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Córcega: paraíso turístico con tasas de asesinatos más altas que Nueva York

La alta tasa de homicidios y una tradición de violencia asemejan a la isla más a Sicilia que a la Francia continental

Córcega
Los entonces ministros Cazeneuve y Lebranchu en Córcega en el acto conmemorativo del asesinato de un prefecto, en 2015. Getty Images

"No estoy tranquilo", confiesa Séverin Medori, alcalde de Linguizzetta, un pueblo en la costa este de Córcega. La inquietud de Medori tiene una explicación: François Servetto, un hampón condenado, entre otros motivos, por amenazar a Medori, debe salir próximamente de prisión. “Veremos qué ocurre”.

Medori se convirtió en una pequeña figura mediática porque hizo lo que pocos cargos electos hacen en la isla mediterránea: denunciar en voz alta lo que otros mantienen callado; llevar a los tribunales los intentos de intimidación de los que fue víctima en 2014, cuando optaba por la reelección como alcalde.

“Sufría amenazas por teléfono. Recibí mensajes. Me mataron vacas. Y, además, hubo disparos. Y visitas”, resume sentando en la mesa de una pizzería en la carretera que conecta Linguizzetta con Bastia, la segunda ciudad de Córcega, con cerca de 40.000 habitantes.

El caso de Séverin Medori saltó a la prensa nacional francesa y se convirtió en un ejemplo de la incómoda excepcionalidad corsa, la pervivencia de prácticas violentas que acercan más a la isla a Sicilia o al sur de Italia que a la Francia continental.

En Córcega palabras como "vendetta" o "omertà" —la primera, propia de la lengua corsa; la segunda, importada del italiano—, o conceptos como clanismo y clientelismo, son de uso corriente. En 2012, el entonces ministro del Interior francés, Manuel Valls, visitó la isla tras el asesinato de Jacques Nacer, un destacado empresario de Ajaccio, la capital. Y pronunció unas palabras que traerían cola: “Demasiados asesinatos. Demasiadas personas que no hablan. Demasiados intereses. Demasiada mafia”.

La tasa de homicidios ha bajado en años recientes, pero en Córcega es similar a la de países como Argentina o Kenia, según datos del Banco Mundial, y supera a la de Nueva York. Con 6,5 homicidios anuales por 100.000 habitantes, la ‘Isla de la Belleza’ —el nombre que recibe esta destino turístico privilegiado— supera proporcionalmente —no en números totales: la población de Córcega es inferior— a las regiones más crimen de Francia, como son las de París y Marsella, y es netamente superior a la media nacional.

“La gente aquí no se da cuenta de que, durante años, han vivido en una zona de conflicto de baja intensidad”, dice en su despacho en el diario Corse-Matin, después de cerrar la edición del día, su redactor jefe adjunto, Antoine Albertini. “A mí me ha ocurrido cubrir en una sola jornada seis homicidios o tentativas de homicidio”.

En un reportaje publicado este verano en Le Monde, Albertini recordaba que, desde 1988, han muerto asesinadas más personas en Córcega que militares franceses muertos en operaciones exteriores desde 1963. Y entre 2001 y 2012 murieron más del doble en la isla que los franceses que murieron en la guerra de Afganistán en el mismo periodo.

En el reportaje, el periodista abordaba un tema delicado: la posible existencia de una cultura de la violencia en Córcega. Las altas tasas de homicidios se explicarían en parte por la tradición de las armas y su fuerte presencia en la isla. Podría especularse también con el carácter insular y la geografía montañosa, pero hay otras islas montañosas en el Mediterráneo sin las tasas de criminalidad de Córcega. O podría recordarse que esta fue en el pasado una tierra de mercenarios y que sufrió entre los años setenta del siglo XX y hace tres años el azote de la violencia política.

