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Al Bab: la nueva madre de todas las batallas en Siria

El resultado de la batalla de Al Bab influirá en cómo procede en los próximos meses la campaña para tomar Raqa, la capital siria del ISIS

En su habitual discurso apocalíptico y siguiendo una antigua profecía, el Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) situaba la madre de todas las batallas, la que anunciaría el final de los tiempos en Dabiq, un pequeño pueblo al norte de Siria a tan sólo 20 kilómetros de Turquía. Se equivocó: la localidad fue arrebatada el pasado octubre a los yihadistas en apenas 15 días de lucha por una coalición que conformaban los rebeldes suníes del Ejército Libre Sirio (ELS) y tropas turcas, con el apoyo aéreo de Estados Unidos (EE UU). En cambio, 30 kilómetros más al sur, en Al Bab, se libra otra contienda que sí puede decidir el futuro no sólo del autoproclamado Califato, sino también determinar quién ejercerá el control de buena parte del norte del país. 

Soldados rebeldes sirios, camino de Al Bab, en el norte dle país, el 15 de enero de 2017.
Soldados rebeldes sirios, camino de Al Bab, en el norte dle país, el 15 de enero de 2017. REUTERS

Actualmente, en las batallas de Al Bab y sus alrededores participan tres de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Rusia, EE UU y Reino Unido), Ejércitos regulares de otros tres estados (Siria, Irán y Turquía) y varias organizaciones consideradas terroristas por alguno de los beligerantes: Hezbolá (chií), ELS, las milicias kurdas del YPG y el ISIS.

Cuando Turquía inició su incursión militar en Siria a finales del agosto pasado —con la doble intención de alejar de su frontera al ISIS y cerrar el paso a las milicias kurdas— lo hizo con la intención de que fuese una operación quirúrgica en la que el grueso del combate corriese a cargo de los rebeldes sirios para que el Ejército turco se limitase a proveer cobertura aérea y de artillería. Nada más lejos de la realidad: desde octubre sus fuerzas se han empantanado en Al Bab ante la aguerrida defensa de los yihadistas que han provocado más de 70 bajas en las filas turcas y un número indeterminado en las del ELS. Hasta el pasado 7 de febrero, las fuerzas turco-sirias no pudieron lanzar el asalto final sobre la localidad, que contó con la participación de 2.000 rebeldes y 1.300 militares turcos (más de la mitad pertenecían a fuerzas especiales).

Mapa del norte de Siria con las cuatro facciones que asaltan Al Abab

El pasado viernes, el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas turcas anunciaba que habían roto la resistencia del ISIS y que “la operación [Escudo del Éufrates] había conseguido controlar casi por completo Al Bab”. Sin embargo, el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, con sede en Londres, lo desmentía asegurando que el ISIS aún controla el 90% de la localidad y que los bombardeos turcos habían provocado la muerte de 45 civiles en dos días (según las estimaciones turcas, 10.000 civiles aún residen en Al Bab y el grupo yihadista los utiliza como escudos humanos). “El ISIS se ha mostrado un duro contendiente al que llevará mucho tiempo derrotar. Vencerlo no va a salir gratis, habrá que sacrificar soldados para ello y también morirán civiles”, sostiene Joshua Landis, experto en Siria y profesor en la Universidad de Oklahoma.

Por si fuera poco, en las últimas semanas las tropas del régimen sirio han avanzado desde Alepo hasta rodear Al Bab por el sur e incluso se han producido encontronazos con las fuerzas apoyadas por Turquía. En este marco, Rusia bombardeó el pasado 9 de febrero posiciones turcas matando a tres soldados, en lo que oficialmente fue un “accidente” pero que el diplomático retirado, Unal Çeviköz, considera un “aviso” ruso para que el Gobierno de Ankara —con el que ha estrechado relaciones en los últimos meses— sepa quién manda ahora en la región y no estreche la colaboración con su aliado estadounidense. En los días siguientes, Rusia medió para que Turquía y Siria demarcasen una línea de separación que ninguno de los dos Ejércitos sobrepase.

De ahí la sorpresa de que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, anunciase esta semana que la operación Escudo del Éufrates no se detendrá en Al Bab sino que va a proceder hasta Manbij (más al norte) —actualmente en manos de milicias kurdo-árabes aliadas de EE UU— y posteriormente tomará Raqa, capital siria del ISIS. Algo que a todas luces se antoja exagerado, pues el exmilitar Metin Gurcan considera que para ello sería necesario enviar a Siria “dos brigadas acorazadas y tres mecanizadas, cinco batallones de tanques y dos o tres sistemas de misiles. En total, 6.000 o 7.000 soldados”, explica.

Según Landis, todos estos movimientos forman parte del baile diplomático a varias bandas para situarse en la carrera hacia Raqa, que el nuevo presidente estadounidense, Donald Trump, prometió liberar en pocos meses. Su antecesor, Barack Obama, contaba para ello con las fuerzas kurdas, situadas actualmente a tan solo diez kilómetros de la capital califal. Los kurdos necesitan artillería pesada para quebrar las defensas de la ciudad y exigen que se oficialice su autonomía a cambio de hacerle el trabajo sucio a EE UU. El problema es que ello enfurecería a Turquía, su tradicional aliado en la zona, y a la propia población de Raqa, en su mayoría árabe suní.

La segunda opción para la toma de Raqa es el plan turco. Según escribe el exasesor gubernamental Çetiner Çetin, hay dos variantes: una pasa por atacar desde el norte, a través de Tel Abyad —aunque ello implicaría pasar por territorio kurdo—, y la otra, iniciar una larga marcha a través de los casi 200 kilómetros que la separa de Al Bab, pero para ello debería atravesar líneas controladas por el Ejército regular sirio que, además, según apunta Landis, “parece estar coordinándose con los kurdos para cerrar el paso a los turcos”. Ambas alternativas han sido presentadas al jefe del Estado Mayor de EE UU, Joseph Dunford, de visita este viernes en Turquía, así como al jefe de la CIA, Mike Pompeo, que estuvo en Ankara la semana pasada. En la estrategia sobre Siria, los militares estadounidenses y la agencia de espionaje difieren: los primeros prefieren optar por los kurdos mientras los segundos se decantan por los rebeldes suníes.

Queda, finalmente, la opción de que sean las propias fuerzas del régimen de Bachar el Asad las que retomen Raqa, dejando de lado a EE UU. Moscú está tratando, por tanto, de cautivar a los kurdos mientras media con Turquía, a la que estaría dispuesto a conceder un enclave o zona tapón de mayoría suní a cambio de que se aleje de Washington. En definitiva, un complejo puzle en el que parece difícil encajar todas las piezas.