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Viaje a la zona cero del ‘Brexit’

La ciudad inglesa de Thurrock concentra todos los factores que alimentan el deseo de muchos británicos de alejarse de Europa. La llegada de inmigrantes del Este es el mayor de ellos

El nuevo alcalde londinense, Sadiq Khan, y el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg, este jueves en Londres. Ampliar foto
El nuevo alcalde londinense, Sadiq Khan, y el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg, este jueves en Londres. AP

"Cualquier lugar tiene unos límites", dice Joanna, una enfermera en prácticas de Turrock. "Es difícil hacer sitio a todos. La inmigración tiene consecuencias para la sanidad y la educación. El colegio de mi hijo está abarrotado, y me dan pena los niños". En este lugar en el que Isabel I gritó desafiante contra la Armada Invencible y en el que hoy se imprime el Daily Mail, este tipo de comentarios es frecuente.

Estoy en la zona cero del UKIP, el distrito en el que obtuvieron más votos en las elecciones generales de 2015 y un gran aumento de popularidad en las elecciones locales de este mes. Lo único que sorprende de Joanna es que no es la típica partidaria del UKIP: nació en Polonia, y no vino a este país hasta 2008.

Porque Turrock no es solo el corazón del Brexit. Es una ciudad llena de europeos que cuentan con el aprecio de los nativos. Las conversaciones hacen aflorar la incómoda tensión entre la crispación generalizada con la Unión Europea y el reconocimiento de que los europeos que viven aquí cumplen un papel importante.

El doctor Jean-Michel Wendorff es uno de los dos socios del Dell Medical Centre. Su historia encarna la reconciliación europea. Su madre es francesa y su padre, alemán ("Mis abuelos lucharon uno contra otro en la guerra"), y conoció a su esposa, polaca, cuando era niño y participó en el primer intercambio escolar entre el bloque occidental y el oriental durante la guerra fría. Después de estudiar en diversos continentes y viajar juntos por Asia durante tres años, decidieron establecerse en el Reino Unido. Hace dos años adquirieron la nacionalidad británica, y a sus dos hijos les han enseñado cuatro idiomas: polaco, alemán, francés e inglés.

¿Y cómo se vive esta consagración de la europeidad en una ciudad euroescéptica? Wendorff dice en tono jocoso que la mayoría de la gente no se atreve a insultar a su médico mientras le está atendiendo, pero después afirma: "No existe ningún sentimiento negativo [sobre mi origen], sino una discusión franca". Dice que incluso ha tenido conversaciones interesantes con algunos de sus pacientes de más edad sobre la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué cree que pasaría en el Servicio Nacional de Salud británico (NHS en sus siglas en inglés) si se fueran los profesionales de otros Estados miembros de la UE? "Está ya a punto de derrumbarse, de modo que, si se fuera entre el 5 y el 10% de su personal, se vendría abajo. Ya tiene enormes dificultades, y no cuenta con suficientes profesionales sobre el terreno". No exagera: en el Reino Unido ejercen casi 30.000 médicos de otros países de la UE, y hay más de 37.000 europeos que desempeñan otras funciones en el NHS.

Tanto en la parte baja como en la parte alta de la escala, los inmigrantes europeos sostienen el tejido social de lugares como Thurrock y proporcionan respiración asistida a los chirriantes servicios públicos británicos. Es el caso de Martha Woldarska, otra inmigrante polaca que vive en el Reino Unido desde 2004. Ha trabajado de limpiadora y tendera y se ha dedicado a ser madre, pero ahora cree que ha encontrado su vocación: cuidar a ancianos. Los lava, los viste, cocina, limpia, les hace tazas de té. Y, sobre todo, conversa con ellos y les escucha.

"Les encanta hablarme de su vida, de los lugares que han visitado, de lo que hacían cuando eran jóvenes, de su familia, su salud, sus operaciones". Describe de forma conmovedora las relaciones que ha forjado. "Por primera vez desde que llegué a este país, siento que formo parte de una comunidad. Siento que les soy útil, que valoran de verdad lo que hago. No me siento forastera. Me necesitan".

No siempre es fácil, claro. A algunas personas no les gusta su acento. Una mujer la golpeó y la llamó "maldita alemana". Pero lo importante es que dice que recibe mucho cariño de los ancianos y sus familias, y que eso es, en definitiva, lo que la hace sentirse integrada.

