Estados Unidos

La resistencia de la plaza de Black Lives Matter

El centro de Washington permanece cerrado por la pandemia, pero la protesta antirracista se niega a marcharse de las puertas de la Casa Blanca

Una clase de yoga, el pasado viernes en la Plaza Black Lives Matter en Washington.
Una clase de yoga, el pasado viernes en la Plaza Black Lives Matter en Washington.DANIEL SLIM / AFP

Kenny Sway canta gospel a todo pulmón al lado de una bocina del tamaño de una mesa. Su potente voz se escucha a dos calles a la redonda de la nueva plaza de Black Lives Matter y él repite varias veces que “Dios es grandioso”. La gente se detiene un minuto a verlo pero después sigue su paseo sobre el nuevo e improvisado espacio público: dos calles bloqueadas por una protesta antirracista que comenzó hace casi dos meses en la calle 16 del centro de Washington, a las puertas de la Casa Blanca, donde a lo largo de 11 metros se lee en el suelo —con letras mayúsculas amarillas— que las vidas negras importan.

Kenny, de 24 años, toma agua y recuerda los primeros días después de ese 5 de junio cuando comenzó todo: “Había vendedores y un poco más de gente, pero la policía los ha ido sacando. Vengo de vez en cuando a cantar porque creo en el movimiento y en que la música nos une; vengo a difundir el mensaje de Dios”. La protesta se ha mezclado con la cotidianidad del centro de la ciudad, que ahora es todo menos rutinaria por el cierre de las oficinas gubernamentales a consecuencia de la pandemia de coronavirus. Calles desiertas, pero la protesta continúa. La policía vigila las esquinas y mira de reojo a algunos grupos de afroamericanos que se reúnen para hacerse fotos o escuchar hip hop.

La calle se ha vuelto una acampada. Recuerda a aquella de 2011 en la Puerta del Sol de Madrid protagonizada por el movimiento 15-M, o la del mismo año en el distrito financiero de Nueva York con el movimiento de Occupy Wall Street. En la plaza de Black Lives Matter nadie se queda a dormir, pero sus habitantes la han convertido en un corredor de cultura como forma de resistencia. Divine Truitt empuja un carrito lleno de libros. Los hay de poesía, historia, ficción o no ficción: todos de autores afroamericanos. Junto a una pizarra, este estudiante de 19 años instala la librería pública de la plaza en la que también ofrece gel desinfectante a quien se acerque. “El hecho de que la alcaldesa haya pintado las letras en la calle es más un acto de performance, porque en la realidad no hemos visto cambios en las políticas públicas sobre seguridad. La policía sigue arrestando a la gente”, reflexiona.

El estudiante habla de la alcaldesa Muriel Bowser, que en junio y en el punto más álgido de las protestas contra el racismo, tras la muerte de George Floyd a manos de un policía blanco en Minneapolis, utilizó el presupuesto de la ciudad para cerrar las dos calles y renombrarlas como una plaza. Bowser convirtió en un símbolo de resistencia este trozo de asfalto. El congresista John Lewis, histórico defensor de los derechos civiles, la visitó y pidió a los jóvenes seguir con la lucha y no darse por vencidos. Tras su muerte, el pasado 17 de julio, su comitiva funeraria hizo una breve parada en este punto. Lewis se despidió del monumento a Martin Luther King, su mentor y el más notable impulsor de la lucha por los derechos de los afroamericanos; pero también entregó el relevo a los jóvenes que todavía resisten a las puertas de la Casa Blanca de Trump.

Una verja protege los jardines de la casa del presidente de Estados Unidos. Allí cuelgan decenas de fotos de afroamericanos muertos a manos de las fuerzas policiales en los últimos años. “No se puede ser neutral, hay que ser antirracista”, se lee en una de las que han quedado allí. La Casa Blanca ya era un punto turístico antes de las protestas y de la pandemia, pero con la creación de la nueva plaza se ha convertido en una visita obligada también para los locales: una mujer, con un bolso que lleva grabada la cara de Michelle Obama, hace con su móvil un recorrido virtual para mostrárselo a su familia que está fuera de la ciudad.

Las protestas se han intensificado en los últimos días en Seattle (Washington) y Portland (Oregón), donde las fuerzas federales se han enfrentado a los manifestantes. Las imágenes de los violentos choques contrastan con las de una pacífica clase de yoga en la plaza de Black Lives Matter. Los fines de semana, el corredor se convierte en una verbena donde diversos colectivos aprovechan para reunirse pacíficamente. En este mismo lugar también hubo choques con la policía en junio, pero desde hace varias semanas solo hay actividades organizadas por colectivos: están los que piden que se cancelen los alquileres en la capital estadounidense o los que urgen por que se haga justicia por el asesinato en abril de la soldado de origen mexicano Vanessa Guillén.

La plaza se ha convertido en el símbolo pop de un movimiento con una demanda histórica. Miles de fotos cuelgan en Instagram con la etiqueta #BlackLivesMatterPlaza, los protagonistas levantan el brazo con el puño en alto o están arrodillados y todos con el amarillo poderoso de unas letras en el asfalto que no se borran. “Me parece que es un hermoso pedazo de arte y es maravilloso que además cierren la calle para que la gente tenga un micrófono abierto y otras manifestaciones”, dice Maya, de 24 años, después de hacerse un vídeo con sus amigos. Al otro lado de la calle han quedado algunos vendedores de camisetas y banderas. La policía los ha ido alejando poco a poco, aunque todavía se consigue una chapa de Black Lives Matter de 2020 por cinco dólares.

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