Un varapalo al paradigma neoliberal

La emergencia augura una segunda vida para el Estado de bienestar frente a los intentos de liquidarlo

Personal sanitario atiende a pacientes con coronavirus en el hospital universitario de Aquisgrán, Alemania, el 9 de abril.
Personal sanitario atiende a pacientes con coronavirus en el hospital universitario de Aquisgrán, Alemania, el 9 de abril.Sascha Schuermann

La crisis del coronavirus va camino de convertirse en un hecho histórico que, como la Gran Depresión o la caída del Muro de Berlín, provocará cambios políticos, sociales y económicos. Con los Gobiernos luchando por controlar la extensión de la covid-19 y aprobando ayudas para relanzar la actividad económica, se reabre el debate sobre el papel del Estado de bienestar, sobre su adaptación y límites en la era pospandemia.

De entrada, la salud de la población se convertirá en una nueva seña de prosperidad, anticipan los analistas de Bank of America, que consideran también que se acentuará la necesidad de un nuevo contrato social en el que los Estados tendrán un renovado mandato económico y social.

Claro que una cosa es fortalecer el Estado del bienestar, generalizado en Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial, y otra es dar manos libres al intervencionismo estatal al estilo chino, por ejemplo. Pero la demanda de seguridad sanitaria llevará previsiblemente a las opiniones públicas a reclamar un mayor papel del Estado y mayor gasto público, vaticinan los expertos de Bank of America. Pero, como en muchos debates sobre las consecuencias de la pandemia, los expertos discrepan sobre el alcance y la forma que adoptará un renovado Estado del bienestar.

Para Jean de Munck, filósofo y sociólogo de la Universidad católica de Lovaina, “el Estado de bienestar está saliendo de la crisis de la covid-19 relegitimizado”. “Europa occidental ha podido afrontar la crisis de manera un poco más justa y eficaz que en otros lugares (Brasil, Estados Unidos) gracias a su sistema de salud y asistencia altamente inclusivo”, añade. Sin embargo, la covid-19 ha pillado a Europa “con un Estado de bienestar elefantiásico, con las funciones preventivas básicas del Estado liberal —policía, defensa, hospitales— en mínimos”, objeta el catedrático de Organización de Empresas de la Universidad Pompeu Fabra Benito Arruñada. “En España, por ejemplo, han funcionado mejor las partes del Estado más recortadas (las prestadoras de servicios, desde el Ejército a los hospitales) y peor las nuevas (igualdad) o las menos recortadas”.

En cualquier caso, “el Estado de bienestar, que es un lujo de ricos que solo se da en Europa, no hay quien lo mueva ya”, tercia el historiador económico Gabriel Tortella. “Hay ciertas franjas de derechas que querrían recortarlo, pero eso en estos momentos sería un suicidio político y quien haga eso perderá las elecciones. Es intocable en materia de pensiones, seguro de paro, educación y sanidad públicas”, recalca. Antes de la pandemia y pese a la crisis financiera de 2008, la UE en su conjunto destinaba ya casi el 28% del PIB a gasto social y no cabe duda de que con las medidas de los últimos meses —prestaciones por desempleo, ayudas a empresas y autónomos, presupuestos sanitarios— esa partida aumentará.

Pero, ¿cómo y hacia dónde evolucionará el sistema? La tendencia en la era pospandemia apunta en la dirección contraria al neoliberalismo impulsado hace cuatro décadas por líderes como Margaret Thatcher y Ronald Reagan, adoptado en cierta forma también por algunos partidos socialdemócratas. “El paradigma neoliberalizador que ha regido las últimas décadas en la economía, que ya se vio muy golpeado en la anterior crisis, ha llegado a un cierto final”, apunta desde Washington el economista serboestadounidense Branko Milanovic, autor de libros como Global Inequality. “La principal razón de ser de los Estados es proteger la vida de la gente y a partir de ahí todo lo demás. Y no podemos decir que se hayan obtenido resultados razonables en esa misión, lo que en buena medida se explica por todos los años en que se ha puesto el énfasis en la austeridad”, recalca.

El Fondo Monetario Internacional (FMI), muchos años después de la crisis financiera, admitió que el efecto multiplicador de la austeridad sobre la economía era mucho mayor, para mal, de lo previsto en términos de crecimiento. En concreto, apuntó que por cada dólar de recorte de gasto, el PIB se reducía 1,5 dólares y no 0,5 como habían calculado inicialmente. Ese coste se trasladó sobre los Gobiernos entonces al mando en forma de derrotas en las urnas. Sin distinguir su color político, la Gran Recesión se llevó por delante a buena parte de los Gobiernos de la UE, entre ellos, los de España, Grecia, Francia, el Reino Unido y Países Bajos.

