Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
ANÁLISIS

El botón nuclear, al alcance de Trump

El nuevo presidente tendrá la capacidad de desencadenar un ataque masivo

Imagen del primer ensayo termonuclear, el 31 de octubre de 1952.
Imagen del primer ensayo termonuclear, el 31 de octubre de 1952. Getty Images

El vendaval que Trump ha levantado todavía no ha alcanzado a la almendra del poder, el elemento definitorio de la inmensa capacidad de destrucción que tiene el presidente de Estados Unidos en sus manos. Su símbolo es una simple cartera con las instrucciones, objetivos y códigos para lanzar un ataque masivo nuclear. Un militar uniformado le seguirá, siempre con la maleta de emergencia en la mano, allí adonde vaya durante los cuatro años de su presidencia a partir del 20 de enero, para que en cualquier momento pueda ordenar el disparo de alguna o de todas las 900 ojivas nucleares actualmente activadas para su lanzamiento, una decisión que es de su exclusiva y personal responsabilidad.

La preocupación surgió ya durante la campaña electoral, cuando Trump demostró su extrema ignorancia sobre la materia. Trump no sabía, por ejemplo, qué era la doctrina del primer disparo nuclear, por la que el poseedor de este tipo de armamento se reserva el derecho a usar el arma atómica en caso de una agresión convencional o incluso de forma meramente preventiva, en vez de limitar su uso a la defensa ante un ataque nuclear previo.

La ignorancia de un presidente electo no es un problema. Una vez en la Casa Blanca, todo se puede aprender. Sobre todo si cuenta con asesores fiables y competentes. El problema se plantea cuando el presidente tiene un carácter caprichoso y nombra colaboradores que son poco de fiar. Este es el caso de Trump: cuando el primer ministro japonés, Shinzo Abe, salió de la Torre Trump de Nueva York el pasado 17 de noviembre, tras la primera entrevista del presidente electo con un mandatario extranjero, uno de sus colaboradores le dijo que no se preocupara por el tenor literal de sus palabras, puesto que lo que contaban eran las de los asesores.

Las declaraciones y programas de la nueva Administración son la señal de salida para una nueva carrera de armamentos, con proliferación incluida

No es un consuelo, porque algunos asesores, y nada menos que su consejero nacional de Seguridad, el general retirado Michael Flynn, es tan poco de fiar como el propio Trump. Además de su islamofobia y de sus simpatías por Putin, Flynn se ha expresado en contra del único avance sustancial que ha realizado Obama en la política de no proliferación nuclear, como es el acuerdo firmado con Irán. Si los enemigos del acuerdo consiguieran anularlo, cosa realmente difícil por su carácter multilateral, darían luz verde a los halcones iraníes para reemprender el programa de fabricación de la bomba y sería un estímulo a la proliferación en la región. Pues bien, este personaje tendrá un papel de primer orden en el equipo de emergencia de la Casa Blanca y pudiera convertirse incluso en el coordinador del arma nuclear, como ya lo han sido otros antecesores suyos en el cargo.

Hay dos situaciones especialmente difíciles para un presidente de Estados Unidos. La primera es una circunstancia que pudiera conducir a la realización del primer disparo nuclear. Obama ha efectuado tanteos para renunciar durante su mandato al derecho a golpear primero, como han hecho ya otros países. En prevención a las locuras de Trump, dos congresistas elaboraron en septiembre una proposición de ley que exige la autorización parlamentaria para la realización del primer disparo nuclear sin ataque previo. No está claro que el Congreso llegue a aprobarla, pero si lo hiciera no resolvería el problema del carácter imprevisible del nuevo presidente.

Las erráticas declaraciones de Trump pueden significar una cosa y la contraria. Su amenaza de golpear al Estado Islámico con armas nucleares, proferida durante la campaña electoral, sería un caso de primer disparo —el tercero en la historia después de las dos bombas de Hiroshima y Nagasaki, lanzadas por el presidente Truman—, con un considerable potencial de provocar respuestas nucleares. Su sugerencia durante la campaña de que Corea del Sur y Japón se doten de sus respectivas bombas en vez de seguir bajo cobertura estadounidense cuadraría con la doctrina de no utilizar el primer disparo más que en caso de un ataque a territorio estadounidense.

De las numerosas declaraciones de Trump se deduce que tampoco le interesa la política de no proliferación nuclear, algo que en su caso viene agravado por las ideas extremistas de buen número de sus colaboradores, hostiles a las negociaciones multilaterales —de las que el TNP es uno de los casos más exitosos— y favorables en cambio a las exhibiciones de poderío militar estadounidense, al aumento del gasto militar por principio y al incremento del arsenal nuclear hasta obtener un desfase insuperable por parte de la siguiente potencia, que es Rusia.

Proliferación nuclear

El presidente electo hizo el jueves uno de sus característicos tuits defendiendo la ampliación y refuerzo del arsenal estadounidense, en lo que constituye un auténtico llamamiento al rearme. Desde la Heritage Foundation, uno de los think tanks de la derecha, se le propone que se retire del acuerdo New Start (New Start Strategic Arms Reduction), firmado en el año 2010 con Rusia; del Tratado INF (Intermediate Range Nuclear Forces) de 1987 y que no se ratifique el acuerdo de prohibición total de pruebas nucleares CTBT (Comprehensive Nuclear Test Ban Treaty) aprobado en 1996 por Naciones Unidas, pero que todavía no ha entrado en vigor a falta de las ratificaciones mínimas.

La segunda situación crítica con la que se puede encontrar un presidente es la eventualidad de ordenar un ataque nuclear masivo en respuesta a un ataque nuclear que ya ha empezado —es decir, que los cohetes están ya en vuelo hacia territorio de Estados Unidos o de sus aliados— aunque todavía no se han alcanzado los objetivos. Tal situación, que podría darse si Corea del Norte consiguiera fabricar misiles nucleares de largo alcance, da pie a una circunstancia muy difícil, denominada "tira o pierde", en la que el presidente debe accionar todos los misiles en tierra para evitar que el ataque ya en marcha los destruya y se desequilibre así la guerra nuclear en favor del enemigo. Una situación como esta exige realizar consultas, verificar bien los datos y tomar las decisiones en menos de 30 minutos, una circunstancia que es para echarse a temblar, a la vista de las ideas y el carácter de Trump y de buen número de sus colaboradores.

La presidencia de Donald Trump es, ante todo, una promesa de revisión de las alianzas y de las doctrinas en política exterior y en defensa construidas a lo largo de los últimos 70 años, desde la victoria aliada sobre el nazismo y gracias al desenlace de la Guerra Fría en favor de Estados Unidos. La pieza más sustancial de esta historia de siete décadas para los europeos es la relación trans­atlántica, con la garantía que significa la cobertura del arsenal nuclear defensivo sobre Europa, a cargo de la OTAN pero garantizado por Washington. Nada se conoce por el momento de las ideas del nuevo equipo presidencial, pero de momento tanto en la sede central de la OTAN en Bruselas como en las principales capitales europeas cunde la preocupación ante la eventualidad de que Trump piense en algún momento en retirar el paraguas que protege ahora a los europeos.

Más información