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El embajador de Reino Unido en la UE dimite a pocas semanas de la activación del ‘Brexit’

Ivan Rogers era el representante británico que iba a guiar la salida de Londres de la Unión Europea

Ivan Rogers, a la derecha, junto al ex primer ministro británico, David Cameron, en una imagen tomada en junio de 2016.
Ivan Rogers, a la derecha, junto al ex primer ministro británico, David Cameron, en una imagen tomada en junio de 2016. Reuters

No hay táctica. No hay estrategia. Y sigue la voladura sin control de todos los puentes con Europa. La precaria posición negociadora de Theresa May en Bruselas, que contradice su pretensión de zanjar el Brexit en dos años con un pacto beneficioso para ambas partes, se evidenció ayer con la dimisión inesperada de Ivan Rogers, embajador británico ante la UE. Rogers ha advertido una y otra vez que se avecina un Brexit duro. Su marcha revela hasta qué punto el entorno de May prefiere hacer oídos sordos a las verdades del barquero de la realpolitik.

Sin un plan definido medio año después de la sorpresa del Brexit, Reino Unido da la sensación de haberse convertido en una especie de camarote de los Hermanos Marx. El gesto de Rogers, uno de los altos funcionarios británicos con más experiencia en los entresijos de la UE, complica más las cosas al Gobierno de Theresa May, que sigue proclamando la consigna filopopulista “Brexit es Brexit” jaleada por los tabloides, pero sin aclarar qué demonios quiere. Se sabe que May pretende limitar la libre circulación de personas. Y poco más: Rogers era uno de los contados asesores que le dejaba claro que, con esos mimbres, la negociación para un acuerdo con Bruselas será dura. Sin libre circulación no puede haber acceso al mercado único.

El shock inicial en Downing Street fue palpable. El Ejecutivo británico tardó en reaccionar a la dimisión: un portavoz del Gobierno se limitó a asegurar, horas después de que circulara la noticia, que la salida de Rogers obedece a la posibilidad de “permitir que su sucesor sea nombrado antes de que Reino Unido notifique la salida de la UE, a finales de marzo”. Esa versión resulta poco creíble: Londres se queda sin altos funcionarios con experiencia para pilotar el pulso que se avecina.

El Brexit ha provocado un extraño consenso en Bruselas, que se resume en dos frases: no habrá ningún tupo de negociación mientras no se notifique la salida (lo que deja a Londres en posición de debilidad) y no puede haber acceso al mercado único sin respetar la libre circulación de personas. Frente al bloque monolítico en el que se ha convertido Europa en ese asunto —una rareza en tiempos de profundas fracturas entre los socios—, Londres apenas ha dicho esta boca es mía. May se ha visto orillada en varias cumbres. Sigue sin dejar claro qué quiere, ni cómo va a conseguirlo. Y la dimisión de su embajador añade incertidumbre a la posición británica a menos de tres meses del inicio de las negociaciones.

El Brexit es un desafío formidable para una UE en plena “crisis existencial”, según la definición del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. A esa debilidad, Londres ha respondido con más debilidad: al otro lado del Canal, las vacilaciones son aún mayores. May está obligada a aclarar sus planes este mismo mes. El Supremo debe decidir en apenas unas semanas sobre las condiciones de la notificación de la salida de la UE, con los diputados británicos muy divididos acerca de los plazos y, sobre todo, las condiciones del Brexit. El calendario electoral europeo —Holanda, Francia, Alemania— podría ayudar a May si la extrema derecha sigue al alza y consigue endurecer las políticas migratorias, pero en todos esos países sigue siendo improbable una sorpresa populista. Y en medio de ese horizonte grisáceo, se acumulan los reveses: la desaceleración se dejará sentir en 2017, según el consenso de los analistas, y los bancos empiezan a anunciar sus planes para abandonar —parcialmente— la City de Londres. Bruselas no dio ayer una respuesta oficial a la salida del embajador, pero se frota las manos: la posición británica en la mesa de negociación se debilita, según fuentes tanto europeas como británicas.

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