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Rebelarse contra los ricos, una vieja tradición francesa

La protesta de los ‘chalecos amarillos’ reactivó el espíritu de lucha contra la desigualdad, un anhelo común a otros países de Occidente y que da alas al populismo de derechas

Protesta de 'chalecos amarillos', el pasado 11 de mayo en Lyon.
Protesta de 'chalecos amarillos', el pasado 11 de mayo en Lyon. Getty

Fouquet’s, el exclusivo y ostentoso restaurante en los Campos Elíseos, es el monumento a una de las victorias tangibles de los chalecos amarillos.

Hoy, Fouquet’s, donde el plato de lenguado costaba 85 euros y una cheeseburger 34, parece un paquebote varado en una de las aceras de “la avenida más bella del mundo”, como a los parisinos les gusta llamar a los Campos Elíseos. Las puertas, las ventanas, la terraza —todo el restaurante, de hecho— están sellados por un contenedor metálico que recuerda a un buque blindado.

El 16 de marzo, durante una de manifestaciones contra las políticas del presidente Emmanuel Macron en los barrios del oeste de París, un grupo de violentos destruyó e incendió el establecimiento. El mismo día, asaltaron varios comercios de lujo de dicha avenida. El mensaje era poderoso. Con Fouquet’s ardía un símbolo del lujo. La rebelión contra los ricos, vieja tradición francesa, regresaba con un gesto espectacular, en el sentido más genuino de la palabra: un espectáculo visual, un gesto muy intencionado.

“En los barrios buenos tuvieron un miedo espantoso, ¿sabe?”, recuerda la socióloga Monique Pinçon-Charlot, refiriéndose a las repetidas protestas de los chalecos amarillos, franceses de clase media empobrecida que han convertido la prenda fluorescente en el nuevo icono revolucionario.

La revuelta ha perdido fuerza, pero el “miedo espantoso” de unos —o, en el otro campo, “las cóleras, los resentimientos y las indignaciones”, por citar al sociólogo François Dubet— marcan una fractura que divide la política francesa y europea.

El vandalismo con los símbolos de la llamada oligarquía recibe mayor comprensión que si los destrozos afectaran a otros barrios y edificios. “No sé quiénes fueron los que destrozaron Fouquet’s, o permitieron destruirlo”, dice Pinçon-Charlot, simpatizante de los chalecos amarillos y coautora junto a su marido, Michel Pinçon, del recién publicado El presidente de los ultrarricos. Crónica del desprecio de clase en la política de Emmanuel Macron. “Pero aunque fuesen chalecos amarillos, yo digo que, ante la violencia de los ricos, que es invisible pero tiene consecuencias criminales sobre millones de seres humanos, destrozar algunos comercios en los barrios buenos no es grave, no es nada”, añade.

El origen del resentimiento

En otros momentos de la historia de Francia, se hablaba del “muro de dinero” o de “las 200 familias”, explica el sociólogo Pierre Birnbaum, autor de El pueblo y los gordos, un libro de referencia sobre los orígenes del populismo en ese país desde la Revolución francesa.

“El pueblo es inocente. Es un conjunto orgánico, y los que no pertenecen a él, como los ricos, los burgueses, los curas, hay que combatirlos o excluirlos”, describe Birnbaum. “Esta visión organicista de la sociedad se prolonga durante todo el siglo XIX y resurge en momentos de crisis, por ejemplo durante el caso Dreyfuss”, añade, en referencia a la falsa condena en 1894 de un militar de origen judío, que dividió el país. El desprecio a la casta se mezclaba a veces con el antisemitismo.

“Desde la Revolución francesa existe la idea de que fuerzas maléficas controlan Francia”, explica Birnbaum. El problema de esta visión, sostiene, es que el poderoso Estado francés "funciona de una manera relativamente meritocrática, secularizada y desvinculado de la clase dirigente". “Francia", añade, "se caracteriza por un Estado que es el que dirige la nación: no son los ricos”.

