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Irak lanza una nueva ofensiva para recuperar Ramadi y Baiji del ISIS

Ni la formación ni las armas que EEUU facilita al Ejército serán suficientes mientras el país no solucione sus divisiones internas, advierten los expertos

Un tanque del Ejército iraquí cerca de Baiji, el 17 de octubre de 2015.
Un tanque del Ejército iraquí cerca de Baiji, el 17 de octubre de 2015. AFP

Las fuerzas de seguridad iraquíes han anunciado que están a punto de recuperar Baiji y Ramadi, dos importantes ciudades bajo control del Estado Islámico (ISIS en sus siglas inglesas) desde hace meses. La nueva ofensiva, lanzada la semana pasada, cuenta el apoyo aéreo y el plan de capacitación puesto en marcha por la coalición que dirige Estados Unidos. Sobre el terreno, también con miles de combatientes de las Unidades de Movilización Popular, esencialmente fuerzas paramilitares chiíes apoyadas por Irán y que ya han sido clave en la liberación de otras áreas. Se trata de un arma de doble filo: frenan al ISIS, pero ahondan la fractura sectaria. De ahí que los expertos adviertan de que ni la formación ni el armamento serán suficientes mientras Irak no solucione sus divisiones internas.

“El Estado Islámico no ha conquistado terreno, se le ha dejado avanzar”, aseguraba a esta corresponsal un oficial occidental participante en el programa de formación a los soldados iraquíes, durante una reciente visita a Irak.

Sin duda sorprendió que los tres centenares de hombres que tenía el ISIS en Ramadi (la capital de Al Anbar) lograran poner en polvorosa a varios miles de miembros de las fuerzas de seguridad a mediados de mayo. De ahí la dura crítica del secretario de Defensa norteamericano, Ashton Carter, quien les acusó de carecer de “voluntad para luchar”. La falta de motivación de la tropa, junto a la corrupción de los oficiales, son las principales causas que militares, políticos y analistas citan para explicar que desde el año pasado en Mosul el Ejército iraquí se haya disuelto como un terrón de azúcar ante los yihadistas. Se estima que 30.000 uniformados han abandonado sus puestos.

EE. UU. liquidó el Ejército y la policía de Sadam Husein poco después de la invasión de 2003. La demografía inclinó a partir de entonces el poder hacia la población árabe chií (casi dos tercios del total). Con los kurdos (la otra comunidad beneficiada por el cambio) concentrados en su feudo del norte del país, fueron sobre todo los chiíes (localizados de Bagdad hacia el sur) quienes se alistaron a las nuevas fuerzas de seguridad. La mayoría buscaba una paga mensual para salir de la miseria a la que estuvieron condenados durante décadas. Eso ha determinado que fueran casi en exclusiva chiíes quienes se han enfrentado a la insurgencia de los árabes suníes o la brutalidad de los yihadistas, primero de Al Qaeda y luego del ISIS.

Unidades de Movilización Popular

“No somos milicias, sino fuerzas de resistencia”, se enfada el portavoz de las fuerzas de Movilización Popular, Muhannad al Akabi, cuando oye pronunciar esa palabra a la periodista. Fuentes militares occidentales están de acuerdo. Una vez que se han sometido al mando del comandante en jefe, en este caso el primer ministro Haider al Abadi, deja de ser correcto hablar de milicias o fuerzas paramilitares. Pero no está claro ni su estatuto ni su integración en la estructura oficial, ya que en el combate cada grupo lleva su bandera y se atribuye sus triunfos.

En total suman 118.000 hombres que, según el analista iraquí Hisham al Hashemi, se dividen en tres bloques:

. Los grupos de resistencia, que lucharon contra EE. UU. a partir de 2003 y que ese país considera terroristas; constituyen una línea roja para el apoyo de la coalición internacional. Suman 54.000 hombres en 9 divisiones.

. Las milicias creadas por el entonces primer ministro Nuri al Maliki antes de la caída de Mosul, unos 23.000 hombres en 20 divisiones

. Los voluntarios que respondieron al llamamiento del ayatolá Sistani; unos 41.000 hombres, en su mayoría piadosos que luchan para defender el país y no tienen ambiciones políticas.

No es un Ejército maduro; carece de espíritu de cuerpo y de doctrina de retirada. Además, en el caso de Ramadi, apenas a dos horas y media de Bagdad, las líneas de abastecimiento eran inexistentes”, explica una analista estadounidense. Tampoco ayudan los largos periodos que los soldados permanecen en el frente, hasta tres meses, según algunas fuentes. “No es un Ejército, es una máquina de hacer picadillo”, añade un observador europeo que critica la escasa preparación con que se les despliega.

