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Los cachorros de la Camorra

Dos mil jóvenes, casi adolescentes, luchan a tiro limpio en Nápoles

El féretro con Cesarano, en Nápoles el pasado día 11
El féretro con Cesarano, en Nápoles el pasado día 11 EFE

La pancarta que unos adolescentes acaban de colocar sobre la fachada de la iglesia de San Vincenzo dice que “Genny vive”, pero no es verdad. A Gennaro Cesarano, 17 años recién cumplidos, lo mató hace un par de domingos aquí mismo, junto al olivo enano, en medio de la madrugada, aún no se sabe si una bala perdida o un proyectil disparado con mucha puntería. La policía italiana calcula que unos 2.000 jóvenes napolitanos, distribuidos en 34 grupos de corte mafioso, protagonizan en la actualidad una lucha encarnizada por el control del negocio de la droga y la extorsión tras la caída en los últimos años de los grandes jefes de la Camorra.

Genny estaba pasando el rato con sus amigos cuando una pandilla de chavales de su misma edad, a bordo de ciclomotores y empuñando armas semiautomáticas, hicieron lo que ya se está convirtiendo en costumbre en los barrios bravos de Nápoles: irrumpieron en la plaza, dispararon hasta vaciar sus cargadores y se fueron por donde habían venido sin que ni la policía —que no suele aparecer por el barrio— ni los vecinos de La Sanità acertaran a ver un rostro, una matrícula, algo. Si hay una cosa que funciona a la perfección en los barrios dominados por la Camorra —la mafia napolitana— es el silencio. Un silencio que vale oro donde la vida no vale nada.

Tonino Cesarano recibe de pie, vestido de negro, en un cuarto piso sin ascensor de una calle famosa porque en 1898 nació Antonio De Curtis, Totò, uno de los genios más queridos de la cinematografía italiana. “Yo estaba en Roma por un asunto de trabajo”, recuerda el padre de Genny, “y aún no había amanecido cuando sonó el teléfono y me dijeron que habían matado a mi hijo. Esta es la única verdad. Todo lo demás que se dice por ahí son tonterías”. Lo que se dice es que tal vez no se trató de una bala perdida —la consecuencia dramática del peligroso juego que se ha puesto de moda en Nápoles—, sino que quizás los sicarios buscaban a Genny, quien pese a su juventud ya había tenido algún encontronazo con la ley. “La del ajuste de cuentas”, dice el padre al borde de las lágrimas, “es la versión más cómoda. Así ni la policía ni la prensa ni nadie tiene que entrar en el fondo del problema”.

El fondo del problema es que en La Sanità, como en tantos otros barrios de Nápoles, el Estado apenas existe. “De los 70.000 vecinos”, explica el padre Alex Zanotelli, un misionero comboniano que vivió muchos de sus 77 años en África y que desde hace una década lucha por implicar a las instituciones en el rescate de la ciudad, “el 70% está en paro, no hay ninguna guardería infantil, el único instituto que existe es el segundo de Italia con más fracaso escolar, la sanidad es un desastre y la policía ni siquiera hace acto de presencia. Hace poco logré convencer al jefe de la Policía Local de que mandase una patrulla a pie para que al menos la gente cumpliera algunas normas. Me dijo que sí pero con una condición. Que mandaran también a dos agentes de los Carabinieri para escoltar a sus municipales. Como se puede imaginar, ni vinieron los municipales ni los carabinieri. La degradación del barrio y la falta de futuro provocan que los jóvenes vivan en la calle sin otra cosa que hacer que el trapicheo. Para muchos de ellos la única salida, la única cultura y la única ley es la de la Camorra”.

La situación que describe el padre Alex no es nueva ni exclusiva del barrio de La Sanità, pero nadie recuerda una guerra sin cuartel de tales proporciones, de pandillas de jóvenes armados que, de pronto, a la luz del día o en medio de la noche, se paran delante de una casa, un negocio, un grupo de gente reunida, y vacían sus cargadores como señal de advertencia o tal vez solo de demostración de poder. Aunque la policía ha declinado ofrecer una versión oficial hasta que se aclare el caso de Genny, un veterano investigador traza un perfil del fenómeno. “Yo creo”, explica a cambio de que su nombre no aparezca, “que no se trata de camorristas, sino de gomorristas. Más que hijos de la Camorra, son hijos de la ficción, de la película Gomorra, de la serie basada en el libro de Roberto Saviano. Imitan la forma de hablar, de vestirse, de comportarse de los mafiosos de la pantalla. Aunque es verdad que surgen de un vacío de poder —los históricos jefes de la mafia napolitana están en prisión y aún no hay sucesores claros que distribuyan el poder—, estas paranzas [los grupos toman el nombre del pequeño plato napolitano de pescado frito] tienen un comportamiento muy distinto. El objetivo de la Camorra verdadera es hacer negocio sin hacer ruido. Solo disparan si es necesario. Estos de ahora son niñatos, estúpidos, hacen ruido y no hacen negocio. Han crecido en un entorno criminal cuya única salida era esa, ser un criminal”.

Junto al olivo enano de la plaza de la Sanità aún permanecen las gorras, las camisetas del Nápoles, los rosarios y los globos rojos en forma de corazón dedicados a la memoria de Genny. Algunos de sus amigos aciertan a resumir cómo es la vida en el barrio: “Un asco”. Luego se ríen, arrancan sus ciclomotores y escapan a toda prisa. De tres en tres. Sin casco y por la acera.

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