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La herida de Donbás

Ningún país europeo puede permitirse ignorar a millones de personas de nuestro continente, como si su destino de rehenes de la geoestrategia no fuera con nosotros

Milicianos de la autoproclamada República Popular de Donetsk en el 75 aniversario de la liberación del Donbás de la ocupación nazi.
Milicianos de la autoproclamada República Popular de Donetsk en el 75 aniversario de la liberación del Donbás de la ocupación nazi. REUTERS

El simulacro de elecciones en los territorios ucranianos controlados por los separatistas prorrusos apoyados por Moscú no resuelve nada en las autodenominadas “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk donde más de 3,5 millones de personas viven en una fatigosa y desgastadora incertidumbre desde hace más de cuatro años, durante los cuales han pasado a depender totalmente de Rusia, dado el bloqueo económico a que fueron sometidas por Kiev.

El conflicto en el Este de Ucrania es una llaga en el corazón de Europa, pues desde que estalló en abril de 2014 ha causado más de 10.000 muertos y convertido a más de tres millones de ucranianos en desplazados en su propio país o refugiados temporales en Rusia. Hoy por hoy, ninguno de los sujetos de derecho internacional implicados en el conflicto en el Este de Ucrania parece tener prisa por encontrar una solución. Para Ucrania, los territorios secesionistas son el caldo de cultivo de un electorado que en las elecciones presidenciales del próximo marzo sería mayormente hostil a las opciones hoy representadas en Kiev. Esas zonas industriales y mineras degradadas y empobrecidas requieren además enormes recursos financieros para su relanzamiento económico.

Para Rusia el secesionismo en el Este de Ucrania es un instrumento de presión para influir en el desarrollo estructural de ese Estado y, eventualmente, potenciar en él otros separatismos ahora latentes. Tras una reintegración estable de Donbás a Ucrania, si eso fuera aún posible, la atención internacional se dirigiría de inmediato a la anexionada Crimea, algo que tampoco conviene a Moscú, que consiguió mantener el problema de la península del mar Negro en un segundo plano en relación a la dramática contienda de Donbás.

Kiev pretende que se trata solo de una guerra con el “ocupante” ruso y ve a los secesionistas como marionetas y no como portadores de opciones legítimas, mientras Moscú la presenta como una guerra civil ucraniana y niega su participación bélica en el país vecino en apoyo de los secesionistas, en contra de la evidencia. Por último, para los países de la UE no directamente implicados en el proceso de Minsk (el único foro donde participan todos los protagonistas del conflicto, además de Alemania y Francia), Donbás es un paraje lejano que se prefiere ignorar. Los diplomáticos europeos se limitan a constatar, como una letanía hueca, la necesidad de “cumplir” los acuerdos firmados el 12 de febrero de 2015 en la capital bielorrusa, sin pensar en cómo contribuir a su cumplimiento real. La llaga de Donbás supura y nos contagia a todos, y ningún país europeo, en nombre de los valores que nos unen, puede permitirse ignorar a millones de personas, como si su destino de rehenes de la geoestrategia no fuera con nosotros.

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