Nadie puede esperar que un soldado de una de las provincias del sur, mal pagado y mal equipado, dé su vida por un trozo de tierra que apenas conoce y donde su presencia suscita recelos, concluyen los consultados. Aunque los sueldos no son malos, llegan con retraso y se ven mermados por detalles como tenerse que costear la comida en los cuarteles. Sin embargo, las llamadas Unidades de Movilización Popular, formadas sobre todo por chiíes de las mismas provincias, se han colgado la medalla de haber frenado el avance del ISIS y estar recuperando el terreno perdido.

“Nuestro éxito se debe a utilizamos su misma arma: la defensa de nuestra religión, aunque los yihadistas hacen una interpretación errónea del islam”, confió a EL PAÍS Abbas, un ingeniero mecánico de 33 años que, hasta que se incorporó como voluntario respondiendo al llamamiento del ayatolá Sistani el año pasado, trabajaba en el Ministerio de Transporte.

Sistani es el líder espiritual de la mayoría de los chiíes iraquíes y su inusitada intervención pidiendo a los varones que se alistaran para defender su país fue aprovechada por las milicias chiíes para recuperar un protagonismo que habían perdido desde la salida de las tropas estadounidenses en 2011. Tardaron poco en hacerse presentes en las calles de Bagdad y en asumir el reclutamiento de los voluntarios.

Los servicios secretos occidentales han contabilizado un centenar de grupos, entre los que destacan la organización Badr (la más numerosa), Asaib Ahl al Haq (Liga de los Justos, vinculada al ex primer ministro Nuri al Maliki), Kataeb Hezbolá (Falanges del Partido de Dios) y Saraya al Salam (Brigadas de la Paz, no muy numerosa, pero tiene detrás al ahora inactivo Ejército del Mahdi de Muqtada al Sadr). Algunas fuentes apuntan que esas milicias, que cuentan con el respaldo abierto de Irán, están mejor pertrechadas que el Ejército, e incluso aseguran que reciben fondos destinados a éste.

“Las Unidades de Movilización Popular han liberado del ISIS 13.000 kilómetros cuadrados, incluidos la segunda mayor ciudad de Diyala, el 90 % de [la provincia de] Saladino y el cinturón de Bagdad”, se ufanaba su portavoz, Muhannad al Akabi, el pasado verano.

Pero lo que sus partidarios ven como un éxito, resulta preocupante para sus detractores, principalmente la comunidad suní. Organizaciones internacionales han denunciado abusos y violaciones de derechos por parte de las milicias en las regiones liberadas. Karim al Nuri, secretario general de la Movilización Popular y dirigente de Badr, responde que las quejas son “propaganda del ISIS de la que los políticos suníes se hacen eco para justificar su silencio y su falta de acción”.

Tras las diferencias subyacen dos visiones enfrentadas de la situación. Para los chiíes, los suníes no quieren ser gobernados por chiíes y ven en el ISIS un instrumento para lograr su ambición de un régimen suní. Para los suníes, ha sido el sectarismo de las fuerzas de seguridad y la proliferación de grupos armados, lo que ha creado un terreno fértil para la expansión de ese grupo que es a la vez insurgente y terrorista.

“No se puede dejar la seguridad en manos de las fuerzas de Movilización Popular”, advertía por su parte el diputado Hamed al Mutlaq (suní), para quien hay suficientes voluntarios suníes para liberar sus provincias del yugo yihadista. “El Gobierno no es serio en su compromiso de integrarles en las fuerzas armadas y el proceso de toma de decisiones”, insistía.

Consciente de esas sensibilidades, el Gobierno de Haider al Abadi frenó inicialmente su intervención en Al Anbar para evitar irritar aún más a la población de esa provincia, esencialmente suní. Pero la caída de Ramadi le obligó a replantearse la decisión. Incluso los dirigentes de las principales milicias han reconocido el problema y se han esforzado por mostrar una imagen nacionalista, más profesional y menos sectaria.

“Se necesita una cobertura legal para controlar sus acciones”, admitía a este diario Abdul Husein al Azerjawee, un diputado del ala política de la organización Badr, para quien ni la creación de una Guardia Nacional ni su integración en el Ejército son una solución. “Es un asunto complicado a no ser que se produzca una verdadera reconciliación y se refuercen las instituciones de seguridad oficiales, tal vez con un servicio militar obligatorio”, resumía.

Para empezar, los soldados agradecerían un poco más de consideración. Al acabar sus tres meses de adiestramiento con las tropas españolas el pasado junio, nadie había previsto que los integrantes de la Brigada 92 necesitarían un medio de transporte para volver a sus casas, en lo que con toda seguridad iba a ser su último permiso antes de ser enviados al frente. Apenas había media docena de furgonetas a las puertas de su cuartel; la mayoría de los 1.100 hombres tuvo que esperar la llegada de más vehículos a casi 50º C y sin una sombra para guarecerse.

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