Brasil comienza la transición y apaga el temor a una deriva violenta

El equipo de Lula y el Gobierno inician el traspaso de poder como estipula la ley de espaldas a las menguantes protestas que reclaman una intervención militar

El vicepresidente electo de Brasil, Geraldo Alckmin, derecha, con la presidenta del PT, Gleisi Hoffmann, y el exsenador Aloizio Mercadante, en el palacio de Planalto, en Brasilia, este jueves tras la primera reunión del traspaso de poderes.
El vicepresidente electo de Brasil, Geraldo Alckmin, derecha, con la presidenta del PT, Gleisi Hoffmann, y el exsenador Aloizio Mercadante, en el palacio de Planalto, en Brasilia, este jueves tras la primera reunión del traspaso de poderes.EVARISTO SA (AFP)

La primera derrota electoral de su vida —en tres décadas largas de carrera política— dejó a Jair Messias Bolsonaro realmente noqueado. Y a sus seguidores más ultras, desconcertados. Perder las elecciones ante Luiz Inácio Lula da Silva, a sus ojos, la encarnación del comunismo, la corrupción y otros males, fue un golpe colosal aunque fuera por sólo 1,8 puntos, dos millones de votos. El prolongado silencio del presidente de Brasil, que tardó casi 48 horas en romper y lo hizo con un mensaje brevísimo muy medido y críptico los dejó desorientados. Bolsonaro, del que sus fieles adoran que hable claro y directo, sin eufemismos, no gritaba ¡fraude! Ni felicitaba al ganador. En un salón acristalado del Palacio de Alvorada, en Brasilia, habló con orgullo de la fortaleza de la extrema derecha, los valores ultraconservadores y la libertad; dijo que cumpliría lo establecido en la Constitución. Y, sin alharacas, autorizó el inicio del traspaso de poderes al equipo de su némesis.

Algunos de sus fieles buscaban pistas en los grupos bolsonaristas de Telegram y otras redes sociales. Convencidos de que les habían robado la elección, querían reaccionar, responder a la afrenta, pero ¿cómo? Y ahí aparecieron las convocatorias anónimas de protestas ante los cuarteles. El miércoles, aprovechando que era festivo, Día de Finados, miles y miles de brasileños se plantaron ante las principales sedes del Ejército, en pareja, en familia o con amigos, en todas las capitales estatales para exigir una intervención militar. En São Paulo, Río de Janeiro y Brasilia, estos festivales de selfies y retransmisiones en directo por redes reunieron a decenas de miles de personas. Había algarabía, como siempre en Brasil, pero cierta tensión.

Preguntados por el día después, las respuestas variaban: organizar nuevas elecciones, unos comicios justos, y de vuelta al cuartel; alguno apostaba por gobiernos militares, como durante la dictadura (1964-1985). En el fragor de la protesta, otros ni habían pesando en el día después. Mientras, en una pequeña ciudad del sur de Brasil, los manifestantes bolsonaristas cantaban el himno brasileño brazo en alto, al estilo nazi.

Temerosos de dar alas a los más radicales, los medios brasileños hicieron una cobertura de muy bajo perfil de las multitudes golpistas. Prefirieron centrarse en la otra expresión de la rabia bolsonarista: las carreteras cortadas por camioneros para entorpecer el suministro de productos esenciales.

Cundió el temor de que la indignación con la derrota electoral tomaran un rumbo tan grave y peligroso como el emprendido por el gran ídolo de Bolsonaro, Donald Trump, cuando hace dos años perdió los comicios y alentó el asalto violento al Capitolio.

Pero en Brasil el resultado era oficial desde que el domingo por la noche lo proclamó el Tribunal Superior Electoral al final de un recuento a prueba de cardíacos que solo quedó resuelto con el 98% escrutado. Los presidentes de las dos Cámaras reconocieron el resultado la misma noche, el principal barón bolsonarista, el futuro gobernador de São Paulo, y el Gobierno de Estados Unidos, entre otros, también.

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Reflejo de que el ambiente es muy distinto del que reinaba en 1964, cuando los uniformados tomaron el poder ante lo que percibían como la amenaza del comunismo. Entonces, los empresarios, los banqueros, los medios, la calle… reclamaban una intervención militar. Ahora, como suelen recalcar los representantes del poder económico y los analistas, nadie desea ningun tipo de aventura golpista. Quieren encarrilar el país, que tiene problemas acuciantes como el hambre, que afecta al 15% de la población.

