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ANÁLISIS

La segunda conjura contra América

Trump resucita la doctrina aislacionista de Lindbergh y se coloca en el umbral de la Casa Blanca

Donald Trump, este jueves en Cleveland.
Donald Trump, este jueves en Cleveland. REUTERS

Tiene pendiente Philip Roth escribir la segunda parte de "La conjura contra América". Se ha retirado de las letras, es verdad, el escritor de Newark pero acaso estimule su reaparición la hipótesis de que Donald Trump se presente en la Casa Blanca.

Y conviene familiarizarse con la idea. No ya porque ha accedido a la finalísima desde su onanismo providencial -"Yo soy vuestra voz", proclamó ayer- , sino porque beneficia su candidatura la inercia de la psicosis y de la sugestión. Cualquier atentado, cualquier crisis migratoria, cualquier incertidumbre económica, se convierten en actos de campaña y refuerzan la impostura del sheriff que asegura la ley y el orden.

Piensa uno en la incredulidad de Philip Roth, sobre todo porque la distopía que escribió en 2004 recreaba la posibilidad de que Charles H. Lindbergh hubiera conquistado la Casa Blanca en lugar de Roosevelt. Y que lo hubiera hecho en el contexto de una conspiración trasatlántica urdida por el propio Hitler.

Toda comparación entre Lindbergh y Trump exige excluir la adulteración del nazismo y matizar el ejercicio literario de Roth, pero fue el propio magnate americano quien hizo inevitable la correlación cuando mencionó anoche la alegoría de “América Primero”. Que no es tanto un ejercicio de etnocentrismo como una alusión explícita al criterio geopolítico de Charles H. Lindbergh. Y no como personaje de ficción, sino como valedor de una doctrina aislacionista que respaldaron otros prohombres americanos -Henry Ford, más que nadie- no exactamente por razones de pacifismo, sino porque Hitler deseaba evitar que se le abrieran nuevos e impredecibles frentes militares.

“América Primero” quiere decir que el modelo de Trump consiste en el ensimismamiento. Y en el intervencionismo hacia dentro, no hacia fuera. De hecho, muchas de las críticas que han sobrevenido de los medios republicanos no estriban tanto en los aspectos estrafalarios del personaje como en su concepción de un Estado provisto de grandes atribuciones, aunque sea blasfemando sobre la memoria ultraliberal de Ronald Reagan -”El gobierno no puede resolver el problema. El problema es el gobierno”, decía el presidente republicano-, abjurando del individualismo con que la cultura norteamericana interpreta la ecuación del mérito, la recompensa y el libre albedrío. Trump, como Lindbergh en la novela de Roth, quiere multiplicar sus facultades y sus poderes. Entre otras razones para despejar las alarmas que él mismo ha creado exagerando las amenazas del terrorismo, la inmigración ilegal y la casta maldita de los musulmanes.

Trump ha logrado la cohesión desde el miedo. Ha conseguido que sus compatriotas lo perciban como un timonel más filantrópico que excéntrico. No necesita el dinero. E igual que Berlusconi, aspira a demostrar que su éxito en los negocios predispone la victoria de su política. O de la antipolítica, toda vez que la fórmula ganadora del magnate consiste en haber sobrepasado el paradigma republicano y en haberse arraigado en los confines del antiestablishment, de forma que su plan de rescate puede convencer a los demócratas que recelan del apellido Clinton. Y obtener ese 57% de consenso electoral que Roth otorga a Lindbergh en su distopía.