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Gomorra, la maldición de Nápoles

El barrio de Scampia es el símbolo de una sociedad, la napolitana, asfixiada por el crimen organizado y el negocio de la droga.

'El País Semanal’ entra en el escenario impenetrable de la obra de Roberto Saviano, visita sus casas y contempla el azote de la delincuencia mafiosa.

Hablan los pequeños héroes diarios que luchan para que este barrio de película pueda un día escapar a su destino.

En el centro, el comisario Michele Spina, impulsor de un plan de lucha contra la delincuencia. Ver fotogalería
En el centro, el comisario Michele Spina, impulsor de un plan de lucha contra la delincuencia.

La ciudad de Italia con peor reputación es Nápoles. El barrio de Nápoles con un estigma más profundo se llama Scampia. Los bloques más temidos de Scampia son Las Velas. Al llegar aquí, el zoom de la mala fama sigue adentrándose a través de cristales rotos, montañas de desperdicios, ascensores que hace años dejaron de funcionar, escaleras pintarrajeadas con palabras de amor o de venganza y restos de las fortalezas de hierro construidas por las feroces familias de la Camorra hasta detenerse en unas sombras que se mueven por el sótano con una jeringuilla clavada en el brazo. Esto, más decenas de tiroteos y de muertos, es lo que todo el mundo ha conocido a través de Gomorra, primero el libro, después la película y ahora la serie de televisión inspirada en la investigación del periodista Roberto Saviano sobre la Mafia napolitana.

Pero cuando, en medio de este paisaje de la desesperanza todo parece predestinado a la derrota continua, se oyen unos pasos subiendo y a alguien que canturrea en napolitano, esa bella versión del italiano que lleva dentro, como una caja negra de la historia, el recuerdo de griegos, normandos, españoles y hasta de los yanquis que desembarcaron en la II Guerra Mundial y todavía no se han marchado. Es Vincenzo, un joven expresidiario que como cada día viene a venderle el pan a Carmela Imparato, madre de dos hijas pequeñas, separada de un marido que no le pasa la pensión y limpiadora ocasional de casas ajenas. El único trabajo fijo que, un día sí y otro también, le ofrecen a Carmela algunos de sus vecinos es el de cajera de las ganancias de la droga. “Me darían 50 euros al día si guardase el dinero en mi casa, y mucho más si escondiese algún alijo de vez en cuando”. Pero Carmela, aunque más de una noche tenga que mandar a sus hijas a la cama sin cenar, siempre dice que no. Y de su negativa, de su no rotundo y de sus razones tan sencillas como el agua limpia, arranca un nuevo zoom que, partiendo de las sombras del sótano y atravesando la memoria atroz de varias décadas de guerras de Mafia, intenta superar trabajosamente la maldición de la mala fama.

No es fácil. El barrio de Scampia está ligado al destino de Nápoles, y esta ciudad –la más poblada del sur de Italia, la que registra las mayores tasas de desempleo de todo el país– también es “la capital mundial del estereotipo, hasta el punto de que cuando el equipo de fútbol va a jugar a cualquier otra ciudad de Italia, la afición rival no se mete con los jugadores, sino con los napolitanos”. La reflexión, pronunciada a modo de irónica bienvenida, pertenece al profesor de Filosofía Moral Giuseppe Ferraro. Nadie como él, cuya vocación es encender la mecha de la curiosidad tanto en las aulas como en las prisiones, para explicar por qué el barrio de Scampia, además de por las guerras de la Mafia y por los efectos mediáticos de la obra de Saviano, se ha ido convirtiendo con el paso de los años en el prototipo de la degradación. La conversación se desarrolla durante un paseo por las callejuelas del Barrio Español, un lugar donde el peligro y la belleza llevan siglos felizmente casados.