Thurrock siempre ha siempre ha sido un símbolo de la historia de Inglaterra cono isla y sus relaciones con el resto del mundo, con todos sus trastornos pero también con sus beneficios. Fue aquí donde atracó en 1948 la nave Empire Windrush, con la primera gran oleada de inmigrantes de las Indias Occidentales. Aquellos recién llegados se instalaron pronto en varios barrios pobres de Londres, pero los precios actuales de la vivienda hacen que los que vienen hoy rehagan su vida en estos pueblos de los alrededores, habitados antes por una clase trabajadora blanca.

Pat Headon, de 91 años, llegó a Thurrock en 1950, y ha visto cómo se ha ido alejando la comunidad de sus raíces obreras de posguerra, cuando todo giraba en torno a la fabrica local de cemento. Con los años, me dice, ha hecho amigos de Dinamarca, Italia y España. Pero en los últimos tiempos ha visto una gran afluencia de europeos del Este. El censo de 2011 muestra que Thurrock está convirtiéndose en una gigantesca residencia para miles de trabajadores polacos, lituanos y rumanos, muchos de los cuales van a diario a trabajar a Londres. A Headon le parecen bien estos cambios demográficos: "Sólo puedo decir cosas buenas de los polacos. Parecen unos trabajadores excelentes". También le ilusiona el hecho de que han incrementado el número de feligreses de su iglesia católica local y han dado nueva vida a la congregación, porque cantan en el coro y se suman a la eucaristía.

Sin embargo, el efecto de la migración en el tejido social es lo que está permitiendo avanzar al UKIP, porque, a diferencia de Londres o de otras áreas urbanas como Birmingham, la gente que ha quedado relegada por los cambios en la economía ve cómo se desvanecen sus perspectivas mientras los inmigrantes llegados de Europa se convierten en una presencia visible y empiezan a ascender.

"No soy racista, sólo tengo envidia", dice un hombre corpulento de cincuenta y tantos años en el pub World's End del barrio de Tilbury, mientras enumera una lista de agravios. "Tengo una casa en España", continúa, "pero no reclamo prestaciones, utilizo su servicio de salud ni les quito puestos de trabajo". Su compañero de mesa, un mecánico de cabello ondulado y sonrisa descarada, va más allá: "Yo sí soy racista", y se queja de que las familias rumanas y polacas se quedan con las viviendas de protección social y hacen competencia desleal a su taller de reparaciones.

Pero lo irónico es que muchos de estos trabajadores dependen tanto como el resto del país del acceso al mercado único europeo. Por ejemplo, DP World —la superpotencia de la logística en el Golfo— está invirtiendo para transformar Thurrock en el mayor puerto de aguas profundas del mundo, en parte para atender a los mercados europeos y mundiales. Y la enorme fábrica de Procter and Gamble en el pueblo produce enormes cantidades de jabón que se exportan al resto de Europa.

Pat Headon asegura que la gente de aquí siempre ha aceptado más a los inmigrantes profesionales —como los médicos indios y africanos de la primera oleada— que a los trabajadores manuales. No obstante, algunos británicos se han convertido, gracias a las buenas experiencias con los nuevos residentes de clase obrera.

Brian Cutmore es, en palabras suyas, "un puto inglés como Dios manda". Con acento cockney y tatuajes en los dedos, es la personificación del hombre de clase trabajadora que ha sabido ascender, jefe de obra en una de las mayores constructoras de viviendas en Gran Bretaña. Uno de sus mejores amigos es un constructor polaco que vive en Thurrock. "Andrzej es un tipo estupendo", dice, "y eso no es frecuente en la construcción, que es un mundo despiadado. Como es todo tan provisional, tiendo a no querer hacer amigos. En 45 años he hecho cinco o seis".

Con ayuda de Brian, Andrzej ha acabado siendo jefe de logística en una gran empresa constructora. Llegó al país desde Calais en 1999, en la trasera de un camión, después de pagar a unos traficantes 200 libras para que lo introdujeran y conseguirlo al cuarto intento (le atraparon dos veces la policía francesa y una la británica). Tras unos comienzos difíciles —en una ocasión le deportaron por trabajar de forma ilegal—, empezó a trabajar legalmente y a ascender en la profesión con la entrada de Polonia en la UE, en 2004. Cuando conoció a su segunda esposa, ambos decidieron establecerse en algún lugar que tuviera ambiente de pueblo para criar a sus hijos. Compraron una casa en South Ockenden, en Thurrock, y van a una iglesia polaca en Rainham. Andrzej y Brian se respetan enormemente y hablan el uno del otro con un afecto que choca con su aspecto viril.