Bolsonaro tiene un largo historial de alentar protestas golpistas. Como presiente ha impulsado la conmemoción en los cuarteles del golpe de Estado de 1964. Cuando era diputado los retratos de los presidentes-generales de la dictadura presidían su despacho, los heredó su más fiel escudera. Y en los últimos tiempos profirió proclamas a la altura del drama que tanto gusta a los brasileños y que impregna la política local. “Tengo tres alternativas para el futuro, ser preso, la muerte o la victoria, pueden estar seguros de que la primera alternativa, ir preso, ¡no existe!”, advirtió en un acto electoral con líderes evangélicos en agosto.

Pero, bravatas al margen, la transición avanza con paso firme, como establece la Constitución. El equipo liderado por el futuro vicepresidente, Geraldo Alckmin, se reunió este jueves con el Gobierno Bolsonaro en el palacio de Planalto, en Brasilia. Debió ser un instante de enorme satisfacción para la presidenta del Partido de los Trabajadores, Gleissi Hoffmann, que regresaba al corazón del poder político por primera vez desde la traumática salida de la presidenta Dilma Rousseff, en 2016.

Esa tarde, Bolsonaro tuvo incluso el gesto de abandonar su residencia, donde ha estado recluido toda la semana, para invitar a Akcmin a pasarse por si despacho. El futuro número dos de Lula contó luego que el presidente saliente se comprometió a colaborar para que el traspaso sea fluido; no aclaró si lo felicitó por la victoria. Algunos medios especulan con que el ultraderechista se irá de viaje en Año Nuevo para evitar colocarle la banda presidencial a Lula (como hizo la argentina Cristina Fernández de Kirchner para evitar ese instante con su sucesor, Mauricio Macri).

Una seguidora de Bolsonaro, con su hijo, disfrazado de Hulk, este jueves en una protesta golpista en Sao Paulo.
Una seguidora de Bolsonaro, con su hijo, disfrazado de Hulk, este jueves en una protesta golpista en Sao Paulo.Matias Delacroix (AP)

Las siete semanas que restan hasta que Lula selle su resurrección política el próximo 1 de enero en la toma de posesión, en Brasilia, son aún delicadas. Tras una petición expresa de Bolsonaro, los cortes de carretera casi han desaparecido. Alentó las manifestaciones pacíficas, obviando su caracter golpista, pero el jueves ya era laborable y frente al cuartel de São Paulo solo quedaban unos cientos.

Pero los golpistas se han plantado este sábado de nuevo ante las sedes militares. Basta asomarse a los autoproclamados grupos de patriotas en Telegram para encontrar las convocatorias. Incluyen prohibiciones diversas como llevar alcohol, gritar cualquier lema que pueda vincular al presidente Bolsonaro con los presentes o pronunciar siquiera Jair. Los anónimos organizadores también dan instrucciones para evitar que aquello parezca una romería: “No festejes, pide socorro a las Fuerzas Armadas, nada de cornetas ni tambores…”.

Lula confesó al final de la campaña que jamás imaginó el poder de las mentiras que circulan en Internet. El Ejército brasileño, probablemente tampoco. Debió asistir atónito a la velocidad a la que ganaba seguidores en Instagram desde que Lula ganó las elecciones. En un hecho tragicómico que da la medida del impacto (y el peligro) que puede tene una mentira. El Ejército triplicó sus seguidores hasta los seis millones al calar la falsedad de que iniciría la la intervención militar, para impedir el regreso de Lula al poder, cuando sumara 20 millones.

Bolsonaro sigue rumiando su enfado y sus hijos están llamativamente silenciosos en redes mientras representantes de los rivales se sumergen en la transición y Lula descansa en la playa. En unos días, el presidente electo hará las maletas. Se va a Egipto, a la cumbre del clima COP 27. Obviamente, no va a negociar nada. Eso compete, por ahora, al Gobierno Bolsonaro. Pero es la ocasión de decirle al mundo que Brasil y él están de vuelta. Y, de paso, anunciará al próximo titular del Ministerio de Medio Ambiente.

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Sobre la firma

Naiara Galarraga Gortázar

Es corresponsal de EL PAÍS en Brasil. Antes fue subjefa de la sección de Internacional, corresponsal de Migraciones, y enviada especial. Trabajó en las redacciones de Madrid, Bilbao y México. En un intervalo de su carrera en el diario, fue corresponsal en Jerusalén para Cuatro/CNN+. Es licenciada y máster en Periodismo (EL PAÍS/UAM).

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