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La violencia racista irrumpe en la campaña más incierta de Italia

Un joven de 28 años, excandidato de La Liga, dispara contra seis inmigrantes e incendia una campaña marcada por el discurso xenófobo y eurófobo de algunos partidos

Dos agentes controlan la zona de Macerata donde se produjeron los disparos.

El sábado a media mañana, la violencia racista irrumpió de golpe en la campaña electoral italiana a bordo de un Alfa Romeo negro. Un joven de 28 años, candidato de la Liga en un pueblo del norte, disparó desde la ventanilla de su coche contra varios inmigrantes africanos que paseaban por el centro de Macerata hiriendo a seis de ellos. Luego se bajó, se anudó una bandera italiana al cuello y levantó el brazo haciendo el saludo fascista. Un paso más en la escalada xenófoba despertada al calor de la crisis migratoria de los últimos años y de la campaña del miedo lanzada desde partidos como la Liga a las puertas de las elecciones más inciertas que se recuerdan.

Justo a un mes de las elecciones, cuando todos los partidos han cerrado las listas y presentado sus programas, Luca Traini, un joven desempleado con la cabeza completamente rapada y una pistola Glock en la mano, recordó a Italia algunos de los efectos de la campaña del odio alimentada por varias formaciones durante los últimos cinco años. Importan poco las 100 propuestas lanzadas el viernes por Matteo Renzi —cheque bebé y renta mínima— o el entumecido discurso ideológico de sus viejos opositores Massimo D’Alema y Pierluigi Bersani. Los 300.000 desembarcos de los últimos dos años, la sensación de abandono de la Unión Europea en la gestión de los flujos migratorios y un cabreo generalizado por una crisis económica y bancaria en diferido —Italia sigue a la cola del crecimiento— han alimentado un insólito discurso populista, xenófobo y antieuropeo que ha arraigado peligrosamente en la tercera economía de la zona euro.

Luca Traini, autor de los disparos en Macerata.
Luca Traini, autor de los disparos en Macerata. AP

El incendio político es mayúsculo. El primer ministro italiano, Paolo Gentiloni, compareció para advertir que el Estado será severo con quien alimente el discurso del odio. El ministro del Interior, Marco Minniti, se fue hasta Macerata por la tarde para calmar los ánimos. Hay seis heridos, cinco hombres y una mujer. Dos graves. Pero Matteo Salvini, presidente del partido por el que fue candidato el agresor —este sábado circulaba ya una foto de ambos en un mitin—, aprovechó el suceso para hacer campaña. Una semana antes, en la misma localidad, una joven toxicómana de 18 años había sido descuartizada por un camello nigeriano. “Está claro y es evidente que una inmigración fuera de control, una invasión como la que se ha organizado, querida y financiada todos estos años, conduce al desencuentro social”. Su partido, parte de la coalición formada con Forza Italia y Hermanos de Italia, lidera las encuestas para las enrevesadas elecciones del 4 de marzo.

Tres grandes bloques se disputarán el Gobierno y, probablemente, ninguno tendrá los números para formarlo en solitario. La nueva ley electoral, un sistema mixto entre proporcional y mayoritario, amenaza con un bloqueo similar al vivido en España y Alemania en estos años. El primer ministro, coinciden la mayoría de consultados, saldrá de una compleja ronda de pactos que liderará el presidente de la República, Sergio Mattarella. Todos excluyen ahora las alianzas, pero el discurso cambiará cuando se acerque el momento.

El carácter político italiano está acostumbrado a salir siempre a flote, a sobrevivir parlamentariamente sin gobernar, a tener 64 Ejecutivos distintos en 70 años. Al final, la nave va. También en esta legislatura, que ha visto ya pasar a tres presidentes del Consejo de Ministros, dos jefes de Estado y ha asistido a fenómenos metafísicos como la muerte y resurrección de Silvio Berlusconi y Matteo Renzi. El manual de instrucciones recomienda tirar de Pirandello y su “nada es lo que parece” si uno quiere comprender lo que sucederá el día después.

El bloqueo se da casi por descontado. No tanto cómo se llegará a él. Entre siete y ocho millones de personas (sobre 50 millones de votantes) ignoran todavía su elección. Una indecisión sin precedentes que coincide con un previsible aumento de la abstención y una campaña agresivamente estructurada por el centroderecha en torno a dos ejes centrales como la bajada de impuestos —a un tipo fijo del 23%— y el rechazo a la inmigración. Una idea que ha dado alas a partidos abiertamente fascistas como CasaPound y Forza Nuova, que este sábado mostró su apoyo al agresor de Macerata: “Estamos con Traini, el Estado solo piensa en los inmigrantes”.

Una coalición antieuro

La corriente de malestar, que recorre uno de los países de la Unión con una brecha social y económica más salvaje entre norte y sur, ha encontrado acomodo en dos partidos que podrían llegar a gobernar Italia si se pusieran de acuerdo: la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas (M5S). Les unen sus políticas asistenciales, el discurso contra la inmigración —Luigi di Maio llamó “taxistas del mar” a las ONG— y su empeño en culpar a la moneda única de todos los males de Italia. El escenario resulta tan exótico, que ha despertado la incómoda sensación entre algunos italianos —el fundador de La Repubblica, Eugenio Scalfari, fue el primero en verbalizarlo— de que Berlusconi sería un mal menor. “Esa posibilidad es baja, pero es la que inquieta más a los mercados. Dispararía la prima de riesgo desde el primer minuto. Lo que quiere M5S es un gobierno de minoría sostenido por otros partidos con apoyos concretos y ocasionales”, señala el politólogo experto en sistemas electorales, Roberto D’Alimonte.

