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Cuando el Nobel pasa otra vez de largo por casa de Svetlana

La corresponsal en Moscú relata como ha sido la mañana con Gánnushkina, una activista por los derechos de los inmigrantes y varias veces candidata al galardón

Svetlana Gánnushkina, durante una entrevista en su casa de Moscú, en octubre de 2011.
Svetlana Gánnushkina, durante una entrevista en su casa de Moscú, en octubre de 2011.

“El premio se lo merece Angela Merkel, porque ella es la única líder europea que comprende el drama de los emigrantes”. El jueves, Svetlana Gánnushkina comentaba así a esta corresponsal las incógnitas en liza sobre la concesión del Nobel de la Paz en Oslo. Desde hace varios años, Gánnushkina es ella misma una de las aspirantes al galardón por su trabajo en defensa de los inmigrantes y cada otoño, en el día señalado, voy a su casa por la mañana y, mientras desayunamos, le hago una entrevista que podríamos calificar de “preventiva”. Me temo que si alguna vez le dan el premio me llevará un tiempo encontrar esas entrevistas que se acumulan en mi archivo de grabaciones.

“Jamás me perdonaría que este año fueras la premiada y no estar allí contigo para celebrarlo”. “Voy a estar en el trabajo”, dice, “y va a ser un desbarajuste, porque hay un montón de corresponsales japoneses que estarán allí con sus cámaras”.

Matemática de profesión, Gánnushkina nació en 1942 en una culta familia rusa (su abuelo fue un famoso psiquiatra). En 1990 fue una de las cofundadoras del comité Ayuda Cívica, la primera organización de derechos humanos dedicada a ayudar a los emigrantes y refugiados. Fue cofundadora de la organización Memorial en 1991 y en el marco de esta entidad organizó en 1996 la red “Migración y Derecho”. También fue miembro del Comité de Derechos Humanos y desarrollo de la sociedad cívica, adjunto al presidente de Rusia, una entidad que abandonó para dedicarse de lleno a su trabajo de ayuda a los emigrantes y refugiados.

La capacidad de Gánnushkina de afirmar las cualidades positivas del género humano desafía cualquiera de los clichés habidos y por haber. Su optimismo —transparente e ilusionado— es una cualidad preciosa en este otoño cargado de presagios siniestros sobre el futuro del mundo. El título de su libro autobiográfico publicado en alemán, También nosotros somos Rusia, dice mucho sobre lo que Gánnushkina representa: en esencia, esas virtudes que muchos han olvidado ahora que “los rusos” son etiquetados y empaquetados en el mismo envoltorio con los que, de forma monopolista, aseguran representarlos.

La sede del Comité de Ayuda Cívica, la ONG que Gánnushkina preside, está algo apartado del centro y allí confluyen riadas de emigrantes desvalidos, en tránsito entre múltiples tragedias (en el Cáucaso, en Afganistán, en Siria, en Irán, en África) y una única esperanza, la de ponerse a salvo junto con sus familias.

Antes de meterme en un taxi compro una botella de champaña. Al llegar ya están allí los japoneses con sus cámaras y otros corresponsales internacionales. Mientras esperamos, Gánnushkina explica que los jueces rusos suelen fallar a favor de la deportación de los inmigrantes incluso cuando estos tienen la razón, porque los jueces, como reconoció el jefe del Gobierno, Dmitri Medvédev, tienen problemas para dictar sentencias absolutorias debido a sus vínculos con los fiscales.

Se acerca la hora decisiva. A petición de los presentes, Gánnushkina aborda el tema de los refugiados. Un total de 311.000 ciudadanos de Ucrania y otras 3.000 personas de diversas nacionalidades tienen asilo temporal en Rusia. El asilo temporal da derecho a trabajar y tiene validez de un año, tras el cual debe solicitarse su prolongación. “Las autoridades tienen tendencia a no prolongarlo”, puntualiza la activista. Rusia reparte a cuentagotas el estatus de refugiado político, del que disfrutan 770 personas, según los datos manejados por Gánnushkina. En este último contingente de refugiado político hay 300 ucranianos, “sobre todo miembros de la Fiscalía y de los cuerpos de intervención especial de Ucrania”, 300 afganos y dos sirios, dice la activista.

Rusia reparte a cuentagotas el estatus de refugiado político, del que disfrutan 770 personas. Solo dos de ellas son sirias.

Si, han leído bien: dos sirios.

Nos cuenta Gánnushkina que, según sus cálculos, en Rusia residen unos 10.000 sirios, de los cuales 1.000 tienen estatus de asilo temporal, otros 2.000 estatus de residente y entre 6.000 y 7.000 ningún estatus.

Por fin anuncian el premio: El presidente de Colombia. “Que Dios le proteja”, exclama Gánnushkina, y después articula un deseo, el de que “todos los que nos apoyan recojan dinero para nuestro trabajo, porque necesitamos poder construir un refugio”.

“Acaban de venir tres personas de un país musulmán, no diré cuál. Se han convertido al cristianismo y no sabemos adonde los vamos a mandar. Arrendamos un piso muy pequeño y allí ya tenemos a varias mujeres embarazadas que esperan reunirse con sus maridos en Europa y eso es todo lo que podemos ofrecerles”, dice.

Los cámaras recogen sus trípodes y guardan sus artilugios.

Ya veo. Han perdido el interés por mí”, exclama Gánnushkina comprensiva.

En la puerta de salida, los periodistas huidizos tropiezan con una graciosa y negrísima niña, que luce múltiples trenzas en la cabeza. Pasan de largo frente a los despachos del Comité de Ayuda Cívica desde donde los miran rostros de todos los colores.

Los colaboradores de Gánnushkina están desilusionados: “El presidente de Colombia seguramente no necesita el dinero tanto como nosotros”.

Vamos a la cocina a bebernos el champaña, pero en la cocina está el técnico arreglando la puerta del horno. El técnico, con aire de profesor, toma medidas que apunta en una libreta. “Si le llegan a dar el premio a Svetlana Alexéievna, usted podría contar que estaba arreglándole el horno cuando anunciaron el galardón”. El técnico sonríe por primera vez, se ofrece voluntario para descorchar la botella, pero declina la invitación. “No, yo no bebo, ni fumo, pero me alegra hacer algo por las mujeres”. Bebemos “a cuenta del año próximo”.

Dotada de una extraordinaria capacidad de trabajo, Gánnushkina ha viajado reiteradamente por el Cáucaso y ha redactado informes sobre la situación de la comunidad chechena en Rusia. En las últimas elecciones parlamentarias, el pasado 18 de septiembre, la activista compitió por un escaño en la república de Chechenia, en las listas del partido Yábloko. Como candidata desafió al líder local, Ramzán Kadirov, quien ganó las elecciones, oficialmente con un resultado próximo al 99%. Para que no quede duda de quien manda allí.