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La herida racial sangra en Chicago

La ciudad de Obama, uno de los presidentes más progresistas de EE UU, es un símbolo de la fractura del país, por la marginación y el aumento de la desigualdad

Barack Obama, celebra su victorial electoral en Chicago para el Senado en 2004.
Barack Obama, celebra su victorial electoral en Chicago para el Senado en 2004. REUTERS

“Ya viene otro…”, dijo para sí Alvin Love. A mediados de los ochenta, por el despacho de este entonces joven reverendo, solían dejarse ver algunos chicos pidiendo cinco dólares para un bocadillo. Era Chicago, era el duro distrito del South Side, y la primera vez que lo vio, el reverendo creyó que el veinteañero larguirucho que estaba en el umbral de su puerta, llamado Barack Obama, era uno de ellos. “¡Ya viene otro…!’, pensé, me acuerdo perfectamente”, repite Love la anécdota, entre risas. Pero el tipo, un trabajador social que había llegado a la ciudad procedente de Nueva York, estaba allí solo en busca de algo de su tiempo, de conversación. Le pidió 15 minutos, se llevó dos horas.

Dice Love, aún pastor de la Iglesia baptista de Lilydale, que le impresionaba su cascada de preguntas sobre el barrio, sobre la comunidad, su afán por conocer cada detalle. Obama le decía, recuerda el reverendo, que para poder lograr resultados, debía conocer muy bien el terreno. “Yo creo que eso no ha cambiado en él, tiene una actitud muy de activista, de trabajador social, y este fue un buen sitio para empezar. Obama, para mí, sueña a lo grande, pero acepta los logros pequeños, poco a poco, y si trabajas en una comunidad las cosas son un poco así”, opina.

Treinta años después, el padre Love era uno de los asistentes al discurso de despedida de Obama tras ocho años de Gobierno, un acto multitudinario en una ciudad escogida a conciencia: Chicago. Allí admitió amargamente que lo simbólico de su presidencia, la primera de un negro en la historia de Estados Unidos, no había logrado los avances reales en el día a día, no, al menos, a la altura de las expectativas generadas, de aquella ola de Obamanía de 2008. “Después de que yo saliera elegido, se habló de una América posracial. Esa visión, aunque bienintencionada, nunca fue realista. La raza sigue una fuerza potente y divisiva en nuestra sociedad”.

Como si fuera un capricho del guion, tres días después de esas palabras, el departamento de Justicia publicaba un informe demoledor sobre la policía de Chicago, en el que acusaba al cuerpo de una violación sistemática de los derechos civiles y uso excesivo de la violencia dirigido especialmente a negros y latinos. Unos días antes, se había sabido que el número de homicidios había llegado a su máximo en dos décadas, 762, más que Nueva York y Los Ángeles juntas, que cuadruplican su población.

Violencia racial

Que la ciudad de Obama, uno de los presidentes más progresistas de la historia americana, sea una de las más segregadas y de las más violentas, es un buen símbolo de la frustración con la que el demócrata deja la presidencia, marcada en los dos últimos años por brotes de violencia racial (vídeos de disparos policiales contra negros desarmados, por el asesinato de policías por parte de un hombre negro en Dallas…). Que, al mismo tiempo, la metrópolis atraiga tantos negocios, posea tanta cultura y esté en la élite académica mundial, ilustra lo fragmentado de Estados Unidos.

Al centro tomado por rascacielos de infarto, por ese metro elevado que serpentea entre edificios y teatros, le rodean las barriadas desangeladas en las que empezó a trabajar el Barack Obama recién llegado a la ciudad, en junio de 1985. Por la calle de su primer apartamento, un edificio modesto cerca de la zona universitaria, apenas pasea un alma. El propio político ha hablado y escrito con devoción de aquellos años, sin dejarse el detalle de cuando besó por primera vez a Michelle Robinson —“la chica del South Side”, dijo el pasado martes, en su discurso de despedida— frente a una heladería. La historia tiene todos los ingredientes para dibujar al joven Obama activista, idealista, seductor de masas. Pero su actual hogar, en cambio, es una casa imponente protegida a conciencia en un barrio residencial que costó unos dos millones de dólares, según webs inmobiliarias. El Chicago que recuerda al Obama senador y presidente.

Asiaha Butler es impulsora de una agrupación de vecinos de Englewood, una de las zonas más castigadas de la ciudad, cuyas siglas forman la palabra RAGE (Rabia). Tiene un “sentimiento mezclado” cuando se pone a valorar la era Obama en la Casa Blanca. “Ha sido un gran símbolo, son hermosos y para muchos jóvenes de aquí verlos ha sido estimulante, pero al mismo tiempo muchas de sus políticas a quien más han perjudicado ha sido a los pobres y a las minorías, la vivienda, los cierres de escuelas…, el aumento de la desigualdad”, reflexiona Butlet. “Pero tampoco —recalca— se le puede culpar de las tensiones raciales, en ocho años no se puede cambiar ni Chicago, ni tampoco América”.

“Dale diversidad y será el rey del lugar”

Chicago, decía el reportero político Norman Mailer, es la gran ciudad americana. “Nueva York es una de las grandes capitales del mundo y Los Ángeles una constelación de plástico, San Francisco es una dama. Pero Chicago es una gran ciudad americana. Seguramente es la última de las grandes ciudades americanas”, escribió. Era también la ciudad donde un joven como Obama podía dejar huella con más facilidad, en sus centros deportivos, parroquias o escuelas. La formación política de Obama se labró en esos lugares, interrogando y movilizando a la gente, pero sin grandes algaradas. “A Barack le gusta la gente y crea fuerte vínculos”, cuenta Jerry Kellman —un histórico activista que le dio su primer empleo como trabajador social— en The Bridge, la gran obra sobre el ascenso de Obama, de David Remnick. “A diferencia de Nueva York —dice Kellman— allí podía hacerlo, había oportunidad de intimar”. “Se enamoró de la ciudad y en el South Side se encontró en su hábitat”, continúa. “Da diversidad a Obama y se convertirá en el rey de la habitación”.

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