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La intervención militar saudí no ha conseguido sus objetivos en Yemen

Los Huthi se mantienen en el poder en Saná y el presidente Hadi ni siquiera puede regresar al país

Un grupo de niños presenta documentos a una ONG local para recibir su ración de comida, en abril de 2017 en Saná.
Un grupo de niños presenta documentos a una ONG local para recibir su ración de comida, en abril de 2017 en Saná. AP

En la madrugada del jueves 26 de marzo de 2015, los habitantes de Saná, la capital de Yemen, se despertaron sobresaltados por los bombardeos. A través de la radio y la televisión, supieron que se trataba de la aviación de Arabia Saudí. Riad, que contaba con el apoyo de varios aliados regionales, en especial Emiratos Árabes Unidos (EAU), declaró que su propósito era frenar a las “fuerzas aliadas de Irán”. Se refería a los rebeldes Huthi que, apoyados por tropas leales al expresidente Ali Abdalá Saleh, se habían hecho con el control del país en apenas seis meses y obligado a huir al presidente Abdrabbo Mansur Hadi. Tres años después, la intervención militar no ha logrado derrotar a los insurgentes y Yemen se encuentra destruido.

“Está claro que no se han conseguido los objetivos”, resume Mustapha Noman, analista y exviceministro de Exteriores yemení. “Es verdad que, desde 2015 hasta ahora, los Huthi han perdido la mayoría del territorio que controlaban, pero en esa parte apenas vive el 30% de la población. La coalición anuncia que el 85% de Yemen está bajo potestad de las fuerzas de Hadi. Pero en realidad, se encuentra bajo el control directo de [distintas] fuerzas locales, principalmente apoyadas y entrenadas por EAU. Hadi ni siquiera puede regresar a algún lugar de ese 85%”, explica.

En las amplias zonas del sur del país a donde no llega el Ejército emiratí, el vacío de poder ha dado paso a la proliferación de grupos armados, ampliado el espacio de las ramas locales de Al Qaeda y el Estado Islámico, y reavivado las aspiraciones secesionistas. El Ejército saudí tampoco ha logrado, a pesar de su moderno armamento y del respaldo técnico y asesoramiento de EE UU y Reino Unido, frenar el lanzamiento de misiles balísticos por parte de los Huthi, ni las incursiones de estos en territorio saudí.

“Después de casi tres años de conflicto, Yemen, como Estado, casi ha desaparecido. En vez de un único Estado, hay mini Estados que luchan entre sí, y ninguno de ellos tiene el apoyo político o la fuerza militar para volver a unir el país o alcanzar la victoria en el campo de batalla”, concluía el informe que un equipo de expertos independientes presentó ante Consejo de Seguridad de la ONU el pasado enero.

Sin salida

Llueve sobre mojado en un país que ya se contaba entre los más pobres del mundo. “No existe un proyecto integral tras los 2.000 millones de dólares para asistencia humanitaria de Arabia Saudí; tampoco la ONU tiene un plan de emergencia”, apunta un analista que prefiere mantener el anonimato porque asesora a un organismo internacional. “Algunas grandes ONG han rechazado recientemente una resolución del Senado de EE UU para poner fin al apoyo a la coalición [porque consideran] que minará su trabajo en Yemen”, añade.

La campaña militar ha provocado además una catástrofe humana sin precedentes. Hoy el 80% de los 27 millones de yemeníes necesitan ayuda internacional para subsistir, un tercio está al borde de la hambruna, y a los no menos de diez mil que han muerto por los combates, hay que sumar varios miles de fallecidos por las graves epidemias de cólera y difteria, y la quiebra del sistema sanitario. Los daños van a prologarse en una generación que está creciendo malnutrida y sin escuela, ya que pocas familias pueden pagar 2.000 ríales (6,5 euros) mensuales por niño para el transporte de los maestros que llevan 10 meses sin cobrar sueldo.

“La situación social es más grave que la guerra. Estamos muertos en vida”, declara un ingeniero con cuatro hijos que a duras penas logra sacar adelante a su familia haciendo chapuzas. “Los bombardeos, al menos en Saná, se han reducido; aunque siguen llegando muertos de los frentes, ahora el principal problema es el bloqueo económico al que nos somete la coalición. Parece que buscan agotarnos y que nos levantemos contra los Huthi, pero no tenemos ni medios ni fuerzas”, explica por teléfono.

Al bloqueo, se suma también el aumento de las tasas que los Huthi imponen a los comerciantes para financiar el esfuerzo de guerra. Cuenta que los precios se han disparado. La bombona de gas que antes del conflicto costaba 1.500 ríales, ahora, si se encuentra, supera los 10.000. “La gente quema ramas, plásticos, lo que encuentra, para poder cocinar”, confía desencantado por el olvido internacional.

“El desastre humano, innegable y terrible, está eclipsando el desastre de seguridad que se avecina”, advierte la embajadora de la UE para Yemen, Antonia Calvo. Su temor es que los Huthi, agobiados por el bloqueo de la coalición, cumplan su amenaza de atacar el tráfico marítimo que transita frente a las costas de Hodeida, el único puerto bajo su control. Por el cercano estrecho de Bab el Mandeb, la vía más rápida entre el océano Índico y el Mediterráneo, pasan al año mercancías por valor de 700.000 millones de dólares, incluido un 4% del petróleo que se comercializa en el mundo, la mayoría con destino a Europa.

“La vía militar nunca pondrá fin a esta guerra y solo traerá más miseria”, subraya Noman, quien pide “el acceso a los puertos y la apertura del aeropuerto de Saná para salvar a la población del hambre”. En su opinión, la única salida es “alcanzar un alto el fuego que de una nueva oportunidad para negociaciones serias entre los Huthi, el Gobierno y la coalición”.

Es el reto al que se enfrenta el nuevo enviado especial de la ONU, el diplomático británico Martin Griffiths. “Para cualquier plan necesita el respaldo de EE UU. Reino Unido, Arabia Saudí, EAU, la UE… e incluso Omán, Rusia e Irán. No puede hacerlo peor que sus dos predecesores, pero las expectativas son tan bajas”, confía desde el anonimato un asesor de un organismo internacional. Para Noman se trata de encontrar “un acuerdo que permita salvar la cara a todas las partes en conflicto”. El problema es que, sobre el terreno, muchos tienen escaso incentivo en ponerle fin porque la economía de guerra les está proporcionando pingües beneficios aún a costa del hambre de sus conciudadanos.