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La juerga ibicenca que hundió al ultra Strache

El escándalo de corrupción del líder radical sacude Austria y acaba con la coalición tejida por el conservador Kurz. El lunes afronta una moción de censura

Manifestantes exigen la salida del Gobierno del líder de la ultraderecha, Heinz-Christian Strache, y de su partido, el 18 de mayo en Viena.
Manifestantes exigen la salida del Gobierno del líder de la ultraderecha, Heinz-Christian Strache, y de su partido, el 18 de mayo en Viena. Getty Images

Austria tiene una nueva banda sonora. Se titula We’re Going to Ibiza, una canción discotequera de los años noventa que resonó el pasado sábado a toda pastilla a las puertas de la cancillería en Viena mientras miles de manifestantes esperaban a que el jefe del Gobierno, el democristiano Sebastian Kurz (ÖVP), decidiera lo que parecía inevitable: la ruptura de la coalición de Gobierno que forjó a finales de 2017 con el ultraderechista FPÖ y elecciones anticipadas. Kurz se tomó su tiempo. Más de siete horas transcurrieron ese 18 de mayo entre la dimisión del vicecanciller, el ultra Heinz-Christian Strache, y la esperada comparecencia. Para entonces, al filo de las ocho de la tarde, ya circulaba por todas partes el vídeo grabado con cámara oculta en julio de 2017 en una villa de Ibiza, en el que el ya exjefe ultra ofrecía a una supuesta sobrina de un oligarca ruso posibles contratos públicos para invertir su dinero negro a cambio de apoyo.

Entre tragos de Redbull y vodka, Strache plantea en el vídeo adjudicaciones y vías de financiar ilegalmente a su partido, y se jacta de recibir donaciones millonarias de grandes empresas —que lo desmienten—. “No pagan al partido, sino a una asociación sin ánimo de lucro. Le tienes que explicar que eso no pasa por el Tribunal de Cuentas”, pide a su colaborador y ya exportavoz en el Parlamento, Johann Gudenus, que traduzca al ruso para la magnate.

Cómodamente instalado en un sofá, Strache se entusiasma al imaginar que la mujer pueda controlar el influyente Kronen Zeitung, y “zas, zas, zas” echar a periodistas que no le gustan, poner a otros para impulsarle en las legislativas meses después. Aspira a un paisaje mediático “como el de [Viktor] Orbán en Hungría”.

El vídeo desvelado por los periódicos alemanes Der Spiegel y Süddeutsche Zeitung expone con crudeza la esencia de la juerga ibicenca: control de la opinión pública e influencia aun a costa de la legalidad, por más que, paradójicamente, el protagonista insista en la grabación en que todo debe hacerse cumpliendo la ley. También está ahí la cercanía a Rusia, común a otras ultraderechas europeas. Las imágenes muestran, en resumen, “cómo Austria se vendería a unos rusos cualquiera”, apunta por teléfono Thomas Meyer, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Viena.

Demasiado para el canciller, que tras estallar el asunto dice: “Ya basta”. El escándalo de corrupción ha liquidado a un Gobierno que solo ha durado año y medio. Strache pide perdón, achaca todo al alcohol y a su actitud de “macho” que quería impresionar a la oligarca. Se ve víctima de una “trampa, un atentado político”.

Tercer fracaso

La onda expansiva de la explosión del Ibizagate no acaba ahí. Esta semana, el ministro más ultra, el de Interior, ha sido destituido, el resto cesados a petición propia, hay peticiones de investigación judicial y del Tribunal de Cuentas, habrá elecciones anticipadas en septiembre, un Gobierno de transición con tecnócratas hasta entonces y una moción de censura en el Parlamento que mañana puede dejar en la calle al propio Kurz. Un vendaval político que ha sacudido a Austria (8,7 millones de habitantes) justo antes de las elecciones europeas en las que este domingo mide su fuerza el ultranacionalismo del continente.

