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Los principales candidatos para liderar el Partido Conservador tras la salida de Theresa May

El exalcade de Londres Boris Johnson es el favorito en todas las encuestas

Boris Johnson, en la entrada de Downing Street, en 2015.

La carrera por liderar el Partido Conservador es la carrera por lograr la bendición de los poderosos euroescépticos, que han impuesto en la formación un pensamiento único en el que nada es más relevante que el Brexit. Y el favorito se llama Boris Johnson. No porque haya logrado transmitir que dispone del rigor y la seriedad necesarios para el puesto, sino porque las encuestas indican que es el único capaz de evitar el drenaje de votos que están huyendo a proposiciones más radicales como las del ultranacionalista Nigel Farage. Estos son los nombres para liderar el Partido Conservador tras la salida de Theresa May.

Boris Johnson

Nadie niega el carisma de Johnson, que demostró durante sus dos mandatos al frente de la alcaldía de Londres. Producto del elitista colegio de Eton y de las aulas universitarias de Oxford, el iconoclasta político es capaz de sacar lo mejor y lo peor de sí mismo. Esa es la principal preocupación de muchos de su correligionarios, incapaces de ver en él la constancia y el tesón necesarios para rescatar al Reino Unido del marasmo del Brexit. Las encuestas le sitúan en una cómoda primera posición, con cifras que triplican el apoyo que obtendría su rival más cercano.

Johnson es el más reclamado en todos los actos locales del partido, y su indiscutible tirón electoral es visto, por aliados y rivales, como la única fórmula para frenar la espantada de muchos votantes, que han abandonado a los conservadores para dar su respaldo al Partido del Brexit del populista Farage. Sin embargo, Johnson ha demostrado en muchas ocasiones que no es de fiar. Abandonó la carrera por la sucesión de David Cameron, después de haber protagonizado la campaña a favor del Brexit en el referéndum de 2016, prácticamente el mismo día en que iba a lanzar su candidatura.

Theresa May le dio la oportunidad de rescatar ante el público su cara de estadista al ofrecerle el puesto de ministro de Exteriores. Más allá de sonadas meteduras de pata como recitar un poema de Rudyard Kipling, el poeta oficial británico de las glorias pasadas de un imperio colonial, durante su visita a Myanmar, la antigua Birmania —el embajador tuvo que pararle en mitad de su perorata—, Johnson dejó una imagen aterradora entre sus homólogos europeos, que cruzan los dedos ante la idea de que llegue a ser primer ministro.

En los últimos meses ha dado muestras de una templanza renovada, y ha usado su columna semanal en The Daily Telegraph para abordar asuntos de calado como el cambio climático, mientras no desaprovechaba la tribuna para arremeter contra el torpe manejo del Brexit de May. 

Dominic Raab

Dominic Raab
Dominic Raab

Joven de edad y de aspecto (45 años), Dominic Raab se ha afanado en los últimos meses por ofrecer la imagen de seriedad y solidez de la que Johnson carece. Exhibió, mientras le fue conveniente, una lealtad a la primera ministra que fue correspondida con el cargo de ministro para el Brexit. Su actitud arrogante y temeraria, según denunció el propio comisario de la UE encargado de las negociaciones con el Reino Unido, Michel Barnier, fue en realidad una plataforma para su propia proyección política. Abandonó el puesto y la fidelidad a May en cuanto la primera ministra puso sobre la mesa el Acuerdo de Retirada pactado con Bruselas, hecho a sus espaldas.

Liberal de ascendencia thatcheriana, cuenta con respaldo del poderoso Grupo de Investigaciones Europeas, el lobby euroescéptico que dirige Jacob Rees-Mogg y que ha condicionado la estrategia de la primera ministra durante estos tres años. Raab cuenta ya con una plataforma semipública de apoyo a su candidatura, y ha lanzado propuestas económicas de manual como impulsar el mayor recorte de impuestos de la historia. Su principal inconveniente, según los críticos, ha sido la precipitación en lanzarse a una carrera que nadie había convocado aún oficialmente. Los modales hacen al hombre, dicen los ingleses.

Andrea Leadsom

Andrea Leadsom.
Andrea Leadsom. AFP

Fue la rival más seria de Theresa May durante la lucha por el liderazgo tory en 2016, pero como Johnson, abandonó la lucha antes de tiempo. La precipitada dimisión del ex primer ministro David Cameron impulsó a una serie de candidatos que no estaban acostumbrados a bajar al barro y que no pudieron soportarlo. Leadsom fue uno de ellos. Su comentario despectivo, en una entrevista a The Times, sobre el hecho de que May no tuviera hijos se volvió en su contra. "Debe tener sobrinos y otros familiares. Pero yo tengo hijos que a su vez tendrán hijos, que formarán parte directa de todo lo vendrá a continuación". Sus compañeros de partido calificaron de "vileza" esas palabras, y decidieron que Leadsom "no estaba hecha del material que se requiere para ser primera ministra".