Para ser sincero, cuando falto de esta ciudad lo que más echo de menos es el mar… y el lío”
Giuseppe Ferraro, profesor de Filosofía moral

“Lo primero que hay que tener en cuenta”, explica Ferraro, “es que los edificios llamados Las Velas por su semejanza con el perfil de un velero fueron construidos a principios de la década de los setenta para descongestionar otros barrios de la ciudad. Se pretendía que el interior de los bloques fuese una reproducción moderna del casco histórico, con sus callejones y sus plazoletas, pero desde el principio se convirtió en un barrio de deportación. Los vecinos que fueron enviados allí o que ocuparon las casas a raíz del terremoto de 1980 sufrieron enseguida el desarraigo, la pérdida de identidad. Y esto fue especialmente grave en una ciudad donde, por poner un ejemplo, en cada barrio se habla el napolitano con un acento distinto. La diversidad de acentos te ayuda a situar a las personas dentro de una ciudad que es el reino de la estratificación. Si nos metemos en esa iglesia verás que debajo existe una ciudad idéntica, con las mismas callejuelas que en la superficie, herencia viva de los griegos, de los españoles… La misma mezcla y el mismo lío de arriba perviven también abajo. Yo, si quiere que le sea sincero, cuando falto de la ciudad lo que más echo de menos es el mar… y el lío”.

Las calles del Barrio Español van marcándole el compás a las palabras del profesor Ferraro. Magníficos palacios del siglo XVII divididos en pisos de renta antigua o inexistente, habitados por vecinos que jamás han sentido la necesidad de salir del barrio y que se pasean por la calle en pijama, entre el estruendo de los ciclomotores sin tubos de escape ni matrícula, cabalgados por muchachos sin casco que se santiguan delante de una hornacina de la Virgen adornada con flores de plástico. “Esta ciudad”, dice el profesor para explicar esa rebeldía que se hace patente en cada esquina, “nunca se ha gobernado a sí misma. Desde su historia griega o romana o española o incluso en los tiempos modernos, jamás tuvo un Gobierno presidido por alguien de aquí. Y esto ha resultado cómodo porque así cada napolitano ha interiorizado que las instituciones están siempre en contra, que son el adversario, que hay que combatirlas”. Giusep­pe Ferraro trae a colación que, a su paso por la ciudad, el escritor estadounidense Herman Melville se maravillase de que los cañones de Fernando II de las Dos Sicilias, el Rey Bomba, no estuviesen apuntando hacia el mar, sino hacia la ciudad: “Era la prueba de que el enemigo estaba dentro”. La cultura de la Camorra viene de una estructura antiquísima de clanes ya existentes en el tiempo de los Borbones, donde cada zona tenía un capo y donde existía la alta y la baja Camorra, la aristocrática y la popular, con la misma mentalidad aunque con intereses distintos. Es algo que, como otras muchas cosas en Nápoles, no ha cambiado a través de los siglos. Ya sea desde el borde de fuera de la ley o desde el borde de dentro, el napolitano siempre ve en la autoridad un sinónimo de opresión, de ahí su inclinación –que acompaña de un cierto placer– por circular a contramano de los semáforos y las reglas.

–Ah, y otras dos cosas antes de que vaya a Scampia.

Durante casi veinte años el barrio de Scampia careció de comisaría. ampliar foto
Durante casi veinte años el barrio de Scampia careció de comisaría.
–Dígame, profesor.
–La primera es que debe tener en cuenta que en esta ciudad solo existe el presente. El pasado es presente e incluso la muerte está incluida en el presente. Cuando el Nápoles venció el segundo scudetto [el campeonato de liga 1989-1990, con Maradona de capitán], los muchachos fueron al cementerio y colgaron una pancarta: “Queridos abuelos, no sabéis lo que os habéis perdido”. Al día siguiente, apareció otra pancarta en el mismo lugar que respondía: “¿Quién os lo ha dicho…?”. No lo olvide, esta ciudad está siempre al límite de su propia locura.
–¿Y la segunda cosa que no debo olvidar?

Mi mensaje al capo era claro: si tu quieres vender droga escóndete. No lo puedes hacer como un negocio más”
Michele Spina, comisario de policía de Nápoles

–El hecho terrible de que Nápoles es una ciudad bella. Demasiado bella. Y ya dijo Rilke en una de sus elegías que “la belleza no es si no el principio de lo terrible”. La belleza genera violencia.