Tres grandes bloques se disputarán el Gobierno y, probablemente, ninguno tendrá los números para formarlo en solitario

El exCavaliere, con 81 años e inhabilitado por fraude fiscal, no ha tardado ni un segundo en recoger el guante y en definirse como el muro contra los populismos. Pero este sábado no dijo nada respecto al suceso de Macerata que salpica a su principal socio. La coalición de centrodereha formada por Forza Italia, Liga y Hermanos de Italia, que ahora mismo se encuentra alrededor de un 37% de estimación de voto, marcha como un tiro. Si logran formar Gobierno y Forza Italia, como parece, obtiene un voto más que la Liga, Berlusconi elegirá al nuevo primer ministro entre un grupo de nombres entre los que destaca el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani.

La cita será decisiva para el M5S, en pleno proceso de emancipación de su fundador y líder espiritual, el cómico Beppe Grillo. Un experimento político sin parangón en Europa —desideologizado, con una posición ambigua sobre la UE y diseñado para pescar en todos los estratos sociales— ya ganó las elecciones de 2013, se ha mantenido en cabeza de los sondeos hasta ahora y todo indica que volverá a vencer en marzo (la estimación es de un 28% de los votos). Sin un líder fuerte y una creciente opacidad organizativa, ha sufrido ciertos temblores. Pero hay quien lo tiene peor.

El centroizquierda, liderado por el Partido Democrático (PD) de Renzi —este sábado pidió calma y responsabilidad tras el suceso—, llega tocado por la escisión de la vieja guardia del partido sufrida hace algunos meses y materializada en un nuevo partido: Liberi e Uguali (6% en los sondeos). El florentino, un incontenible ciclón electoral hace solo tres años, ha visto descomponerse a velocidad de vértigo su liderazgo. Bendecido por Romano Prodi y unido al nuevo partido de Emma Bonino (+Europa) y algunas pequeñas formaciones, las encuestas le otorgan alrededor de un 28% de votos. En la ejecutiva del partido confían en los pactos de última hora y escrutan de reojo la frágil salud de hierro del artefacto político más poderoso hasta la fecha. Por si hubiera que reeditar el Pacto del Nazareno con Berlusconi.

Pero, ¿qué significan todos estos datos? Prácticamente nada. Antonio Noto, experto en sondeos y estrategia política es pesimista y no ve ninguna combinación clara. “Con estos números cualquier alianza es difícil. Pese a llegar al 40% de los votos, ninguna superaría la mayoría de escaños (316 en el Parlamento y 160 en el Senado). Incluso si se aliasen PD y Forza Italia con pequeños partidos de centroizquierda, hoy no tendrían la mayoría absoluta. Pero es verdad que la gran decisión de los electores se tomará en los últimos 10 días de campaña. Y ahí se va a lo seguro”, señala en referencia al gran pacto entre Forza Italia y PD que tanto entusiasma a Europa y a los mercados financieros. Un acuerdo que que ambas formaciones han negado repetidamente. La fórmula exacta para tomarlo en consideración.

Mientras suene la música de los pactos, se buscará a un hombre tranquilo para el Palacio Chigi. El actual primer ministro, Paolo Gentiloni, es una opción clarísima, apunta D’Alimonte. Pero también el propio Tajani, que ha cogido vuelo durante sus años en Bruselas y no desagrada al centroizquierda. “La repetición de elecciones es posible, pero es la opción más extrema. Una vez elegidos los miembros del Parlamento, harán todo lo que puedan para seguir. La facilidad con la que se repitieron en España sería asombrosa aquí”. Por si conviene, alguien siempre deja una puerta abierta en Italia.

Trasfuguismo extremo y auge de la ultraderecha

Todo lo que se diga en campaña respecto a posibles alianzas deberá ser revisado el día 5 de marzo a la baja. Para entender la fragilidad del sentimiento de pertenencia a un partido o a una promesa electoral, sólo hay que echar un vistazo a la composición de las Cámaras a comienzo de legislatura (2013) y en 2018. El transfuguismo —transformismo, como lo llaman quitándole solemnidad en Italia— es una costumbre tan arraigada que ni siquiera está mal vista. Desde el inicio de legislatura, como señala un estudio de Open Polis, ha habido 566 cambios de grupo por parte de 347 parlamentarios, el 35,53% de los elegidos. En el Parlamento ha habido 313 movimientos, con 207 diputados implicados (el 32,86%). En el Senado, los cambios han alcanzado los 253, con 140 senadores que han cambiado de chaqueta (el 43,75%). De modo que no es extraño que uno diga una cosa al comienzo de la campaña y proponga la contraria el día después de las elecciones.

En este clima de confusión y de alarma social por la inmigración, varios partidos de ultraderecha y de corte netamente fascista —el agresor de Macerata había mantenido contactos con Forza Nuova— aspiran a entrar en el Parlamento. El que hasta ahora tiene más posibilidades es CasaPound, que a pocos meses de las elecciones aprieta para llegar al 3% necesario para entrar en el Parlamento e influir en las políticas de centroderecha. De carácter agresivo, han atacado varios centros de acogida y distribuyen comida solo para italianos. Tienen ya 99 sedes y 11 concejales en los ayuntamientos, y construyen su actualización del fascismo sobre las ruinas de una clase media-baja empobrecida: el mercado electoral más rentable.

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