquet en Le Point, “de que la capa de barniz civilizado, que pacientemente se depositó al hilo de los siglos, se ha fisurado en las últimas décadas”.

El historiador Roger Chartier, especialista en Elias y prologuista en francés de su libro Los alemanes, explica en un correo electrónico: “En la obra monumental de Elias, la descivilización supone la comprensión del proceso de civilización que, entre la Edad Media y el siglo XIX, transformó la estructura psíquica de los hombres y mujeres de las sociedades occidentales. Lo caracterizó la interiorización de mecanismos estables del autocontrol de los afectos y las pulsiones”.

Pero el proceso de civilización no era ineluctable, según Elias. “En Los alemanes”, explica Chartier, “[Elias] analiza las condiciones históricas que incitaron a hombres ordinarios a cometer las más bárbaras violencias contra las víctimas deshumanizadas de la política nazi de exterminación. Y en su libro sobre el deporte remite la violencia de los hooligans a la falta de incorporación de los mecanismos de autocontrol por parte de las poblaciones marginales y excluidas”.

Chartier cree que, si se utiliza de forma imprecisa, la palabra descivilización puede convertirse en un instrumento ideológico para la extrema derecha, que lo vincula con la teoría del gran reemplazo. “Evidentemente”, concluye el historiador, “no pienso que el presidente Macron comparta esta ideología mortífera, pero habría sido juicioso evitar o explicar apoyándose sobre la obra de Elias el uso de una palabra tan peligrosa”.

En Janvry, un rincón de la Francia que va bien y al mismo tiempo se siente insegura, interesan poco estos debates conceptuales. Cuenta el alcalde Schoettl que cada noche duerme con el teléfono en la mesilla por si hay un problema inesperado. Tiene preparada la ropa para poder vestirse en un instante. En el coche lleva una sirena y unos prismáticos. “Nunca sé con qué me voy a encontrar”, dice.

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Sobre la firma

Marc Bassets
Es corresponsal de EL PAÍS en París y antes lo fue en Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).

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