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REPORTAJE

Hijas de los malditos Grandes Lagos

La violencia sexual, el estigma del VIH o la alta mortalidad materna aprisionan el desarrollo de las mujeres en Burundi, el pequeño gran olvidado de África Central

Un grupo de mujeres aguardan con sus bebés en el centro clínico de Mutumba, en el área de VIH. La prevención y sensibilización sobre el VIH es fundamental para evitar la transmisión de madre a niño. Burundi es un país de niños con unas tasas de fertilidad de más de seis niños por mujer.
Un grupo de mujeres aguardan con sus bebés en el centro clínico de Mutumba, en el área de VIH. La prevención y sensibilización sobre el VIH es fundamental para evitar la transmisión de madre a niño. Burundi es un país de niños con unas tasas de fertilidad de más de seis niños por mujer. ANA MUÑOZ (UNICEF)

Josepha Habonimana tiene 35 años, siete hijos y VIH. Y eso en Burundi supone lo que supone: marginación, rechazo, abandono, miseria. Pero a Josepha no le cabe la sonrisa en la cara. Tiene, sí, VIH, muchos hijos sin padre, pero también juventud, algo con lo que ganarse el dinero y, por cierto, tres cabras. Esta es su historia, cara y cruz de este pequeño y precioso país de los Grandes Lagos: cuando sus vecinos del pueblo de Mutumba se enteraron de que tenía VIH le dieron efectivamente de lado. El virus es una suerte de maldición bíblica si no hay educación de por medio. El pedazo de tierra que cultivaba no era suficiente para dar de comer a sus hijos y cayó en la desesperación. Por su pequeña choza, en las montañas que rodean la capital, Bujumbura, se pasó la hermana Philoteé Nduwamungu, que trabaja en un centro de salud cercano. Le propuso aprender un nuevo oficio, la fabricación de jabón, y Josepha aceptó. Empezó a ganar algo de dinero y ahí que llegaron las tres cabras. Se cierra el círculo: "Ahora mis vecinos ven el VIH como una enfermedad más", dice la joven burundesa sin esconder un ápice de orgullo.

El círculo es fácil de contar, pero difícil de trazar. La habitual estigmatización que acompaña al VIH es sin duda mayor en un país como Burundi, a la cola en desarrollo (puesto 184 de 188, según el Índice de Desarrollo Humano), con una población asentada en el campo, dependiente el 90% de una agricultura de subsistencia, sin salida al mar, maniatado en las exportaciones, y deficiente en educación, pese a su gratuidad. Con esos mimbres y siendo mujer, lo primero que se puede encontrar alguien como Joshepa es un portazo. "Cuando pedía agua o comida", relata junto a un pequeño castillo de jabones, "cuando les decía buenos días o me acercaba a ellos, ni me respondían". Tenían que ver que eso que se rumoreaba sobre Josepha era algo normal. Y lo vieron gracias en gran medida al proyecto que le presentó un día la hermana Philoteé, con el sostén de Unicef, agencia de la ONU para la infancia. La joven gana al mes con su pequeña empresa alrededor de 45.000 francos burundeses, unos 26 euros (8 de cada 10 burundeses sobrevive con menos de 1,20 euros al día). Los que compran son los vecinos.

El estigma se cruza fácil en el camino de las mujeres de Burundi, un país no exento de contrastes. La Constitución de 2005 impone que el Parlamento y el Gobierno tengan al menos un 30% de mujeres, una cuota nada habitual, aunque familiar en la región -la vecina Ruanda tiene más mujeres parlamentarias que hombres-. Se tiende a la paridad política. Las burundesas, además, lideran a través de grupos locales de solidaridad grandes iniciativas de reconciliación en el país, que anteayer vivió una cruenta guerra civil (1993-2005). Son ellas también las que se echan a la espalda gran parte de esa agricultura tan esencial.

