ANÁLISIS
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Los papas no mienten

Críticas internas y externas indican que el Papa Francisco está perdiendo su estado de gracia en los medios de comunicación

El papa Francisco en su visita a la ONU en la sede de Nueva York.
El papa Francisco en su visita a la ONU en la sede de Nueva York. EFE

Francisco empieza a ser consciente del temporal que zarandea la ‘barca de Pedro’, que es como se simboliza a la Iglesia romana. “Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca que hace aguas por todas partes”, lamentó en 2005 Benedicto XVI. Sus colaboradores se quejaban más tarde de que el Vaticano era un nido de lobos, y la organización religiosa, una viña devastada por jabalíes. Finalmente, el papa alemán abandonó el cargo. Sustituido por el argentino Bergoglio, las turbulencias han arreciado. El mismo Francisco es consciente de la situación, a juzgar por lo dicho en el avión que le llevó a Washington desde Cuba. Confesó que una señora “muy católica y un poco rígida” le había preguntado si era el anticristo y el antipapa. Reflexión ante los periodistas: “Estoy seguro de que no he dicho una cosa más que no hubiera estado en la doctrina social de la Iglesia. Y si es necesario que yo recite el credo, estoy dispuesto a hacerlo, ¿eh?”.

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La semana pasada, la revista estadounidense Newsweek dedicó toda su portada a Francisco con este título: Is the Pope catholic? “Claro que es católico, pero no lo sabrías tan solo leyendo los recortes de prensa”, se subtitula el informe. El texto, en realidad, comparaba los discursos del pontífice romano, y sus actitudes, con las palabras y la vida del muy conservador arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone. “Los dos no pueden pertenecer a la misma Iglesia”, concluía la revista. Numerosos cardenales firman estas última semanas libros y manifiestos, a veces muy broncos, contra algunas de las proposiciones del Papa, en torno, sobre todo, a ideas que tienen que debatirse y aprobarse en el sínodo de la familia, este próximo octubre. Muchos llegan a sostener que algunas propuesta de Francisco promueven “el divorcio católico”.

Parecía que este largo viaje, en apariencia un gran éxito diplomático, iba a poner sordina a la tormenta de críticas internas, apadrinadas muchas veces por cardenales de relumbrón. Está ocurriendo todo lo contrario. Es como si Francisco estuviera perdiendo su imponente estado de gracia en los medios de comunicación laicos e, incluso, ateos (los medios católicos conservadores nunca han dejado de mortificarlo), algunos de los cuales están calificando al pontífice romano de mentiroso, amigo de dictadores (por sus silencios o zalamerías ante los hermanos Castro) y cínico por decir en Washington, centro de la democracia americana, lo que calló en La Habana, símbolo de una dictadura poco dada a disimularse como tal.

Francisco ha disfrutado en su viaje a Cuba. Argentino y peronista en su juventud, su condescendencia con el castrismo es casi lógica, por haber crecido en un ambiente en el que los revolucionarios cubanos simbolizaban el modelo anticapitalista y antiimperialista germinado en Suramérica muchas décadas atrás. Hay otra razón: el castrismo es como una religión; las religiones ya no combaten entre sí. El Papa ha viajado a Cuba como líder del catolicismo, por tanto para ensanchar las posibilidades de su religión en la apertura que se está produciendo en la isla (acuerdos sobre enseñanza católica y apertura de centros, fundación de seminarios, reforma de iglesias con dinero público, convenios para el establecimiento de congregaciones dedicadas a caridad, salud, enseñanza, etc. Los Castro lo han visto claro y, antes de que el Papa aterrizara, ya lo habían alegrado los oídos nada menos que con la retransmisión de una misa solemne en la Televisión estatal (la única existente) con motivo de la festividad de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la Cuba católica. Después del viaje de Juan Pablo II, hace 17 años, Fidel Castro autorizó las celebraciones de la Navidad en la isla, con grandes pompas desde entonces. La visita de Benedicto XVI, en marzo de 2012, trajo el regalo del reconocimiento de la fiesta del Viernes Santo. La cosecha de Francisco, gentileza de Raúl Castro, será mucho más abundante, aparte la concesión de una amnistía a 3.522 presos con motivo de la visita papal. Se verá en pocos meses.

Ha sorprendido que el Papa dijese no haber visto (u oído) las numerosas detenciones de disidentes cubanos a plena luz del día, ante cámaras de televisión, ante sus narices (como suele decirse). Así lo afirmó Francisco ante los periodistas. También remachó el asunto el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, jesuita como el Papa. Resulta increíble. Pero se supone que los papas no mienten.

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Cuando, hace 17 años, Juan Pablo II anunció que viajaría a Cuba y se vería con Fidel Castro, todo el mundo pensó que iba a producirse un “choque de trenes”. Fueron las palabras del gran García Márquez. Nadie se lo quiso perder. “Y Dios entró en la Habana”, tituló Vázquez Montalbán un grueso libro/reportaje sobre el acontecimiento. Lo mismo hizo meses más tarde el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, con el título ‘Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro’. Antes de ser elegido papa, Karol Wojtyła Kaczorowska sufrió en su país, la Polonia sovietizada, el acoso del régimen, que tuvo preso muchos años al cardenal primado Stefan Wyszyński y que, cuando predicaba el futuro Juan Pablo II en alguna plaza de Cracovia, hacía sobrevolar un ruidoso avión militar para impedir que los feligreses pudieran oír el sermón.

Sin embargo, Fidel Castro, que estudió con los jesuitas y presume de conocer a fondo las religiones, tenía la certeza de que el furibundo anticomunista Wojtyla no iba a arremeter contra el régimen. “Wojtyla no es un amigo, pero tampoco un subversivo, ni el demonio católico, sino un jefe de Estado y un líder religioso interesado en reconstruir su Iglesia aquí”, escribió entonces Vázquez Montalbán que le había dicho Fidel. Cómo esperar de Francisco algo diferente. Do ut des. Doy para que des. En España sabemos mucho de cómo funciona la diplomacia vaticana. Al fin y al cabo, el Papa es líder religioso, pero sobre todo es el jefe de un Estado, el Estado de la Ciudad del Vaticano, gentileza de Benito Mussolini.

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