“La representación que el pueblo corso se hace de sí mismo es la de un pueblo de guerreros”, dice a EL PAÍS Jean-Guy Talamoni, líder independentista y presidente de la Asamblea corsa. “No creo que Gandhi hubiera tenido mucho éxito en Córcega”. La violencia nacionalista ya ha terminado, pero la prioridad de la lucha antiterrorista por parte del Estado francés posiblemente dejó el campo libre a la criminalidad mafiosa.

Para Córcega, la imagen de isla violenta es un estigma, con frecuencia un prejuicio que se le aplica desde fuera, pero tiene raíces antiguas. El historiador Jean-Pierre Arrighi recuerda que ya los autores de la Antigüedad, entre ellos Séneca, cultivaron la imagen de Córcega como un sinónimo de naturaleza, un lugar salvaje y exótico. Esta visión llevaba a dos conclusiones opuestas: Córcega era una isla de personas agresivas y grosera; o, al contrario una especie de paraíso terrenal cuyos habitantes eran seres justos y beatíficos. La doble visión que llega hasta hoy: el paraíso turístico, o el infierno del crimen. Ambas son hiperbólicas, por supuesto, pero no son nuevas.

El gran teórico de la violencia corsa fue el escritor Prosper Mérimée, que hizo en Córcega una operación literaria similar a la que realizó en España con Carmen, la novela que inspiró la ópera de Bizet. La Carmen corsa es Colomba, publicada en 1840. Esta novelita es un tratado sobre la vendetta, la venganza entre familias. “Es imposible hablar de los corsos sin atacar o justificar su pasión proverbial”, dice el narrador. La vendetta, dice el historiador Arrighi, “no es forzosamente violenta”. “Se trata de un método de disuasión”, continúa. Como la bomba atómica. Según este sistema, “cada familia se comporta como un Estado”, explica, citando la tesis de un jurista de los años veinte. “Hay provocación, declaración de guerra y tratado de paz, a veces en presencia del prefecto, o del obispo”. Un personaje en Colomba observa: “Hay más asesinatos aquí que en otros lugares, pero jamás verá una causa innoble en estos crímenes. Nosotros tenemos muchos asesinos, cierto, pero no hay ni un ladrón”. El argumento —muchos crímenes de sangre pero seguridad en las calles y un cierto orden social— sigue escuchándose: la dicotomía que ya apuntaban los clásicos.

Al alcalde Séverin Medori le mataron a tiros ocho de sus vacas, le enviaron SMS amenazantes y dispararon cerca de su casa. El culpable era la pareja de su oponente política. Medori había frenado proyectos urbanísticos en su municipio, en la denominada ‘llanura oriental’, una de las pocas zonas llanas de la isla, sin sobreexplotación turística.

“Estaba seguro de que si no ponía una demanda, volvería a empezar. Y ya basta”, dice Medori. “Desgraciadamente estamos acostumbrados aquí. Hay un fondo de violencia en la sociedad corsa”.

Al periodista Albertini los fantasmas de los muertos le acechan en cada paso por su ciudad. “Del norte al sur de Bastia, en unos pocos kilómetros cuadrados, cualquier itinerario lleva por su rastro invisible, cualquier recorrido permite recordar”, escribió en Le Monde.

Ahora, en la esquina del boulevard Paoli con la calle del general Abbatucci, Albertini señala a izquierda y derecha. “¿Ve este ramo de flores? Un militante nacionalista fue asesinado aquí. Y justo delante murió otro. Y allí murió un tipo de mi edad en 2008. Y en aquella plaza, allí, entre los años 80 y los 2000 hubo cinco o seis muertos. Si subimos por el boulevard Paoli, hay tres o cuatro muertos y dos o tres tentativas de asesinato en 20 años”.

Alguien podría tener la idea de organizar itinerarios turísticos en Bastia, un “murder tour” como se hace en algunas ciudades norteamericanas. No es el momento. ¿Quizá en diez o cincuenta años, cuando la violencia quede atrás? “No”, responde. “En cien años habrá cambiado poco”.

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