Sara Winter, la extravagante activista que encarna el pulso entre Bolsonaro y el Supremo

La antigua fundadora de la filial brasileña de Femen ahora convertida en ultraderechista ha sido encarcelada en Brasil por amenazar al alto tribunal

La activista bolsonarista Sara Winter, portavoz del grupo radical Los 300 de Brasil, en mayo.
La activista bolsonarista Sara Winter, portavoz del grupo radical Los 300 de Brasil, en mayo.Joédson Alves (EFE)

La brasileña Sara Winter, 27 años, es la cara más visible de un grupúsculo radical que nadie conocería si no fuera por el potente efecto multiplicador que ejercen las redes sociales. Los 300 de Brasil se llama, pero ya les gustaría ser tantos. Esta antigua activista del movimiento feminista Femen, aspirante fracasada a diputada y a estrella de la tele es la portavoz de la célula más extremista del bolsonarismo. En la madrugada del 31 de mayo Winter encabezó una protesta de una treintena de personas con caretas bancas, ropas negras y, lo más inquietante, antorchas, frente al Tribunal Supremo, en Brasilia, cuya sede fue atacada días después con fuegos artificiales. La activista fue detenida este lunes y encarcelada por “graves injurias y amenazas”.

Difícilmente alguien ajeno a la marcha de las antorchas presenció la escena porque era de madrugada, en plena pandemia y porque Óscar Niemeyer diseñó Brasilia de manera que no hay una sola vivienda en algunos kilómetros a la redonda del epicentro de los tres poderes. Pero Internet viralizó el rudimentario vídeo. Aquellas imágenes, que recordaban a un Ku Klux Klan sin capirotes, estremecieron a muchos brasileños que en esos días veían en sus televisores cómo EE UU ardía con masivas protestas antirracistas.

La trayectoria de Winter en el activismo parece una carrera acelerada por intentar llamar la atención. Su reencarnación más reciente —una defensora del presidente Jair Bolsonaro dispuesta a dar la vida por Brasil— la ha llevado al centro de la disputa entre el ultraderechista y el máximo tribunal. Todo un viaje para una mujer que hace solo unos años castró, según la BBC Brasil, un muñeco de Bolsonaro cuando él era un irrelevante diputado y ella una feminista que protestaba contra el patriarcado y a favor del parto humanizado con los pechos al aire. Lo que no ha cambiado desde entonces es su pelo, su seña de identidad. Rubio platino con las raíces bien oscuras.

El conflicto en el que está embarcada ahora la activista, que reniega de su pasado feminista, es también de calado. Los tribunales tienen abiertas un puñado de investigaciones sobre Bolsonaro, su familia, su candidatura presidencial y su entorno político que han convertido al Supremo en el enemigo favorito más reciente del presidente. Bolsonaro es un firme creyente en Dios y en que un buen enemigo mantiene prietas las filas. “Están cometiendo abusos, eso está claro”, dijo este miércoles sobre el Supremo. El enfrentamiento con los otros poderes sube y baja de intensidad pero es una constante.

A las amenazas más o menos veladas del presidente y sus ministros contra el Poder Judicial, se suman los actos de seguidores bolsonaristas a favor de una intervención militar, la clausura del Supremo y el Congreso. La detención el jueves de Fabricio Queiroz, un cercano colaborador de su hijo mayor, el senador Flavio Bolsonaro, en una investigación por corrupción estrecha el cerco judicial en torno al clan.

Como las sesiones del Tribunal Supremo son públicas y televisadas -en aras de la transparencia— sus deliberaciones son parte del debate político cotidiano. Este miércoles los titulares fueron para un mensaje atribuido a bolsonaristas que es parte de una investigación: “Que violen y maten a las hijas de los jueces del Supremo”, decía. Todo eso, combinado con un presidente que se considera injustamente perseguido, va de crisis en crisis, da alas al golpismo y lidera un movimiento político aficionado a las teorías conspiratorias, conforman un cóctel de alto voltaje. Añádase una ciudadanía enganchada a unas redes sociales plagadas de medias verdades que alimentan el cisma social y, de guinda, personajes extravagantes como Winter. A menudo parece que Brasil se asoma al abismo, pero por el momento los contrapesos funcionan.

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Los 300 de Brasil probablemente desearían emular en algo más que el nombre a los guerreros espartanos de las Termópilas. Winter, que ha admitido a la prensa que algunos de sus compañeros están armados, defiende el exterminio de la izquierda y que el pueblo asuma directamente el poder. La cuarentena por la pandemia no les impidió montar un campamento en la explanada de los ministerios en Brasilia durante semanas. Hasta que un juez los expulsó de allí.

Madre de un niño de cuatro años, su nombre verdadero es Sara Giromini. Pero le gusta tanto provocar que eligió un apodo que recuerda a Sarah Winter, una señora de la alta sociedad que pertenecía en los años veinte al partido fascista británico. Lo dicho a la revista Veja por uno de los hermanos de la brasileña tras su arresto deja claro por qué no se hablan: “Necesitamos echar a estas personas que quieren fama, dinero y poder. Sara es una vergüenza nacional (…) Hoy está con Jair Bolsonaro, mañana podría estar con Lula”

Sobre la firma

Naiara Galarraga Gortázar

Es corresponsal de EL PAÍS en Brasil. Antes fue subjefa de la sección de Internacional, corresponsal de Migraciones, y enviada especial. Trabajó en las redacciones de Madrid, Bilbao y México. En un intervalo de su carrera en el diario, fue corresponsal en Jerusalén para Cuatro/CNN+. Es licenciada y máster en Periodismo (EL PAÍS/UAM).

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