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ANÁLISIS

Un monstruo con vida propia

Guantánamo seguirá latiendo mientras vivan los presos detenidos a perpetuidad sin juicio

Detenidos en Guantánamo, en 2009.
Detenidos en Guantánamo, en 2009. REUTERS

Guantánamo tiene vida propia. Casi imposible cerrarlo, por mucho que se empeñe Obama. No quedará cerrado ni siquiera el día en que se eche el baldón a la instalación carcelaria en territorio cubano. No lo hará el actual presidente de los Estados Unidos, que lo llevaba en el programa presidencial con el que ganó las elecciones en 2008 y que firmó tras su toma de posesión una orden de cierre que debía entrar en vigor en enero de 2010. Y será difícil que lo haga su sucesor, incluso si fuera Bernie Sanders. No digamos ya si vencen Trump, Cruz o Marco Rubio, todos encantados con mantener abierto el penal.

Ahora hay 91 detenidos. Todos hombres y musulmanes. Algunos entre los 780 que han pasado por sus celdas entraron como niños; 689 han sido repatriados o transferidos a países terceros; y 24 han sido designados por las comisiones militares para su detención indefinida sin cargos ni juicio civil, de forma que Guantánamo vivirá mientras ellos vivan, aunque sea en cárceles especiales en territorio de EE UU en caso de que llegara a producirse la transferencia que Obama se propone.

Imaginado como la cárcel de irás y no volverás por los juristas asesores de George W. Bush, debía servir para detener indefinidamente a los talibanes y a los miembros de Al Qaeda sin ofrecerles las garantías de los tribunales de EE UU. Eran combatientes enemigos sin Estado a los que no se les aplicaban las convenciones de Ginebra para prisioneros de guerra. Tal invención se acogía al carácter excepcional y extremadamente peligroso del nuevo terrorismo, que obligaba a dejar de lado el garantismo para construir un limbo jurídico donde no existiera protección alguna.

Obama ha señalado que Guantánamo sirve para lo contrario de lo que se había imaginado y es ahora un peligro para la seguridad: sirve como bandera propagandística para reclutar terroristas, dificulta las relaciones con los aliados de Washington, y tiene unos costes económicos desmesurados. Pero el actual Congreso, de mayoría republicana, no hará caso a su petición de clausura, como no se lo hizo en 2009 el Congreso de mayoría demócrata. Nada más impopular que llevar presos de Guantánamo a territorio americano, donde tienen sus votantes los congresistas y senadores.

Hay argumentos republicanos para mantener Guantánamo: tiene buen cartel la mano dura y sin límites contra los terroristas, aun a costa del Estado de derecho. Pero los auténticos motivos son electoralistas y valen para todos. Al final, el último argumento es que de nada sirve echar una mano a un presidente débil y sin mayoría en el Congreso en su último año de mandato, el famoso pato cojo.

Guantánamo es un cráter radioactivo que abrió George W. Bush en 2002 tras el 11-S, cuando Estados Unidos invadió Afganistán, y que no supo liquidar Barack Obama en los primeros compases de su mandato: por falta de concentración —estaba entregado en cuerpo y alma a la reforma sanitaria— y quizás por su carácter dubitativo. Sus radiaciones permanecerán mientras estén vivos los presos allí detenidos indefinidamente, casi todos ellos suficientemente jóvenes como para amargar unas cuantas presidencias después de Obama.