Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Inodoro parlante

Trump huele cada día más al rancio racismo que lo encumbró y apesta al vomitivo desprecio con el que trata el mundo

Inodoro parlante

Donald J. Trump es Inodoro Parlante, aunque el apodo no corresponde con el hedor que transpira: conforme avanza su demencia, Trump huele cada día más al rancio racismo que lo encumbró y apesta al vomitivo desprecio con el que trata no sólo a todos los que lo rodean, sino también a esa distorsionada imagen que tiene del mundo. Aunque no hay grabación o vídeo, fuentes citadas por The Washington Post aseguran que el nuevo eructo de Inodoro Parlante aseguró que no desea que lleguen a Estados Unidos los migrantes que vengan de shithole countries, lo que se ha traducido como “países de mierda” cuando en realidad, el término shithole se refiere a cloaca, el hoyo mismo por donde se va la mierda precisamente a la mierda y por ende, viniendo de Inodoro, la declaración es un autogol.

Las huestes que llevaron a Trump al poder deambulan bajo el ya no velado hálito de un racismo acendrado, salival e irracional, que transpira esa inmensa porción de la población analfabeta funcional, bíblica y retorcida, monosilábica y tediosamente rutinaria que empieza a burbujear en cuanto se cruza con un ligero tinte de piel morena, apellidos extranjeros o raras especias en la comida. En ese ancho mar de la ignorancia campea la glorificación de un supuesto millonario trepador de las propias torres que construyó con mano de obra migrante y no pocas declaraciones de bancarrota, el payaso de la televisión y de los ridículos cameos en películas, el mujeriego que logró crecer en campaña precisamente por denigrar a las mujeres al tiempo que escondía el pago de sus impuestos. En el glorificado estercolero de las banalidades, Trump es precisamente el Inodoro donde se arremolina perfectamente la combinación donde las mentiras se funden con la ira, el revuelto fecal de las consignas ideológicas que se vuelven capirote de penitentes a la Ku Klux Klan, apocalípticos jinetes de un mal que ha sido perdonado recientemente por el propio Trump y anónima neblina del hedor que ahora vuelve a manifestarse.

Las huestes que llevaron a Trump al poder deambulan bajo el ya no velado hálito de un racismo acendrado, salival e irracional

Ya en otras ocasiones, Inodoro Trump había asegurado que todo refugiado haitiano que llegaba a Estados Unidos era portador del Sida y no olvidemos que la piedra angular de la perorata con la que lanzó su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos fue precisamente arengar contra México, asegurando que los migrantes llegados del sur eran todos “violadores y asesinos”. Los hechos y la realidad están en otra parte, lejos de su olor: sabemos que la población afroamericana de su país responde notablemente y probado estadísticamente en todos los ámbitos sobre todo universitarios o científicos— en cuanto logran desarrollarse y desenvolverse en igualdad de oportunidades y con respecto a los bandoleros mexicanos que le inundan el fleco, sólo habría que contrastar sus delirios con el horror y las cifras de sucesivos asesinos seriales y violadores blanquitos, rubios y pecosos más protestantes que guadalupanos que manchan de sangre las cafeterías de las escuelas o las mesas de las hamburguesas rápidas que tanto le gusta comer al propio Trump en la soledad imperial (ahora que el libro Fire and Fury de Michael Wolff confirma que Melania casi no vive en la Casa Blanca y, cuando visita, duermen en camas separadas).

Específicamente, la reciente declaración racista de Trump burbujea en el ambiente donde se ha amenazado con deportar a 200.000 ciudadanos salvadoreños, 5.300 nicaragüenses, más de mil sudaneses y seguirán, 86.000 hondureños y el largo etcétera que gira en su torbellino mental con el mismo rasero con el que había sugerido que “volvieran a sus cabañas en África”, 40.000 nigerianos que le incomodaban la blanca porcelana de su escusado o váter cerebral. Es bien sabido que una de las manías del Donald son los baños de grifos de oro, y en el multivendido libro de Wolff sobre su primer año en la Casa Blanca se menciona al vuelo el horror que le ha provocado tener que adaptar sus idas al baño lejos de su guarida en Manhattan. La metáfora es obvia: mientras la cagaba en casa y en su mundillo de oropel, el bufón no era más que una joya efímera del imperio de las mentiras, pero desde hace 12 meses su imbecilidad no ha hecho más que defecar sobre el mundo entero y en su pujido lleva la penitencia, pues todo migrante que busca sobrevivir o ganarse una nueva vida entre los telones de la vasta promesa americana viene huyendo no de países de mierda, sino de hogares que se han visto sumidos en condiciones de mierda precisamente por instituciones y gobiernos como los que corona Inodoro Trump.

Habla, retrete. Habla con el fétido discurso imperdonable con el que tú mismo confeccionas el pantano de la tapada tubería donde se va amasando la diarrea de diatribas, odios o iras, autoritarismo racista e improvisada desorganización de tu propia demencia. En tanto no se recete la lavativa constitucional de la Enmienda 25 que ponga a prueba el mal sistema digestivo de tus ideas tan idiotas o en tanto no se te aplique una lavativa de emergencia que permita la necesaria lobotomía, sigue sentado en el trono (ése que en el fondo te incomoda porque quizá fue usado por Abraham Lincoln) y habla, habla y sigue hablando, retrete, que aún hay huestes coprofílicas que aplauden tus flatulencias y celebran tus evacuaciones, pero recuerda que hay solventes que destapan toda cloaca y prudentes prójimos que con sólo bajar la tapa logran callarte.