May contó con ella en sus Gobiernos. Hasta hace nada ha ocupado el poderoso puesto de ministra para las Relaciones con la Cámara de los Comunes. Y ha demostrado lealtad a la primera ministra, a pesar de ser una de las voces más potentes de la línea dura en el seno del Gabinete. Ha defendido hasta el último minuto la opción de un Brexit salvaje, sin acuerdo, antes que ceder a los compromisos que May se veía obligada a pactar con Bruselas. El último órdago de su jefa, la oferta de que los diputados se pronuncien sobre la posibilidad de un segundo referéndum, ha sido la gota que ha colmado su vaso y que le ha llevado a presentar su dimisión.

Amber Rudd

Amber Rudd.
Amber Rudd. REUTERS

La ministra de Pensiones y Trabajo, de 55 años, es la excepción que confirma la regla. Defiende la permanencia del Reino Unido en la UE, y se ha propuesto combatir la deriva extremista a la que se dirige su partido, en el afán por no dejarse comer el terreno por el Partido del Brexit, la formación del ultranacionalista Nigel Farage. David Cameron escogió a esta política, sólida en sus convicciones, para ser la cara televisiva del lado a favor de la permanencia en la UE durante la campaña del referéndum de 2016, y para la historia quedó el meneo que dio a Johnson durante el debate —"no es el hombre que permitirías que te llevara en coche a casa al final de la jornada"—.

Eso no quiere decir que Rudd se dedique a romper puentes con aquellos euroescépticos que, bien lo sabe, manejan las riendas de su partido. Mantiene amistad con el exalcalde de Londres —"¿Necesitas que te lleve a algún sitio", le grita Johson cada vez que se cruza con ella—. Sus posibilidades de ganar son remotas, pero sabe que tiene suficiente influencia como para reforzar liderazgos con su apoyo, y, quizá, moderar el lado salvaje de sus rivales.

Sajid Javid.
Sajid Javid. AFP

Sajid Javid

El actual ministro del Interior, de 49 años y musulmán practicante, era la estrella emergente de un Partido Conservador tentado a dotarse del aire de modernidad del que siempre carece. Hijo de Abdul Ghani-Javid, que emigró al Reino Unido después de perderlo todo en la partición de la India en 1947, Sajid fue el primer miembro de su familia en obtener un título universitario. Se graduó en Políticas y Económicas en la Universidad de Exeter. Su éxito en el mundo de las finanzas fue fulgurante. A los 25 años ocupaba la posición de vicepresidente del Chase Manhattan Bank, y posteriormente le fichó el Deustche Bank, donde se especializó en mercados emergentes.

Su pasión por la ex primera ministra Margaret Thatcher le condujo a la política. Es multimillonario. Su promedio anual de ingresos durante su carrera en el mundo de la banca alcanzó los 3,5 millones de euros. En 2010 dio el salto, al obtener el escaño de diputado por la circunscripción de Bromsgrove, una ciudad al sur de Birminghan con un elevado nivel de renta.

Su proximidad con el ministro de Economía del Gobierno Cameron, George Osborne, hacía presagiar que sus días de estrellato bajo el mandato de May estaban contados. Pero Javid es una imagen demasiado poderosa para un Gobierno y un partido que tienen un serio problema con las minorías raciales del Reino Unido. Sus críticos le acusan de ser la "mascota étnica" de los tories, pero su historia de construcción personal y su imagen de un caso exitoso de integración le convierten en un rival a tener en cuenta. En los últimos años ha cultivado una imagen de ministro duro con la delincuencia, que siempre funciona entre el electorado conservador.

Michael Gove

Michael Gove.
Michael Gove. REUTERS

Michael Gove (Edimburgo, 51 años), como todos los recientes políticos que ha producido Escocia —los ex primeros ministros Tony Blair y Gordon Brown siguen en el imaginario británico—, es un aliado que conviene tener siempre cerca. Su brillante oratoria parlamentaria, su ingenio y su pasión por las causas impopulares resultan de tremenda utilidad. Defendió el thatcherismo en un terreno tan hostil a la Dama de Hierro como Edimburgo; defendió a Tony Blair, a pesar de la rivalidad partidista, en su aventura bélica en Irak; y defendió el Brexit, en el referéndum de 2016, en contra de los planteamientos de su entonces amigo y primer ministro, David Cameron. Es protagonista de la mayor puñalada en la espalda de la reciente historia política británica. Se comprometió a dirigir la campaña de Boris Johnson para acabar anunciando, 24 horas antes de que el exalcalde de Londres presentara su candidatura, no solo que lo abandonaba —"por desconfianza en su solidez como político"—, sino que se disponía a competir contra él.

