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La paradoja de tener un contrato de empleo y no poder trabajar

Ibrahima acabó en un limbo cuando su solicitud de asilo fue denegada: pese a tener un puesto fijo, perdió el derecho a residir en España de manera legal

Ibrahima y Paulo D'Angelo en el restaurante Il tocco giusto da Luigi en la calle Cardenal Cisneros de Madrid.
Ibrahima y Paulo D'Angelo en el restaurante Il tocco giusto da Luigi en la calle Cardenal Cisneros de Madrid. EL PAÍS

El truco está en el licor. Un chorrito de amaretto en el café donde se remojan las galletas da otro sabor al tiramisú. Si se quiere un toque más dulce, hay que añadir un par de gotitas de aroma de vainilla a la crema. Quien comparte sus secretos culinarios no es un chef del norte de Italia, lugar de origen del exitoso postre. El cocinero es el maliense Ibrahima. De 28 años y originario de Tombuctú, descubrió los entresijos de la gastronomía transalpina en el restaurante Il Tocco Giusto da Luigi, en el centro de Madrid. Pese a su rápido aprendizaje e incuestionable talento, su futuro entre los fogones está amenazado. El pasado marzo, España denegó su solicitud de asilo y lo catapultó en un limbo: de la noche a la mañana se convirtió en un sin papeles, aunque tuviera un contrato de trabajo de duración indefinida.

A diferencia de los llamados "migrantes económicos", los solicitantes de asilo están autorizados a trabajar en España transcurridos seis meses desde que han obtenido la tarjeta roja, el documento que les permite residir legalmente una vez que su petición ha sido admitida a trámite. El pedir protección internacional es una de las pocas vías legales para quedarse en el país tras entrar de manera ilegal.

Contratarles no es ni complicado ni costoso. “Es el mismo trámite que se hace con cualquier otro residente extranjero”, confirma Isabel Gómez, abogada especializada en extranjería. La verdadera pega es que un trabajo con contrato y seguridad social no es condición suficiente para que un extranjero no comunitario pueda quedarse legalmente en España. Así, si la petición de asilo no llega a buen fin, los empresarios tienen que dar de baja a sus empleados, que de un solo golpe pierden el puesto y el permiso de residencia.

Ibrahima, quien pide usar un nombre ficticio, llegó a Canarias en patera en 2013. Criado en Costa de Marfil, donde trabajaba de pescador y deja a una mujer y a un hijo, en 2010 volvió a su Malí natal para reunirse con su hermano menor. Huyó por el conflicto armado. “Cuando llegué no entendía nada de español, ¡ni sabía que significaba la palabra asilo!”, cuenta con desenfado en un castellano que todavía necesita ser pulido. Tras un intento fallido de instalarse en Bélgica, empezó a trabajar en Il Tocco Giusto da Luigi en marzo del año pasado a través de la ONG La Merced Migraciones.

The New Arrivals

Cuatro millones de inmigrantes han llegado a España en dos décadas en avión, en patera o saltando la valla. Más de un millón de personas pidieron asilo en Europa en 2016. EL PAÍS cuenta, en un proyecto de 500 días con los diarios The Guardian, Der Spiegel y Le Monde, cómo se adaptan estos nuevos europeos y cómo Europa se adapta a ellos. Una mirada a un fenómeno que está transformando España y el continente

El trabajo es una herramienta clave para que los solicitantes de asilo se integren e independicen de la ayuda pública mientras se resuelve su petición, un trámite que se puede alargar incluso durante años, como en el caso de Ibrahima. Cuando le comunicaron que la resolución había sido negativa, ya llevaba 12 meses trabajando a tiempo completo, perfectamente integrado y con contrato indefinido. Sus empleadores, sin embargo, no están dispuestos a prescindir de él.

“Ha aprendido a hacer las pizzas mejor que yo”, dice con cierto orgullo Paulo D’Angelo, uno de los dueños del restaurante antes de enumerar algunos de los logros que ha conseguido el joven cocinero maliense. “Es el único que sabe hacer pasta fresca de dos colores”, asegura, “y si no sabe cómo preparar un plato, mira rápido los ingredientes en la carta y lo clava”.

La habilidad en la cocina no es la única razón para que D’Angelo quiera quedarse con él. Después de un año juntos, Ibrahima ya se había convertido en una pieza clave del restaurante tanto desde el punto de vista profesional como afectivo. “Para mí son como una familia”, dice el cocinero, quien acaba de solicitar la residencia por arraigo social, un permiso que pueden pedir los migrantes que demuestren haber vivido en España durante tres años consecutivos y hayan recibido una oferta de trabajo de al menos 12 meses. D’Angelo no se lo pensó dos veces y se puso manos a la obra para que Ibrahima pudiera presentar junto al resto de la documentación un nuevo contrato para volver al restaurante. Ahora están ambos a la espera de que el trámite se resuelva para que el maliense pueda seguir preparando su excelente tiramisú.

Aunque la acogida de refugiados responda ante todo a una decisión humanitaria, también puede convertirse en una oportunidad económica si la integración en el mercado laboral se consigue de manera exitosa. Según un estudio elaborado por Philippe Legrain, fundador del think tank OPEN y exconsejero económico del presidente de la Comisión Europea, cada euro que se invierte hoy en atender a refugiados rendirá en cinco años casi dos euros en beneficios económicos.

“Es cierto que hay que distinguir entre PIB y PIB per cápita porque cuando llegan los refugiados también aumenta la población", matiza Thomas Liebig, especialista en migraciones y mercado del trabajo en la OCDE, "pero el aumento inicial del gasto público relacionado con la acogida es ya de por sí un estímulo a la economía”. “Más interesante aún es el impacto fiscal: a corto plazo hay mucho gasto y pocos impuestos, pero entre siete y 10 años después, este desembolso se convierte en ingreso anual”, explica. Según una encuesta llevada a cabo por la OCDE y la Cámara de Comercio de Alemania (país que ha recibido a 1,3 millones de refugiados desde 2015), el 80% de los empresarios que ha contratado a refugiados está contento con ellos y el 75% afirma que no ha tenido ningún problema o muy pocos problemas en la relación laboral.

“Ibrahima nos gustó desde el principio”, asegura D’Angelo. Le conoció gracias a Coral Castellanos, de la ONG La Merced Migraciones, que un día se acercó al restaurante para preguntar si necesitaban a algún empleado. El joven ni siquiera terminó el curso de ayudante de pizzería que estaba asistiendo porque se incorporó en seguida a trabajar.

“El primer día me puse muy nervioso”, confiesa Ibrahima con una sonrisa permanente estampada en la cara. La tensión desapareció rápido. “Me encanta cocinar”, afirma. Castellanos comenta que la situación paradójica en la que se encuentra el joven maliense no es un caso aislado. “Hemos tenido a familias enteras que han acabado en este limbo", manifiesta. La mayoría de las veces, asegura, pierden el trabajo y no llega ninguna oferta de empleo para que puedan regularizar su situación. 

El proyecto The New Arrivals está financiado por el European Journalism Centre con el apoyo de la Fundación Bill & Melinda Gates.

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