A Cutmore, que tiene 59 años y 11 nietos, le costó tiempo apreciar a las personas de diferentes culturas: "Tuve mi primera experiencia con extranjeros en la construcción hace veinte años. Y no me cayeron bien. No soy una persona muy tolerante". Sin embargo, conocer a Andrzej le ha inspirado más curiosidad por otras culturas. "La mayoría de estas personas vienen sólo en busca de una vida mejor... Los ingleses se han vuelto muy vagos. Dicen: 'Nos están quitando el trabajo', pero no es verdad. Están asumiendo trabajos que a los de aquí no les da la gana de hacer". La actitud de Brian respecto a la política también ha cambiado. Antes era partidario de salir de la UE, pero ahora tiene claro que en el referéndum va a votar por la permanencia.

Las clases dirigentes europeas siempre han tenido mucha relación entre sí; no hay más que pensar en las familias reales y su historia de matrimonios mixtos. Y en los últimos años, los vínculos internacionales han aumentado gracias al desarrollo de los viajes y los estudios en el extranjero. Según un estudio, desde que comenzó proyecto Erasmus de intercambio de estudiantes, en 1987, han nacido un millón de niños, y más de un cuarto de los que participan en el programa encuentran al amor de su vida mientras están viviendo en el extranjero. Pero también lugares como Thurrock están cada vez más conectados al resto del mundo por lazos de amor y amistad.

Un ejemplo es la historia de un hombre, que se enamoró de Ella Vine cuando la joven entró en el banco en el que trabajaba él. Ella había ganado tres campeonatos juveniles de ajedrez en su Polonia natal, y empezó a trabajar en Inglaterra como cuidadora. Cuando hablo con ella en un centro comercial, me cuenta que está trabajando con el programa Innovate Essex para poner una tienda de lencería, y señala a nuestro alrededor con la esperanza de que, un día, haya letreros de "Ella Vine" junto a los de Victoria's Secret y Marks & Spencer. Dice que se sentía increíblemente sola hasta que conoció a su marido, un nativo de la zona, que es conductor de camioneta para la cadena Next. Asegura que ahora se siente integrada: "Primero me enamoré del hombre y luego del país".

Lo que distingue a Ella —aparte de su espíritu emprendedor— es su compromiso político. Se ha presentado dos veces como candidata laborista en las elecciones al consejo municipal de Thurrock y ha creado una organización benéfica de ámbito nacional para ayudar a los inmigrantes polacos. Otro activista en el Partido Laborista de Thurrock es Rafal Zak, que trabaja como responsable en una residencia de ancianos del pueblo. Raf ha tratado de mejorar la dieta de sus residentes, pero tienen gustos muy tradicionales, y siguen prefiriendo fish and chips, rosbif y Yorkshire pudding. En su tiempo libre, colaboró en la campaña de Sadiq Khan a la alcaldía de Londres y se dedicó a movilizar a los votantes polacos.

"Los polacos pueden ayudar a que el Partido Laborista gane la batalla de Londres", escribió en un reciente artículo para la Sociedad Fabiana. "Igual que ayudaron a ganar la Batalla de Inglaterra en 1940".

La última persona con la que hablo en Thurrock es Lukas Lidakevicius, antiguo portero de la selección sub-21 de Lituania, que hoy juega con el East Thurrock en la primera división de la Ryman League. Lukas vino a vivir al Reino Unido en 2009, a los 16 años, para jugar como juvenil en el Barnsley.

"Cuando era niño, veía la Premier League en la televisión", cuenta, "y quería con todas mis fuerzas jugar como profesional. En fútbol es un juego, no tiene nada que ver con la política. Si haces un buen trabajo, a nadie le importa de dónde seas". Los porteros no suelen obtener muchos aplausos ni ocupar titulares, pero, cuando se van, se nota enseguida. Quizá Lidakevicius es una buena metáfora sobre los europeos en Gran Bretaña.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.