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LA BRÚJULA EUROPEA ANÁLISIS i

¿Puede la era Trumputin convertir a la UE en una potencia militar?

Europa impulsa iniciativas de integración en Defensa. Pero para lograr avances significativos debe superar visiones divergentes, gastar más y propiciar un amplio debate público

Un soldado sale de un tanque durante unas maniobras de la OTAN, el pasado octubre en Noruega.
Un soldado sale de un tanque durante unas maniobras de la OTAN, el pasado octubre en Noruega.

Theodore Roosevelt sostenía que, en la vida geopolítica, conviene “hablar suave y llevar un gran garrote”. En su espíritu fundacional, la Unión Europea abrazó el primer concepto y renunció al segundo, dejándolo en manos de la OTAN. En el marco de la Alianza, por lo general los países europeos se han acomodado debajo del gran paraguas estadounidense, con inversiones en Defensa limitadas que hacen que su peso militar sea inferior a su peso económico. Ahora, la marea parece estar cambiando.

Dos razones lo propician. Por un lado, la súbita frialdad con los Estados Unidos de Trump. La sensación de que Europa ya no puede contar con la protección de Washington como ha sucedido en los últimos 70 años. Por el otro, la creciente asertividad rusa y, como derivada, un panorama de desmorone de los acuerdos de control de armas que puede cambiar radicalmente la situación estratégica de Europa.

Si bien la OTAN sigue siendo el pilar central, el nuevo escenario impulsa a Europa a buscar, de forma paralela y complementaria a la Alianza, una mayor integración en Defensa. Macron habla abiertamente de un Ejército europeo y, en noviembre, Merkel aceptó que es un objetivo para el futuro. El camino hasta ahí será largo y arduo. Pero incluso para alcanzar metas intermedias hay que superar enormes retos. Entre ellos, se pueden destacar tres: las duraderas diferencias estratégicas y de actitud entre los socios; la disponibilidad real de elevar el gasto militar tanto como para desarrollar las capacidades propias; la inclusión de la opinión pública en un debate importante, que afecta la esencia de lo que Europa quiere ser, y que sin embargo se toca muy poco en las campañas políticas.

POTENCIA MILITAR Y ECONÓMICA

Cifras en miles de millones de dólares

Fuente: IISS, FMI y elaboración propia

Prueba de la voluntad de avanzar en esta materia es la pléyade de iniciativas emprendidas por los europeos desde que Trump asumió la presidencia. Por un lado, la Comisión Europea ha lanzado un Fondo de Defensa con una dotación de 13.000 millones para el próximo septenio presupuestario con la intención de fomentar la cooperación industrial europea en el sector. Por otro, la UE ha lanzado un Cooperación Estructurada Permanente (PESCO), una iniciativa en la que participan 25 países miembros que pretende mejorar la coordinación, integración y las capacidades de defensa de los socios. De momento se han aprobado 34 proyectos colectivos para avanzar hacia los objetivos. En tercer lugar, fuera del marco de la OTAN y de la UE, diez países se han asociado a la Iniciativa Europea de Intervención (EI2), un proyecto con ambiciones más operativas y en el que están incluidos los principales países europeos salvo Italia (Alemania, Francia, Reino Unido y España).

Estos dos últimos proyectos evidencian la cuestión de las diferencias estratégicas. PESCO es una iniciativa con la que está muy cómodo Berlín, porque implica un avance de integración, pero en el marco de la UE y sin una faceta operacional destacada. Todo lo contrario de EI2, que es un proyecto francés, que está fuera de la UE y sí pretende tener capacidad operativa. Alemania y Francia han reafirmado su voluntad de mayor cooperación militar bilateral en el reciente tratado de Aquisgrán, pero su perspectiva geopolítica es diferente. Alemania sigue manteniendo su reluctancia ante el protagonismo militar; Francia en cambio es un actor desacomplejado en ese sentido. El Brexit, por su parte, complica todo, al sacar de la UE a la única potencia europea —con Francia— que cuenta con una apreciable capacidad y voluntad operativa.

En términos de gasto, Europa ha dado algunos pasos adelante en los últimos años. Según datos del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos publicados la semana pasada, el de los 27 países europeos de la OTAN creció en 2018 un 4,2%. Sin embargo, solo cuatro cumplen con el objetivo fijado por la OTAN de un gasto militar equivalente al 2% del PIB (Reino Unido, Grecia, Lituania y Estonia, con otros cuatro muy cerca, a menos de una décima, Francia, Polonia, Letonia, Rumania). Alemania está incrementando su gasto, pero sigue lejos, alrededor del 1,2%. En conjunto, ha habido un paso adelante, pero muy pequeño, insuficiente para marcar un cambio sustancial. Tras una fase de ciclo económico expansivo en la que era más fácil avanzar, la ralentización que afronta ahora Europa complica el panorama.

Y el panorama, como señaló el exsecretario de Defensa de EE UU Robert Gates, es que en la OTAN hay países con una capacidad real de combate, y otros que no la tienen en términos significativos. Incluso los dos europeos más avanzados —Francia y Reino Unido— dieron muestras de sus límites en la operación en Libia en 2011. Aunque ellos llevaron la delantera, EE UU tuvo que intervenir sustancialmente para suplir deficiencias clave en equipamiento esencial, como aparatos de reabastecimiento de combustible aéreo, sistemas de recolección aérea de inteligencia y selección de objetivos.

Para avanzar en ambas sendas —cohesión estratégica y mayores medios— parece importante potenciar el debate público en la materia. En la mayor parte de los países de la UE, ocupa un lugar muy marginal en el foro político. Es comprensible que los ciudadanos estén más interesados en el mercado de trabajo, los servicios de seguridad social, la educación y las pensiones. Pero esta materia afecta de manera muy sustancial a lo que los europeos queremos ser en el futuro, lo que queremos que sea la casa común en un mundo cada vez más turbulento. Convendría pensarlo bien entre todos.

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