Gove es uno de esos políticos británicos que se deleita a sí mismo prolongando un punto más de lo necesario la pronunciación de las vocales, y que hubiera querido nacer en una época más eduardiana o victoriana de la que le ha tocado vivir. Pero nunca defrauda, es capaz de superar sus propios ridículos y dar la vuelta a la percepción que se tenga de él con uno de sus afortunados discursos.

Penny Mordaunt

Penny Mordaunt.
Penny Mordaunt. Getty

Nadie ha demostrado más que Penny Mordaunt (46 años) su voluntad de arrojarse a la piscina. La recién nombrada ministra de Defensa, que sustituyó en el cargo al cesado Gavin Williamson por las filtraciones del escándalo Huawei, es famosa entre la ciudadanía por su más que notable participación en el concurso televisivo Splash!, en el que famosos de todo tipo competían por mantener el estilo y la compostura al saltar desde el trampolín.

Hija de un notable oficial paracaidista británico, y ella misma reservista de la Armada Real, su desenvoltura le hizo ganarse una merecida posición en las filas de los defensores del Brexit. Aunque, como muchos de ellos, no dudó en exagerar los argumentos y jugar con falsedades, como cuando dijo que el Reino Unido sería incapaz de vetar el ingreso de Turquía en la Unión Europea.

Muy querida entre los militares, su elevación a ese ministerio de Estado ha sido para muchos la pista del impulso que la propia Theresa May habría querido darle en una de sus últimas decisiones como primera ministra.

Jeremy Hunt

Jeremy Hunt
Jeremy Hunt REUTERS

De resultar elegido, Hunt (52 años), sería la continuidad de Theresa May con un toque de sofisticación. Educado en Oxford, donde fraguó su amistad con Cameron y Johnson, es el miembro más adinerado del actual Gobierno (su patrimonio se estima en 17 millones de euros), y el que más ha durado en el puesto junto con el ministro de Economía, Philip Hammond. Pasó bastantes años en Japón, y allí adquirió un conocimiento del idioma que no duda en exhibir cuando tiene ocasión.

Amable ante la prensa, alto, espigado, con una elegancia muy británica y un talante que convence a su interlocutor de que realmente le escucha, Hunt podría ser una fantástica baza para los conservadores si no fuera porque comparte con May el mismo estigma: hizo campaña a favor de la permanencia en la UE durante el referéndum de 2016, aunque en los últimos tiempos se haya convencido a sí mismo de la necesidad de defender el veredicto ciudadano y defienda el Brexit.

Tiene devoción por el ex secretario de Estado de EE UU Henry Kissinger, se ha reunido con él al menos en cuatro ocasiones y mantienen abundante correspondencia. Le obsesiona China y su futuro como superpotencia. Y se considera, de algún modo, el último de los cameronianos (conservadurismo avanzado en lo social y estricto en lo fiscal) frente al avance de un nacionalismo en el seno del Partido Conservador con el que no comulga. Se presenta como un reformista de las instituciones, y esgrime como credenciales propias la reforma que realizó en el Sistema Nacional de Salud (NHS), que le granjeó la enemistad de muchos profesionales de la medicina pero que el tiempo ha demostrado necesaria para salvar el sistema, aunque haya estirado sus recursos hasta extremos casi intolerables.

Matthew Hancock

Matthew Hancock.
Matthew Hancock.

Dice mucho de la enorme autoestima de Matthew Hancock (Chester, 40 años) que sea el único político británico que tiene una app dedicada a él mismo. Cuando la puso en marcha, para mejorar la comunicación y manejo de su circunscripición electoral, el pitorreo entre sus compañeros de partido y en las redes fue generalizado, pero muchos empezaron a sospechar de que la idea tenía algo de genialidad. El secretario de Estado para la Salud tiene ese ecocentrismo inconsciente de los fanáticos de las redes sociales que despierta una mezcla de curiosidad y fascinación en el acartonado entorno del Partido Conservador.

Fue jefe de gabinete del exministro de Economía, George Osborne, bajo el mandato de David Cameron. Y sobrevivó a la purga de los cameronianos que May puso en marcha nada más llegar a Downing Street. Le nombró secretario de Estado para Asuntos Digitales, Cultura, Medios y Deportes, y desde ese puesto de relevancia menor consiguió seguir haciendo ruido y generando lealtades.

Es un animal político y un tipo afable, y ha demostrado ser fiel a May hasta el último minuto. Pocos saben qué más podría aportar al partido aparte de esa pasión por la transformación digital, pero quizá en los actuales momentos de ideología extrema que vive la formación, personajes tan adaptables como Hancock acaban siendo los imprescindibles.

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