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El despertar estratégico de Japón

La instalación de misiles chinos en el mar de la China meridional ha puesto en guardia a Tokio, que revisa su política militar

La bandera de la fuerza de autodefensa japonesa (MSDF), en la bahía de Sagami, en octubre de 2012.
La bandera de la fuerza de autodefensa japonesa (MSDF), en la bahía de Sagami, en octubre de 2012. AFP

Salvo algún sobresalto proveniente de Pyongyang, Japón ha vivido una cómoda siesta estratégica durante varias décadas tras su derrota en la II Guerra Mundial. Ahora está despertando a una nueva realidad en la que se siente rodeado por potencias que responsables y expertos japoneses consideran llenas de “incertidumbres” e “impredecibles”. “Estamos en una zona gris”, apuntan en el Ministerio de Defensa en Tokio: “ni de paz absoluta, ni de conflicto”, con una Corea del Norte nuclearizada y con misiles balísticos de medio y largo alcance; una China emergente con problemas internos que repercuten sobre su política exterior y de defensa; y una Rusia que ya no se ve como amenaza, aunque haya multiplicado sus incursiones aéreas. E incluso está el ISIS, o Estado Islámico, que parecía ajeno a Japón hasta que degolló, hace algo más de un año, a Kenji Goto, un periodista japonés, en una grabación que supuso un choque para esta tranquila sociedad. Al tiempo, aumenta la preocupación por un yihadismo más cercano en el Sudeste asiático.

Pero la obsesión es con China, con su rearme y creciente actividad militar, abierta o encubierta. No se la califica de “amenaza”, ni siquiera de “adversario” —las relaciones económicas y ahora humanas (turismo) son demasiado intensas— pero la preocupación va en aumento. “El reto número uno es si China ha empezado a desafiar el orden regional o no”, señala en el Instituto de Japón para Asuntos Internacionales, Tetsuo Kotani. El primer ministro japonés Shinzo Abe y el presidente chino Xi Jinping tardaron dos años y medio en encontrarse.

La militarización china de algunas islas en el Mar del Sur de China, con la supuesta instalación de misiles y radares y una zona exclusiva aérea no reconocida ha hecho saltar todas las alarmas en Tokio, en muchos países de la región y en EE UU. Porque puede poner en peligro la libertad de tráfico marítimo en una zona por la que pasa un 80% de las importaciones de petróleo y gas de Japón (y de China), además de otras mercancías. No se cree que China trate solo de defender sus costas, donde se sitúa la mayor parte de su riqueza económica, o de donde vinieron las invasiones occidentales y japonesas que llevaron a los últimos “siglos de humillación”, sino de afianzar su control sobre ese área. No hay tantas rutas para ir del Pacífico al Océano Índico y a Oriente Medio, esencial por su petróleo, para China y para Japón. Este país, Taiwán, Filipinas, entre otros, y, naturalmente EE  UU, son obstáculos a una expansión estratégica china que pone en peligro la libertad de navegación. Según Kotani, China empezó su “acción asertiva” a partir de 2008, aprovechando que EE UU entró en crisis financiera y económica. Con esto tiene que ver que Japón condenara la anexión de Crimea por Rusia, o a la ocupación de facto de una parte del Este de Ucrania. Se trata de evitar precedentes. Y accidentes.

Japón despliega su política “minilateral”, tejiendo una red de relaciones con países como Australia y Filipinas

Según Kotani, el gobierno japonés tenía tres opciones esenciales de seguridad frente a China: la acomodación (seguida por el anterior Gobierno), aumentar su propio poderío, o trabajar con otros países. Abe ha optado por una combinación de estas dos últimas. Japón está tejiendo una red de relaciones estratégicas bilaterales con Australia, Filipinas, probablemente Vietnam en un futuro, discretamente con Taiwán, y Malasia, entre otros. Y más allá, la esencial pero complicada India. No busca poner en pie una estructura de seguridad regional a la europea (OTAN y OSCE). Kotani califica esta política de “minilateral” o “trilateral”. Básica es la relación con el garantizador de la seguridad en la zona, EE UU, con el que tiene Japón una alianza profunda para su seguridad. Aunque a Kotani y otros interlocutores les preocupa que EE UU, ahora de nuevo atareado en Oriente Próximo y con Rusia, no sea capaz de sostener su política de reequilibrio con China.

Con Pyongyang, el problema es lo impredecible del régimen. Las sanciones económicas no le detienen. Y China, pese a su apoyo a la última resolución del Consejo de Seguridad, no acaba de cooperar pues aunque le preocupa la nuclearización del vecino, no querría que una unificación de la península llevara a soldados estadounidenses hasta sus propias fronteras. Le interesa una zona colchón. O porque como señala el profesor Akio Takahara, de la universidad de Tokio, la de China y Corea del Norte es un poco “una relación madre/hija”. Pero con misiles balísticos con alcances que pueden llegar a partes de EE UU y a Europa.

Japón no se cree que China trate solo de defender sus costas, donde se sitúa la mayor parte de su riqueza económica, sino que quiere afianzar su control sobre ese área

Estas son las circunstancias en las que se ha producido la revisión de la política de seguridad impulsada por Abe. Con cuatro objetivos centrales, según el exministro de Defensa Satoshi Morimoto: aumentar la capacidad de información y vigilancia; pasar su foco del norte al sureste en Asia; reforzar la defensa contra misiles, y participar en operaciones de mantenimiento de la paz (aunque sea en labores esencialmente logísticas). Hay desde septiembre pasado una nueva legislación sobre paz y seguridad —“normalización de la autodefensa”, según la describen los interlocutores —, que reinterpreta y amplía el margen de actuación limitado por el famoso Artículo 9 de la Constitución —que limitaba la autodefensa —. Entrará en vigor próximamente pese a una importante oposición de la opinión pública. Las fuentes consultadas no creen que se pueda modificar la Constitución a este respecto pues no existe el consenso social y político necesario. Esto hace que Japón siga sin poder intervenir en defensa de otro país atacado, a través de una alianza como la OTAN, con la que, sin embargo, mantiene relaciones estrechas. Mientras, ha aumentado el presupuesto militar —de los seis más importantes del mundo —, hasta casi un 1% del PIB. Pero si no fuera por la alianza con EE UU el presupuesto militar japonés tendría que pasar a un 2 o 3% del PIB, asegura Kazuya Sakamoto, profesor en la Universidad de Osaka.

Desde Tokio se critica la falta de sensibilidad estratégica hacia lo que está ocurriendo en Extremo Oriente por parte de una Europa que solo parece ver los aspectos económicos de su relación con esa parte del mundo. No se le pide nada “físico” pero si tomas de postura más claras.

Andrés Ortega, investigador sénior en el Real Instituto Elcano, acaba de realizar un viaje de información a Japón.

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