Nada de esto era imaginable cuando en octubre de 2017 el recién elegido Kurz prometió dar a los austriacos el “cambio” pedido en las urnas. En la cima política con solo 31 años, desechó repetir la tradicional coalición con los socialdemócratas y sumó su 31,6% al 26% de la extrema derecha para lograr la mayoría. Los antecedentes de un posible desastre estaban ahí, le reprocha la oposición: las dos participaciones de la extrema derecha en el Gobierno —con los socialdemócratas, de 1983 a 1987, y con los conservadores, de 2002 a 2006,— acabaron mal, la última con el FPÖ escindido.

Pero con Strache, un técnico dental de 49 años que ha llevado al FPÖ a su mayor crecimiento, el canciller quiso intentarlo de nuevo. Les une una política de cierre de fronteras, adelgazamiento del Estado de bienestar y bajada de impuestos. Al pacto de gobierno le han seguido 15 meses de medidas restrictivas al asilo y polémicas sin fin del ministro del Interior, Herbert Kickl, el ultra más áspero, que, en un país con pasado nazi, no tiene empacho en hablar de “concentrar” en ciertos lugares a los refugiados. También impulsa un registro de los servicios de inteligencia interior por una denuncia poco clara que provoca que los espionajes de otros países tomen distancia de Austria. Además, el FPÖ pasea su sintonía con el Kremlin y Vladímir Putin es en agosto de 2018 la estrella de la boda de la ministra de Exteriores, Karin Kneissl, independiente pero en la cuota ultra.

Por más que como vicecanciller Strache se viste de hombre de Estado y condena el antisemitismo, este rebrota sin cesar en sus filas y el ataque islamófobo en Nueva Zelanda expone los contactos con movimientos radicales y de poso neonazi. Kurz parece abstraerse de estos líos, se centra en la reforma económica, aunque se distancia en los casos más crudos. Hasta el vídeo de Ibiza.

Kurz probablemente gane votos tras el escándalo del FPÖ en las europeas de este domingo. “Pero la próxima legislatura será más complicada. Él mismo ha dicho que los unos no saben gobernar, y que los otros no quieren”, explica Meyer en referencia a la ultraderecha y los socialdemócratas, respectivamente. Las opciones de coalición tras las legislativas que se han adelantado a septiembre no son ahora claras. El canciller, en cualquier caso, goza de una alta popularidad. Pese a que una salida del cargo si prospera este lunes la moción contra él sería un “revés, si se consideran las encuestas antes del caso Ibiza, será probablemente el más fuerte en otoño”.

El FPÖ mantiene prietas las filas y echa la culpa de su fracaso en el Gobierno al canciller. El FPÖ puede bajar este domingo en apoyo, "pero tiene una base firme”, analiza Meyer. Entre los votantes críticos con el sistema, euroescépticos y antinmigración, el discurso ultra seguirá sonando “plausible”. ¿Y Strache? Pregona en Facebook su “inocencia” y si no sale mal parado de la investigación por el vídeo y cala en el público que fue un “error”, como él lo llama, no es descabellado que pueda pensar en volver a la política.

“Es una trampa”

En aquella noche de copas en la villa de Ibiza, hubo un momento en el que a Heinz-Christian Strache se le encendió la bombilla. Miró los pies de la supuesta rusa rica y vio que tenía las uñas sucias. Impropio de una mujer adinerada. “Es una trampa, es una trampa”, le espetó a Johann Gudenus, un estrecho colaborador y la persona que le convenció del encuentro. “Que no, que no”, contestó este, según medios austriacos. Y la fiesta siguió. La mujer dijo llamarse Aljona Makarowa, pero no es familiar del magnate ruso del gas Igor Makarov. “Soy hijo único, no tengo ninguna sobrina”, ha declarado este. El Kremlin, por su parte, ha negado tener nada que ver con este asunto. La mujer contactó a Gudenus a través de un abogado de Viena al que los medios austriacos vinculan con intentos de vender material comprometedor de políticos. El letrado, tras negarlo, afirma ahora que el vídeo fue “un proyecto motivado por la sociedad civil” y lo inscribe en supuestos métodos del “periodismo de investigación”. Completa la trama de momento un detective de Múnich con raíces en Viena que supuestamente acompañó a la mujer señuelo a Ibiza. Strache ha denunciado a los tres. Pero sigue sin saberse quién encargó el vídeo.

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