No es necesario mostrar comprensión por los estallidos de violencia que han salpicado la revuelta francesa para constatar que la Gran Recesión de hace 10 años, además de agravar las desigualdades en el mundo desarrollado, ha dado pie a una nueva forma de lucha de clases. Puede traducirse en una exigencia de políticas más redistributivas, y ahí está el impacto del ala “socialista” del Partido Demócrata en Estados Unidos. Pero también en un impulso para el otro bando. Que el partido más votado en Francia entre los obreros sea, con gran ventaja, el antiguo Frente Nacional —el partido de la extrema derecha, hoy Reagrupamiento Nacional— refleja una tendencia común: la capacidad de las fuerzas nacionalistas, en Estados Unidos, en Gran Bretaña o en Italia, para beneficiarse de esta fractura.

“Hay un odio a los ricos, a las élites, a los gobernantes, a los intelectuales, a los medios”, describe el sociólogo Dubet, que acaba de publicar El tiempo de las pasiones tristes. Desigualdades y populismo. Pero añade un matiz de calado: “Paradójicamente, ya no hay lucha de clases. Porque, hasta hace poco, vivíamos en una sociedad de clases en la que los obreros se oponían al patrón. Esto casi ha desaparecido. Ahora tenemos individuos definidos por una multitud de desigualdades y las viven como una forma de desprecio social individualizado. Las cóleras son individuales. No adoptan la forma colectiva de las luchas sociales organizadas por sindicatos o partidos. Hay una multitud de cóleras sociales: porque vivo en el campo, porque la gasolina es demasiado cara, porque soy una mujer sola con hijos, porque el hospital está demasiado lejos de mi casa...”.

Otra paradoja: “En Francia las desigualdades sociales no se han disparado, en absoluto, pero todo el mundo tiene la sensación de que está amenazado por las desigualdades”, opina Dubet. Ahora, continúa, las desigualdades ya no se viven en un sentido de desigualdad de clase, sino como individuo que se siente víctima del desprecio de las élites. “Las desigualdades se han convertido en una experiencia subjetiva, personal. Es interesante que, cuando hablan los chalecos amarillos, empiezan diciendo: ‘Yo…”.

Una compleja cólera

La cólera amarilla es compleja. “Se dirige contra los ricos, pero no contra los futbolistas muy ricos, contra los diputados, pero no contra los patrones”, dice Dubet.

“Su enemigo principal no es el patrón de la empresa, porque ya no hay un patrón visible que posee la empresa y explota”, defiende Pinçon-Charlot, “Los banqueros, los especuladores, los fondos de inversión son formas de la riqueza invisible”, prosigue. Por eso, en su opinión, los chalecos amarillos han elegido como interlocutor a Macron, “el apoderado de la oligarquía francesa”. La revuelta contra los ricos es contra Macron, apodado precisamente “el presidente de los ricos” debido a medidas emblemáticas como la supresión parcial del impuesto sobre las fortunas. Fouquet’s o el Elíseo, los despachos de los diputados en provincias o los edificios señoriales del distrito 16 de París: todo resulta equiparable.

Pinçon-Charlot conoce bien estas calles. Junto a su marido, lleva años estudiando a la alta burguesía: sus barrios, sus clubes, sus costumbres... En Los guetos del gotha, publicado en 2007, dibujaban una geografía precisa de este mundo: los arrondissements o distritos 7, 8, norte del 16 y oeste de 17 en París, y el municipio vecino de Neuilly. Este pequeño cogollo de vida parisina coincide, casi calle por calle, con el mapa de las manifestaciones de los chalecos amarillos.

Entre otras tradiciones que el movimiento sin líderes ni programa rompió, una es el escenario de las protestas. Ya no desfilaban por el este de París —espacio tradicional de las concentraciones de la izquierda—, sino por el oeste. Su revuelta, intuitivamente, se había dirigido contra los más acomodados, hasta la puerta de sus casas, sus tiendas y sus restaurantes.

Hoy, Fouquet’s está “cerrado por obras”, dice la web del restaurante, y los paseantes —turistas, hombres y mujeres de negocios— circulan por delante como si el paquebote, trofeo simbólico de la revuelta antielitista, no existiese. Nadie se detiene. A un kilómetro de allí, 15 minutos a pie, se encuentra el hotel Bristol, donde estos días se aloja Steve Bannon, el exconsejero de Donald Trump que intenta reciclarse en ideólogo de la extrema derecha europea. El precio de la suite, según ha revelado Le Journal du Dimanche, que lo entrevistó, asciende a 8.000 euros por noche.

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