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El adalid del Brexit por ambición más que por convicción

Boris Johnson abandona la cartera de Exteriores tras una trayectoria accidentada y varios golpes a la espalda de la primera ministra

Boris Johnson, en una conferencia de prensa el pasado 22 de mayo en Argentina. Foto: AP. Vídeo: ATLAS

La única razón por la que Boris Johnson continuaba siendo ministro de Exteriores, hasta este lunes, es que Theresa May era demasiado débil para despedirlo. Su nombramiento fue una sorpresa. Pero su desempeño ha sido aún peor, si cabe, de lo vaticinado.

Reclutar al imprevisible Johnson como jefe de la diplomacia sonaba a broma de mal gusto, pero su designación tenía algo de jugada política maestra: May mantenía a su principal rival por el liderazgo del partido neutralizado al incluirlo en su equipo, pero lo mandaba a viajar por el mundo para no molestar demasiado. Dos años después, la jugada no ha resultado tan clara.

Johnson ha desatado o agravado crisis diplomáticas. Ha humillado a la primera ministra. Si acaso, es posible que el tiempo demuestre que May ha logrado su objetivo de terminar con las aspiraciones políticas de Johnson, que ha perdido incluso el lugar de predilecto del sector duro a favor del excéntrico diputado Jacob Rees-Mogg. Pero no conviene subestimar el nivel de desapego con la realidad de los miembros del sector duro del Brexit.

George Eaton, jefe político de The New Statesman, definió a Johnson como “un accidente permanentemente esperando a suceder”. Solo cabría añadir que, a menudo, ese accidente sucede. Agravó la delicada situación de una cooperante británica presa en Irán al decir, destrozando la línea de defensa oficial, que había viajado al país a formar a periodistas. Recitó el poema colonial de Kipling Mandalay en Myanmar, obligando al embajador a disculparse. Soltó, ante el congreso de su partido, que la ciudad libia de Sirte podría ser como Dubái “en cuanto limpiaran los cadáveres”.

Con el Brexit, su historial no es menos zafio. Continúa defendiendo la descarada mentira, aireada en autobuses en la campaña y desmentida por todos los expertos, de que el Brexit permitirá recuperar 350 millones de libras (408 millones de euros) a la semana para mejorar la sanidad. Ha apuñalado por la espalda a la primera ministra siempre que ha detectado cualquier posibilidad de medrar. Cuando, recientemente, los líderes empresariales urgieron al Gobierno a esforzarse por alcanzar un acuerdo con Bruselas, Johnson respondió: “Que le jodan a las empresas”. La misma fineza con la que, el viernes, describió la propuesta de relación futura con la UE que presentó May a sus ministros: “Un pedazo de mierda”, para el titular de Exteriores. Pero no lo rechazo entonces: esperó dos días a que los vientos fueran más favorables a su persona.

La radical vehemencia con que vocifera sus causas es solo un barniz para tapar el escaso rigor intelectual y moral con que las abraza. Como trascendió al erigirse en adalid del Brexit duro, había redactado dos artículos de opinión, uno por la salida de la UE y otro por la permanencia, incapaz de decidir cuál de las dos posturas favorecería más sus ambiciones personales. Diputado por uno de los distritos londinenses que más sufrirían por la construcción de una nueva pista en el aeropuerto de Heathrow, prometió que se tumbaría ante las excavadoras antes de permitir que se hiciera. Pero el día en que el Parlamento votaba el proyecto, prefirió sacarse de la manga un viaje a Afganistán. Entendió que saltarse la disciplina de partido, en ese particular asunto, no convenía a su ambición rubia.

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