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El acoso a la disidencia crece en las calles de Turquía

La reciente paliza propinada por una multitud a un diseñador contrario a Erdogan ilustra el creciente clima de amedrantamiento

El pasado 2 de enero, tras publicar en las redes sociales un duro alegato contra el Gobierno de Turquía en el que deseaba al país que se “ahogase en su propia mierda”, el diseñador turco Barbaros Sansal fue deportado del norte de Chipre, invadido por Turquía. Pero al aterrizar en Estambul no solo le esperaba la policía para detenerlo, sino también una muchedumbre enfurecida, entre la que había varios empleados del aeropuerto, que le propinó una brutal paliza al grito de “traidor” hasta que los agentes se lo llevaron arrestado (los agresores no han sido encausados). ¿Se trata de un incidente aislado o es un hecho sintomático de la situación que vive el país euroasiático? Desde luego, no es la primera vez que ocurre.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, se dirige a sus seguidores en la provincia de Urfa el pasado 6 de enero.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, se dirige a sus seguidores en la provincia de Urfa el pasado 6 de enero. AP

En los últimos dos años, al calor del recrudecimiento del conflicto entre Ankara y el grupo armado PKK, decenas de negocios regentados por kurdos y sedes de partidos políticos han sido atacados y varios ciudadanos de esa etnia han sido objeto de intentos de linchamiento por parte de grupos nacionalistas. También han vivido situaciones parecidas periodistas y medios críticos e incluso un inmigrante turkmeno en quien varios estambulíes creyeron reconocer al autor de la masacre de Nochevieja en el club Reina.

“Es un reflejo del estado mental en que se encuentra la sociedad turca, conmocionada por las experiencias traumáticas vividas durante el último año y que busca a un chivo expiatorio”, sostiene Zafer Yörük, experto en psicología social y profesor de Comunicación en la Universidad Económica de Esmirna: “Se ve reforzado por un discurso gubernamental muy emocional, que carece de argumentaciones racionales y se basa en demonizar a las diferentes identidades que en cada momento considera su enemigo, sean los que protestaban en Gezi, los gülenistas, los kurdos o los periodistas críticos”.

En los medios progubernamentales, de hecho, son constantes las campañas de difamación, muchas de ellas basadas en burdas teorías conspirativas pero que poco a poco van calando en la sociedad. Por ejemplo, que el atentado de Nochevieja en Estambul -asumido por el ISIS- fue en realidad ideado por una periodista turca a sueldo de la CIA o que los cocineros extranjeros que participan en programas de la televisión turca son en realidad espías. Incluso cargos públicos, como el alcalde de Ankara, Melih Gökçek, han participado en estos linchamientos mediáticos y el primer edil de la capital justificó el ataque al diseñador Barbaros Sansal:“La nación turca reaccionó contra él cuando salía del avión. ¡No irrites a la gente, Barbaros!”.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, lleva años llamando a sus seguidores, a los muhtar (representantes de barrio) e incluso a los tenderos a vigilar las calles contra los “enemigos de la patria”. Y muchos de ellos se sienten responsables de defender al Gobierno, más aún desde que su resistencia en las calles impidió el golpe de Estado del pasado julio. “Tras el golpe de Estado se notó un cambio de actitud de los islamistas. Se comportan de forma más resoluta y más seguros de sí mismos, sintiéndose los dueños de la calle”, asegura una joven turca contraria al Gobierno que prefiere no dar su nombre.

En 2010, cuando el Ejecutivo de Erdogan y su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) aún se aferraban a las reformas democratizadoras y a la adhesión a la UE, la avenida Istiklal de Estambul era un colorido manifestódromo donde cada hora se veía desfilar una protesta diferente (feministas, comités de empresa, ecologistas, nacionalistas kurdos, nacionalistas turcos...), todo lo contrario que en la actualidad, cuando prácticamente solo se permiten las manifestaciones islamistas. “La calle en Turquía siempre ha estado muy fragmentada, pero ahora la derecha y los islamistas se siente más confiados y son más visibles porque saben que tienen el respaldo del Gobierno”, opina el historiador estadounidense Ryan Gingeras, experto en Turquía.

Con todo, la base movilizada del AKP ha cambiado con el tiempo. Si antaño estaba liderada por familias moderadamente conservadores; ahora quienes ocupan las calles en su nombre son islamistas de largas barbas y combativos ultranacionalistas que hace una década apoyaban a pequeñas formaciones extraparlamentarias hoy fagocitadas por el partido de Erdogan. “El AKP es un partido catch-alI y por tanto, en cada momento se dirige a un segmento social diferente, a veces a los liberales, a veces a los kurdos, a veces a los conservadores, y ahora ha apostado por una retórica nacionalista barata”, analiza una periodista de un medio progubernamental que pide el anonimato.

Aunque no se trata de los grupos que auparon al poder a Erdogan a inicio de la pasada década, sí que están siendo claves para imponer una nueva hegemonía política –en el sentido gramsciano- en este momento de transición en que se comienza a dibujar un nuevo orden, en este caso el cambio hacia un sistema presidencialista. “El régimen está cambiando, se está convirtiendo en más personalista y centralizado. Pero aún es difícil decir si se tratará solo de un cambio institucional, o también cultural e ideológico”, apunta Gingeras.

Lo que no es nuevo es el agitar a las masas contra enemigos reales e inventados, pues según mantiene el pensador turco Tanil Bora en uno de sus libros, en Turquía existe un “régimen del linchamiento” y la tolerancia de los Gobiernos hacia este tipo de actos sugiere una “constante” y, a la postre, una “oficialización” de esta práctica. Algo que no le resta peligro, de acuerdo con el profesor Yoruk: “Se puede manipular y excitar a las masas, pero, una vez movilizadas, resulta imposible controlarlas por completo. El comportamiento de grupo responde a su propia psicología. Así que los resultados pueden no ser los deseados y nadie puede garantizar que no vaya a haber más ataques”.

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