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ARCHIPIÉLAGO COLUMNA i

Ahí vamos (Buenaventura, Valle del Cauca)

El problema de fondo no son las decisiones de las cortes, sino los ataques traicioneros a este Estado de derecho

Si usted comete la torpeza de preguntarle a una persona cómo está, aquí en Colombia, lo más probable es que reciba esta respuesta automática tan sabia: “Ahí vamos”. No vamos “bien” ni “mal”, sino “ahí”: de pie en alguna parte. Y en ese plural extraño, en ese “vamos” que no es un plural mayestático ni es un plural de modestia, sino el plural cansado de una cultura en la que no ha sido nada fácil hablar en primera persona del singular –“soy afortunado”, “estoy feliz”, “he mejorado”– porque en las sociedades desiguales el logro del uno es el fracaso del otro, porque en las democracias asediadas por los abusos de los poderosos se vuelve costumbre minimizar lo propio, como en Yo, Claudio, y porque, ante las violentas limitaciones del Estado, los colombianos hemos tenido que refugiaros en familias y en pandillas.

Por qué digo todo esto: porque en medio de la avalancha de noticias de la semana pasada, que quizás “avalancha” ya no sea la palabra porque aquí eso es lo normal, yo mismo me dije “ahí vamos” cuando recordé que los líderes malsanos siempre tratarán de hacernos creer que esto no va para ningún lado.

Sí, una vez más el expresidente Uribe, jefe del partido de Gobierno, quiso pintarnos el apocalipsis en una entrevista radial que yo no habría escuchado –ya no más– si no tuviera este trabajo: para apoyar la propuesta absurda de un referendo que busca acabar con el tribunal especial para la paz, y reducir las altas cortes a una sola, y castigar ciertas decisiones de los jueces, el investigado expresidente insistió en su vieja teoría de un “Estado de opinión” que, según dice, es el elemento fundamental del “Estado de derecho”, pero que en la práctica es la supuesta convicción de que las mayorías están por encima de las instituciones. Y, sin embargo, ahí vamos. Pues ya no es claro que las mayorías estén de acuerdo con el hoy senador Uribe, ni que piensen, con él, que la mejor manera de reformar la justicia sea acabar con sus salas.

No es necesario hacer un sondeo de aquellos para enterarse de que una buena parte de Colombia, “la gente”, “el pueblo” o “el país”, piensa que la verdadera reforma a la justicia es que haya: no que se acabe con los tribunales, sino que funcionen, pongan en escena la verdad y sean un verdadero refugio para los justos. En un angustioso llamado a “unir las voluntades”, monseñor Rubén Jaramillo, obispo del puerto de Buenaventura desde hace un par de años, contó a la revista Semana que su comunidad –habituada a desconfiar de las autoridades– le rogó que adelantara la misa para las seis de la tarde porque teme al “toque de queda ilegal” de la noche; porque en las calles desoladas sigue habiendo “casas de pique” en las que descuartizan a quienes se les enfrentan a los capos de los barrios; porque es un hecho, en suma, que en ese lugar aún no hay justicia.

Pero ahí vamos. Cada vez es más claro para más colombianos que el problema de fondo no son las decisiones de las cortes, buenas, regulares o malas, que les molestan a ciertos políticos investigados, sino los ataques traicioneros a este Estado de derecho que, luego de décadas de resistir los embates de los corruptos, de los prohibicionistas cínicos, de los capos y las bandas y los sicarios del tráfico de drogas, se ha ganado el derecho a pedirle al mundo la despenalización del negocio que no le ha dejado articular la paz.

Ahí vamos, sí. Todavía hay, en esta república a punto de cumplir doscientos años, líderes que pretenden refundar el país a su imagen y semejanza. Y aún funcionan las “casas de pique” que se denunciaron como manchas del pasado. Pero ya no nos enteramos demasiado tarde: para algo tiene que servirnos esta época en la que ahora sí no hay nada oculto bajo el sol.

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