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Ahmed Chalabi, el iraquí que convenció a EE UU de atacar a Husein

Facilitó información para la ofensiva lanzada en 2003 y logró ser viceprimer ministro en un Gobierno posterior

Muere Ahmed Chalabi
Ahmed Chalabi, en una imagen de febrero de 2010. REUTERS

Ahmed Chalabi era el hombre del momento. En los círculos neoconservadores de Washington fue seguramente el iraquí que más influyó en el Gobierno de George W. Bush en su decisión de invadir Irak en 2003 por la supuesta existencia de armas de destrucción masiva. Al exiliado Chalabi le llovían entonces los elogios por sus conexiones con la oposición política al régimen de Sadam Husein.

El subsecretario adjunto de Defensa estadounidense, William Luti, lo describía como el “George Washington de Irak”, según un artículo de agosto de 2003 de la revista New Republic. “Otros sugirieron que podría convertirse en el George Washington de todo el mundo musulmán”, decía el artículo, en alusión al primer presidente de Estados Unidos.

Chalabi aportó información a EE UU sobre fábricas de armas biológicas del régimen. Esa información y el análisis de inteligencia militar de la primera potencia resultaron ser erróneos. Las armas nunca aparecieron. El oráculo de Chalabi falló. Lo hizo a la par que el pronóstico del republicano Bush y su círculo de que la intervención militar conllevaría una primavera democrática en Irak que tendría un efecto contagio en Oriente Próximo. La inestabilidad se extendió en Irak y no se ha disipado.

La influencia de Chalabi se fue desvaneciendo. Sus lazos turbios, ya conocidos por EE UU, reaparecieron: desde la sospecha de tener vínculos con Irán hasta su decisión de aliarse con Muqtada al Sáder, el líder radical chií que apoyó la insurgencia armada contra las tropas estadounidenses en Irak.

El ascenso y declive de Chalabi, que murió ayer a los 71 años, refleja una época en Washington. La de la antesala y los primeros años de la guerra de Irak, marcada por el diagnóstico errático del Gobierno de Bush, que vio en él al aliado iraquí que necesitaba en una de las iniciativas más arriesgadas y ambiciosas de la política exterior estadounidense de las últimas décadas.

Chalabi falleció de un ataque cardíaco en su casa de Bagdad. El político era de confesión chií, nacido en una familia rica que trabajaba en el sector bancario, y tenía una mujer y cuatro hijos. En los años cincuenta, Chalabi estudió matemáticas en el Instituto de Tecnología de Massachussets y en los sesenta cursó un doctorado en la Universidad de Chicago. Fue profesor en Beirut y vivió parte de su vida exiliado, huyendo de presiones políticas y judiciales en Irak.

Al morir, era el líder del partido Congreso Nacional Iraquí y presidente de la comisión financiera del Parlamento iraquí. Ese partido recibió más de 100 millones de dólares de la CIA y otras ramas del Gobierno estadounidenses entre su fundación, en 1992, y el inicio de la guerra en 2003. Chalabi fundó el grupo en Londres tras la guerra del Golfo que en 1991 enfrentó a Irak con una colición internacional liderada por EE UU. La ayuda económica fue el resultado de una intensa campaña de Chalabi para granjearse la confianza de los políticos estadounidenses.

En 1998, durante la presidencia del demócrata Bill Clinton, Chalabi ayudó a persuadir al Congreso para que aprobara la ley de liberación de Irak. Esa ley declaró que reemplazar el Gobierno dictatorial del suní Husein por uno democrático era una estrategia estadounidense.

“Chalabi jugó perfectamente en Washington las guerras partidistas de los últimos años de Clinton, y se erigió como el iraquí favorito de los republicanos que estaban a punto de volver al poder”, escribe el periodista George Packer en su libro sobre la invasión de Irak, The Assassins’ Gate (La

Aunque su trayectoria no era impecable, EE UU confió en él. Había perdido la confianza de la CIA al entrometerse en un plan para derrocar a Husein en 1996 y en 2001 el Departamento de Estado destapó un uso inapropiado por parte del Congreso Nacional Iraquí de la ayuda económica de Washington. Pero sus simpatías con los republicanos —entre ellos, el vicepresidente de Bush, Dick Cheney— le permitieron rehabilitarse en la antesala de la guerra. Y contrarrestar los recelos en su contra de la CIA y el Departamento de Estado, donde era considerado una “bestia negra”.

Tras la caída de Husein en 2003, Chalabi volvió a Irak con ambiciones presidenciales. Tuvo que contentarse con ser vice primer ministro del país. Ocupando ese cargo (que mantuvo solo un año), hizo en noviembre de 2005 una visita a Washington. Se reunió con Cheney y otros altos cargos del Gobierno de Bush. Desafiante, señalado como uno de los culpables de la fallida invasión, se negó a entonar el mea culpa: “Lamento las vidas estadounidenses perdidas en Irak, pero la afirmación de que engañé deliberadamente es una leyenda urbana”.

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