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Schulz renuncia a ser ministro de Exteriores con la Gran Coalición alemana

Schulz había dicho en campaña que no asumiría un puesto en un Gobierno liderado por Merkel; su predecesor, Sigmar Gabriel, le acusó de "falta de respeto"

Martin Schulz y Andrea Nahles en un congreso del SPD de finales de enero.
Martin Schulz y Andrea Nahles en un congreso del SPD de finales de enero. REUTERS

Martin Schulz lleva 72 horas subido a una montaña rusa que ha acabado por impactar. El todavía líder del partido socialdemócrata (SPD) alemán ha anunciado que tira la toalla y que no será el próximo ministro de Exteriores alemán. El hombre, que hace menos de un año se convertía en la esperanza blanca del SPD, ha caído en irremediable desgracia dentro de su propio partido. El culebrón político que desgarra al SPD y al que asiste en directo Alemania echa más leña al fuego de un acuerdo de gran coalición que no acaba de cuajar y que todavía debe ser refrendado por las bases del SPD.

Desde que anunciara el miércoles que aspiraba a ser el nuevo ministro de Exteriores, el ruido de sus detractores ha ido in crescendo, hasta convertirse en un estruendo que ha terminado por derribarle. “Aquí declaro mi renuncia a formar parte del Gobierno y espero poner así fin al debate interno sobre candidatos en el SPD”, zanjó Schulz en un comunicado.

El político socialdemócrata prometió tras las elecciones de septiembre que no aceptaría formar parte de un Gobierno de Angela Merkel. Cuatro meses después, el pasado miércoles, anunciaba flamante antes las cámaras que dejaba la presidencia del SPD, marcado por una derrota histórica del partido (20,5% en las elecciones de septiembre), para ser el próximo jefe de la diplomacia alemana en el cuarto mandato de Merkel. Lo hacía además traicionando a su antes amigo y hasta ahora titular de Exteriores, Sigmar Gabriel.

Schulz se ha convertido en cuestión de horas en un grave problema de credibilidad para un partido que en diez días someterá su proyecto de gran coalición con el bloque conservador de Merkel a referéndum y que en las últimas horas transpiraba indignación ante la decisión de su líder de ser ministro. Sacrificar la cabeza de un político acusado de anteponer sus intereses personales a los de su partido, se convirtió de repente en una decisión cargada de lógica política. “Los debates en torno a mi persona amenazan el éxito de la votación. Presento pues mi renuncia a entrar en el Gobierno”, añadía Schulz en el comunicado el viernes.

Pero además, resulta que el perjudicado por las maniobras de Schulz era Gabriel, uno de los políticos más populares de Alemania y hasta hace poco su amigo. Gabriel le había cedido el año pasado el puesto de candidato a la cancillería al considerar que Schulz tenía más posibilidades de triunfar.

El todavía ministro de Exteriores no ha ocultado su decepción, después de enterarse de que su antiguo camarada estaba dispuesto a arrebatarle la cartera sin mayores miramientos. “Lamento que el evidente aprecio del público no signifique nada para los líderes del partido”, dijo a grupo de medios Funke, ante los que se quejó de "falta de respeto". Y explicó que su hija estaba sin embargo contenta. “No estés triste, papá, ahora tienes más tiempo para nosotros y eso es mejor que pasar tiempo con el hombre con pelos en la cara”, relató el propio Gabriel, refiriéndose a la barba de Schulz.

Era evidente que Schulz, un político que encandiló a su partido con su nombramiento el año pasado, pero que fue perdiendo lustre a medida que encadenaba derrotas electorales hasta casi tocar fondo, no podía competir con la popularidad de Gabriel.

El miércoles por la mañana, tras trece días de intensas negociaciones, Merkel y Schulz comparecían para anunciar que habían llegado a un acuerdo para formar una gran coalición. El SPD emergía como el partido victorioso, de unas negociaciones en las que se dejó la piel y en las que, pese a ser el socio minoritario, logró obtener las principales carteras de la futura gran coalición III. En especial, el ministerio de Finanzas, la joya de la corona del Gobierno alemán. Schulz había triunfado. Con ese resultado, las bases más escépticas comprenderían que la socialdemocracia iba a tener un papel protagonista en el Gobierno de la canciller y que desde el poder iban a poder ejecutar las políticas de izquierdas que defienden. La alegría duró poco y lo que había subido por la mañana, bajó a una velocidad de vértigo a media tarde. Schulz comparecía junto a la jefa del grupo parlamentario del SPD, Andrea Nahles, para explicar que dejaría la presidencia del SPD para pasar a ser ministro de Exteriores.

La elección tenía cierta lógica. Schulz ha sido presidente del Parlamento Europeo y ha logrado situar a las reformas de la UE en el centro del programa del próximo Gobierno. Pero la política interna no obedece a razones de peso. En seguida prendió la mecha y la estupefacción dio paso a la indignación también en el partido. Luego vinieron las declaraciones de Gabriel y los intensos rumores de que había perdido la confianza de los barones del partido. A media tarde, Schulz anunciaba su renuncia.

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