La iniciativa de EE UU y sus aliados contra los ciberataques chinos complican el empeño de la UE en entenderse con Pekín

Bruselas busca sin éxito una vía intermedia para no tomar partido en el choque entre Biden y Xi

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, a su llegada a la cumbre entre la UE y Estados Unidos en Bruselas, el pasado 15 de junio.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, a su llegada a la cumbre entre la UE y Estados Unidos en Bruselas, el pasado 15 de junio.KEVIN LAMARQUE (Reuters)

La iniciativa impulsada por EE UU y sus principales aliados occidentales este lunes contra los ciberataques de origen chino frustra una vez más, quizás ahora de manera definitiva, el esfuerzo de la UE por mantener con Pekín una relación privilegiada a pesar de las graves diferencias políticas. El jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, había bautizado a esa vía propia, alternativa al enfrentamiento preconizado por Washington, como Sinatra, en alusión a la canción A mi manera. Pero el camino escogido por Bruselas se ha convertido en los últimos meses en un callejón sin salida y las agresiones digitales atribuidas al Estado chino hacen de momento prácticamente imposible cualquier estrechamiento de lazos con Pekín.

Los tropiezos se repiten desde que a finales del año pasado la UE, espoleada por Berlín, se apresuró a firmar un acuerdo de inversión con el Gobierno de Xi Jinping. Bruselas aprovechaba el hueco entre la derrota de Donald Trump en las elecciones de EE UU y la toma de posesión de Joe Biden para rematar siete años de negociaciones destinadas a facilitar las inversiones europeas en China y viceversa. Al mismo tiempo, Bruselas ratificaba su intención de ser inflexible en las exigencias al régimen de Xi sobre el respeto a los derechos humanos. El cortocircuito entre ambos objetivos solo tardó tres meses en producirse.

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En marzo de este año, la UE aprobó sanciones contra varios dirigentes chinos basadas en su nuevo régimen sobre defensa de los derechos humanos a nivel internacional, creado a imagen y semejanza de la llamada ley Magnitsky de EE UU. Pekín tardó minutos en anunciar represalias. Y las sanciones chinas golpearon, entre otros, a cinco miembros del Parlamento Europeo considerados incómodos por el régimen de Xi.

El cruce de sanciones fue una andanada en la línea de flotación del acuerdo de inversión, cuya ratificación parlamentaria ya estaba en duda desde el principio. El Parlamento Europeo, que debe dar su consentimiento al acuerdo, aprobó en mayo una dura resolución de condena al régimen chino en la que da por “congelado” el proceso de ratificación mientras no se retiren las sanciones contra Europa.

La resolución parlamentaria pide, además, “una estrategia de la Unión con respecto a China más firme”, lo que parece cortar el paso a los partidarios de mantener una tercera vía que evite tomar posición en el choque entre Washington y Pekín. El propio Biden aprovechó en junio su primera gira europea para reclamar a los aliados que cierren filas con EE UU frente a un gigante asiático que aspira a convertirse en breve en la mayor potencia económica del planeta y que ya cuenta con el segundo mayor presupuesto militar del mundo.

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La llamada de Biden tuvo más eco en la sede de la OTAN en Bruselas que en la del Consejo Europeo. La Alianza Atlántica ha apuntado hacia China como una de sus principales inquietudes para los próximos años. En el seno de la UE, sin embargo, varios socios, en especial la Alemania de Angela Merkel, intentan preservar la relación con un país que es el segundo mayor mercado del mundo para las exportaciones europeas y la primera fuente de importaciones.

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