La pandemia del coronavirus ha expuesto con crudeza las debilidades de los sistemas sanitarios, golpeados en parte por los años de austeridad, y obligado a los Estados a asumir el papel de “protector de última instancia”, como lo denominan los economistas del banco suizo de inversión Julius Bär. “No solo habrá una mayor demanda para aumentar la financiación de los servicios sanitarios, sino que la presión de los votantes llevará a los Gobiernos a convertir en permanentes medidas adoptadas con carácter temporal”, sostiene Vicky Redwood, asesora económica de Capital Economics en Londres. Pero no se trata únicamente de añadir ceros a la inversión sanitaria: EE UU tiene el mayor gasto sanitario per cápita del mundo, pero unos 28 millones de estadounidenses carecen de seguro médico y el 90% de los que sí lo tienen, no tienen una cobertura suficiente para dejar de trabajar en caso de enfermedad.

Resetear el sistema

Por eso el sistema necesita reformas y soluciones imaginativas, como ha señalado la Comisión Europea, que aboga por restablecer lo que ha llamado la “soberanía sanitaria”. Por ejemplo, reduciendo la dependencia de productos fabricados en China con vistas a futuras pandemias. “Ante el riesgo global, necesitamos circuitos de producción local (para máscaras, medicinas...) en Europa. El capitalismo global deslocaliza la producción, y nos hace vulnerables. Solo un Estado intervencionista puede reubicar la producción”, sostiene el sociólogo De Munck.

A la espera de una vacuna, algunos expertos creen que el virus va a resetear el sistema. La receta pasaría por ver los servicios públicos como un activo y no como un pasivo, afianzar el mercado laboral para que no sea tan precario y redistribuir mejor la riqueza con iniciativas, tenidas por utópicas hasta hace poco, como la renta básica universal. Pero también en este punto hay discrepancias. Así, Tortella, entre otros, cree que esa receta “debe ser algo coyuntural en una situación de emergencia” porque hay riesgos desincentivadores sobre el empleo.

Pero si la austeridad parece descartada y los ciudadanos reclaman más gasto, el desafío está en cómo financiar ese nuevo Estado del bienestar. En parte con un aumento de la deuda pública hacia la que existe ahora una mayor tolerancia, pero también con un incremento de los ingresos.

“Ese es el debate que se abre ahora, porque el Estado no puede pagar los salarios de los trabajadores de empresas privadas, como se contempla en los planes de rescate de algunos países [por ejemplo, EE UU], para siempre. Yo apostaría por un impuesto temporal sobre la riqueza, una especie de tasa de solidaridad como sucede después de una situación de guerra”, apunta Milanovic. Redwood descarta un aumento de la fiscalidad sobre los ingresos de los hogares, porque afectaría a las familias más golpeadas por la crisis, y abre la puerta a un impuesto extraordinario sobre las empresas más beneficiadas por la pandemia, como las tecnológicas o las empresas de alimentación. El coronavirus ha precipitado la discusión, la modernización del Estado del bienestar está sobre la mesa.

¿Y esto cómo se paga?

El debate sobre la financiación del Estado del bienestar tras la pandemia enlaza con otro abierto antes sobre la fiscalidad que debe aplicarse a las empresas tecnológicas y la economía digital. Francia o España están dispuestas a imponer el impuesto digital. El sociólogo Jean de Munck subraya: “Hay que poner fin a la competencia fiscal entre los Estados europeos, que está destruyendo el sistema de seguridad social”. Otros ven una salida en la economía verde. “El Estado de bienestar debe convertirse en un Estado social-ecológico para darle la vuelta a las consecuencias sociales de las crisis medioambientales. Estamos ante una doble revolución: devolver la salud al corazón de las políticas públicas, poniendo el medio ambiente en el corazón de las políticas sanitarias”, dice Éloi Laurent, economista del Observatorio francés de Coyunturas Económicas.

El coronavirus ha precipitado un debate que afianza la legitimidad del Estado de bienestar, al tiempo que obliga a plantear su modernización. Tal vez sea un Keynes verde el icono de la nueva normalidad.

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