Pero no por todo eso, el Burundi macho levanta el pie. Sirva de ejemplo dramático la última crisis violenta: el anuncio, en abril de 2015, del presidente Pierre Nkurunziza de optar a un tercer mandato levantó a sectores de la oposición, que salió a las calles. Unas 700 personas murieron en enfrentamientos; más de 300.000 (un 3% de la población) dejaron el país, niños y mujeres en gran medida. Pronto, relatores de la ONU denunciaron algo que les parecía muy preocupante: las violaciones en grupo de mujeres, en muchas ocasiones atendiendo a su etnia -el 85% de la población es hutu, frente a un 14% tutsi-. De nuevo la etnia como una pequeña maldición utilizada al antojo de grupos armados.

La violencia contra las adolescentes y la explotación sexual son dos de los lastres con los que carga la infancia en Burundi. Un programa en Bujumbura, en la capital del país, enseña a las jóvenes, muchas de ellas madres repudiadas, a cocinar a través de la teoría y la práctica. El objetivo: acercarlas al mercado laboral para romper con su estigma.
La violencia contra las adolescentes y la explotación sexual son dos de los lastres con los que carga la infancia en Burundi. Un programa en Bujumbura, en la capital del país, enseña a las jóvenes, muchas de ellas madres repudiadas, a cocinar a través de la teoría y la práctica. El objetivo: acercarlas al mercado laboral para romper con su estigma. ANA MUÑOZ (UNICEF)

Etnia al margen, la violación es habitual y los culpables no siempre son adultos. Preguntados los responsables de un centro de reeducación de menores (15-17 años), en la provincia de Rumonge, cuáles son los delitos más habituales de los chavales, la violación está entre ellos.

Y si los interrogados son trabajadores de organizaciones humanitarias en el terreno, su análisis sobre el lastre para los mujeres no se queda ahí. Los problemas: las violaciones y la explotación sexual. En Bujumbura, en línea con la orilla del majestuoso lago Tanganika, en dos aulas sin pared exterior, cocina Evelyne Shurweryimana. Tiene 17 años, es huérfana y cuenta ya dos hijos. Habla con ganas de hablar, con las cejas perfiladas y un velo que le cubre el cabello. Fue trabajadora sexual; lo dice sin tapujos pese a que por allí no sea muy popular. "Antes no sabía hacer nada", dice Evelyne. Ahora aprende a cocinar, con el apoyo de Unicef y la organización SOJPAE-Burundi. Ella misma enumera: "Sé hacer la salsa provenzana, la vinagreta con mayonesa, con mostaza...". El pasado, pasado queda. ¿Y ahora? "Ha cambiado mi estilo de vida", cuenta Evelyne, "sería capaz de asociarme para trabajar en un restaurante". Esa es la idea.

La explotación sexual se agudiza como lo hace la profundidad de la crisis económica -mayor si cabe- dejada tras los choques violentos de 2015. Y en muchas ocasiones va precedida del abandono o la violencia. La ecuación podría ser: violación, embarazo, abandono y explotación. Una mujer embarazada al margen del matrimonio no está bien vista y la exclusión empieza en la propia familia. Lo suyo es tener cuanto más hijos mejor (el promedio es de seis por mujer, según cifras de la ONU) y dentro del matrimonio. La otra cara de la moneda se llama mortalidad: 7.000 mujeres mueren cada año en el parto o por problemas relacionados con el embarazo.

Stessy Nsengimama tiene a sus 19 años tres pequeños, uno de ellos recién nacido. Su negocio, con el que ha dejado atrás la prostitución, va de cerdos. Forma parte junto a otras 35 mujeres de una cooperativa de explotación porcina, apoyada también por SOJPAE. Aunque por allí rondan un par de mozos, es por y para ellas. "Vivía de la prostitución", dice Stessy, "pero con este proyecto ya no lo hago". Y continúa: "Ha cambiado mi vida porque con esta asociación que hemos creado nos podemos alimentar". Un cambio, pero aún queda. Stessy coge en brazos a su hijo más pequeño. Se cayó y tiene la boca destrozada. No está bien. ¿Por qué no compró las medicinas que le recetaron? Porque sin certificado de nacimiento no se las darían. Y, ¿por qué no fue a por el certificado? Nadie se podría haber hecho cargo de sus otros dos niños. Otro círculo, este perverso, del pequeño gran olvidado Burundi.