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Idioma, ejército y religión en la nacionalista Lviv

La región del oeste de Ucrania se ha convertido en uno de los bastiones de Poroshenko

Elecciones Ucrania 2019
Tumbas de muertos en la guerra en el Este, este miércoles en el cementerio de Lychakiv, en Lviv.

Casi cada semana, al salir de su trabajo en una mercería en el centro de Lviv, Yulia acude al cementerio de Lychakiv. Allí, junto a una pequeña ermita de ladrillo, están las tumbas de los soldados ucranios muertos en la guerra del Este. Decenas de lápidas en forma de cruz, algunas con las fotografías de rostros muy jóvenes. Casi todas con algún detalle de la bandera ucrania. El sobrino y ahijado de Yulia lucha en uno de los frentes, y a la mujer le reconforta encender alguna vela por sus compañeros fallecidos. La guerra latente con los separatistas apoyados por Rusia en el Donbás ha causado ya más de 13.000 muertos de ambos bandos, según la ONU. Y el conflicto y la tensión con Moscú lo sobrevuela todo en Lviv. “Si el actor ese, Zelenskiy, gana las elecciones el domingo Rusia nos va a devorar”, afirma esta mercera, de 54 años.

El cómico Volodymyr Zelenskiy no tiene muchos partidarios en Lviv, una ciudad de calles empedradas y edificios pintorescos en el oeste de Ucrania. Su región es de las pocas en las que el actual presidente, Petro Poroshenko, ganó en primera ronda. Y holgadamente: con el 70% de los votos; frente al 16% que tuvo en todo el país. En esta ciudad de 720.000 habitantes ha calado a fondo el mensaje del oligarca, que se presenta como el único adversario capaz de hacer frente al presidente ruso, Vladímir Putin. Los últimos sondeos, de este jueves, dan al actor un 57,9% en intención de voto frente a un 21,7% a Poroshenko.

En el centro, justo enfrente de una de las tiendas que venden los famosos dulces y chocolates de las compañías de Poroshenko, Rochen, hay un enorme cartel electoral que muestra al líder ucranio y al ruso, cara a cara; el corazón de la campaña del actual presidente. Andrei Lorskin trabaja justo al lado, en un coworking con muebles de Ikea en el que varios jóvenes teclean en sus portátiles. “Necesitamos un líder verdadero y con experiencia. Poroshenko lo es”, insiste el joven rubio con barba hipster. Según las encuestas, Zelenskiy tiene grandes apoyos entre los menores de 35 años, con los que ha conectado a través de sus intervenciones en las redes sociales y su lenguaje sencillo y televisivo. Pero a Lorskin, de 26 años, no le convence. Tampoco a sus compañeros. “Vivimos en un país en guerra, por el amor de Dios. Esto no es una película”, lamenta Lorskin.

Como este joven, los ciudadanos de Lviv se muestran más preocupados por la guerra en el Este que la media de los ucranios; y menos, por los impuestos y la inflación, según una encuesta de Socis. Pese a que geográficamente está más cerca de los países de la UE que de Kiev y también de la zona del frente, que ha cumplido cinco años con riesgo de convertirse en un conflicto enquistado.
La grivna se derrumbó al principio de la crisis con Rusia, en 2014. Y desde entonces ha seguido cayendo. Hoy, la inflación se nota en los bolsillos de los ciudadanos. Con un salario medio de 300 euros al mes, Ucrania es, tras Moldavia, el país más pobre de Europa. Pero Lviv, con una industria de turismo floreciente y elegida por algunas compañías de nuevas tecnologías como sede, es una de las ciudades más ricas del país.

En el histórico cementerio de Lychakiv hay también un espacio especial dedicado a los muertos durante las protestas del Maidán. Considerada uno de los bastiones del nacionalismo ucranio, Lviv también fue una de las grandes impulsoras de las movilizaciones europeístas y por la transparencia que derrocaron hace cinco años al presidente Víktor Yanukóvich, aliado del Kremlin. Un centenar de personas murieron en las protestas en la plaza central de Kiev. La mitad eran del oeste de Ucrania, una veintena, de la región de Lviv.

Enfadados y desilusionados porque Poroshenko no ha logrado cumplir las esperanzas de aquella revolución del Maidán de acabar con la corrupción lacerante, muchos ucranios que le votaron en 2014 le han retirado su apoyo. Pero en Lviv parece pesar más su política de construcción de la nación y la guerra —ha aumentado a un 5% del PIB el gasto militar—. En el oeste ha calado más a fondo su política de “ucranización”, con su lema de Idioma, ejército y religión.

Pero cuatro de las cinco ciudades más pobladas del país —Kiev, Jarkiv, Odessa y Dnipro— son de mayoría rusófona y aunque algunos han considerado la potenciación y prevalencia del ucranio como un paso muy necesario para la construcción y significación del país, también muchos se han sentido excluidos. Y algunas minorías, como la húngara y la rumana, por ejemplo, han denunciado discriminación.

En Lviv llevaron la delantera con la potenciación del idioma ucranio cuando en 2018, los concejales de la ciudad trataron de impulsar un decreto para que todos los productos culturales en ruso tuviesen que traducirse al ucranio, aunque la medida fue básicamente simbólica porque el consistorio no tiene el poder de transformarla en una ley. Así que quedó en una “recomendación”. Poco después, el presidente Poroshenko promulgó un controvertido proyecto de ley que convirtió el ucranio en el idioma requerido para estudiar en las escuelas estatales a partir de quinto grado.

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