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ANÁLISIS i

Nadar y guardar la ropa

Se habla largo y tendido de la “sintonía estratégica” entre China e Irán, pero lo cierto es que poco se ha concretado y lejos de incrementarse, la proyección china no ha hecho sino mermar

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El ministro de Exteriores de China, Wang Yi (der.), habla con su homólogo iraní Mohammad Javad Zarif, el pasado 31 de diciembre. EFE

Nada más tener noticias de la muerte de Qasem Soleimani, el ministro de asuntos exteriores chino Wang Yi acusó sin rodeos a EE. UU. de “violar los principios básicos de las relaciones internacionales”; sin embargo, a renglón seguido, el portavoz del mismo Ministerio fue más tibio, sugiriendo mesura a las partes para evitar una escalada incontrolable de la tensión.

Se habla largo y tendido de la “sintonía estratégica” entre China e Irán, país observador en la Organización de Cooperación de Shanghái, muy especialmente tras la visita a Teherán del presidente chino Xi Jinping (en 2016), que permitió acordar inversiones millonarias destinadas a los hidrocarburos y las infraestructuras. Pero lo cierto es que poco se ha concretado de todo ello y tras la decisión de Trump de retirar a EE. UU. del acuerdo nuclear, lejos de incrementarse la proyección china en Irán, esta no ha hecho sino mermar. Así se pone de manifiesto en la caída de las exportaciones de petróleo, que en un primer momento aumentaron, o del comercio bilateral, pero igualmente en el paso atrás dado en inversiones comprometidas por empresas tan significadas como las petroleras CNPC o Sinopec o el grupo automovilístico Lifan.

Tras las lecciones aprendidas en países como Irak o Libia, también Venezuela a otra escala, la prudencia impera en el proceder chino. En este caso, equilibrar la indignación con la equidistancia en la rivalidad entre Teherán y Washington resulta clave para su diplomacia. Por más que sume fuerzas a ejercicios navales como los llevados a cabo con Rusia e Irán en el Golfo de Omán a finales de diciembre, China abogará por la moderación. Pekín ansía seguir desarrollando sus vínculos oficiales y comerciales con Teherán, que estima importantes en su política exterior, pero quiere hacerlo sin que ello redunde en un agravamiento de los diferendos con EE. UU. y menos a las puertas de la firma de una frágil tregua en la guerra comercial. El clásico pragmatismo chino tiene como epicentro neurálgico la relación con EE. UU. y en torno a ella modulará cualquier otro diferendo. Sus urgencias y prioridades no pasan por Teherán sino por apaciguar las tensiones con Washington.

De igual modo, pensar que alentar una guerra entre EE. UU. e Irán favorece sus intereses por cuanto puede implicar de desgaste para Washington además del conveniente descuido de la región Indo-Pacífico, pasa por alto que padecería igualmente los daños de una crisis de tales proporciones. Seis de sus diez principales proveedores de petróleo radican en la zona. Lo que China necesita es calma en el exterior para seguir labrando con éxito su transformación interna, en la que aún tiene muchos agujeros que tapar. A mayores, lo que sí le interesa, y mucho, es explorar el impacto del proceder de EE. UU. en la profundización de la brecha que separa a Washington y Bruselas en el enfoque del problema nuclear.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

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