De camino a Scampia, Nápoles va despojándose de la belleza y aun de la picaresca cotidiana –el taxista pacta un precio para apagar el taxímetro y no tener que pagarle al patrón, un muchacho pide a la salida del metro los billetes usados para revenderlos a otros viajeros– para zambullirse en la fealdad de los barrios de aluvión y de los delitos con mayúsculas. Dice Michele Spina que Scampia ya no es lo que era cuando él llegó en 2007 para ponerse al frente de la comisaría de Policía y que, incluso ya entonces, había dejado de ser el mayor supermercado europeo de la droga. La terrible faida –guerra interna– que enfrentó en 2004 y 2005 al poderoso clan de Paolo Di Lauro con un grupo de disidentes dirigidos por Raffaele Amato y llamados los “Scissionisti” o “los españoles” –porque Amato había permanecido un tiempo refugiado en España– dejaron más de un centenar de muertos en las calles de Scampia y del vecino barrio de Secondigliano.

“Hay que tener en cuenta”, explica el comisario Spina a bordo de un coche patrulla camino de Scampia, “que, por culpa del terremoto de 1980, un barrio que había sido proyectado para 80.000 habitantes se vio invadido de repente por más de 100.000 personas, muchas de ellas sin trabajo y bastantes con antecedentes policiales. Y, sin embargo, hasta 1997 no se creó la comisaría del barrio. El resultado era previsible: Scampia, y en especial Las Velas, se convirtieron en un gueto desde el primer momento. Durante aquellos 17 años sin ley, la Camorra se hizo con el control absoluto ante la impotencia de la gente de bien, mucho más numerosa, pero incapaz de reaccionar ante la fuerza intimidatoria del grupo organizado y de las armas. El férreo sistema de control del territorio aún continuaba intacto cuando yo entré en Las Velas por primera vez. Ahora se lo voy a explicar sobre el terreno”.

La Vela Rossa es una de las primitivas edificaciones construidas en los setenta que hoy escenifica lo peor de Scampia. ampliar foto
La Vela Rossa es una de las primitivas edificaciones construidas en los setenta que hoy escenifica lo peor de Scampia.

La fisonomía de Las Velas es inconfundible. Una parte se debe al proyecto en sí del arquitecto Franz Di Salvo: siete edificios gigantescos –de los que ya fueron demolidos tres– pintados cada uno de un color, de forma triangular, de tal manera que por fuera se asemejaran al velamen de una embarcación y por dentro recrearan los callejones de Nápoles, donde las voces de los vecinos y los olores de la comida recién hecha se confunden hasta el punto de que barrios enteros se encierran sobre sí mismos hasta convertirse en un solo patio de vecindad. Pero la razón de su incorporación al imaginario colectivo –su aterrizaje definitivo en la mala fama– se lo debe a la televisión y al cine. Las Velas sirvieron de decorado para la película Gomorra, dirigida en 2008 por Matteo Garrone, y para la actual serie televisiva, producida en Italia y vendida a más de cincuenta países.

“Los grupos mafiosos”, explica el comisario Spina ya sobre los pasillos míticos de Gomorra, “ocupaban las casas de forma militar, expulsaban a sus inquilinos y se metían dentro. A continuación cambiaban la puerta original y la sustituían por una blindada. Luego, practicaban un pequeño agujero, una especie de taquilla, de tal modo que desde el exterior no se pudiera identificar a quienes desde el interior iban vendiendo las bolsas de estupefacientes a la fila de drogadictos que esperaban en el pasillo. Dentro y fuera del edificio, en las azoteas, en los balcones, en las entradas, los centinelas permanecían alerta ante la eventual aparición de la Policía o de los Carabinieri. Ante cualquier sospecha, daban la señal de alarma con una palabra que en los últimos tiempos era “vattene”, un grito breve, sonoro, inmediato, ¡vattene, vattene, vattene!”. La voz del comisario se multiplica por unos edificios que, aun devorados por la suciedad y el abandono, siguen alojando todavía a unas cuatrocientas familias, los últimos náufragos –y algún que otro pirata– de unas naves que jamás llegaron a flotar.

“A la voz de alarma”, continúa el comisario Spina, “el que estaba vendiendo la droga escapaba y hacía desaparecer la mercancía, a veces por los sistemas –así les siguen llamando, “sistemas”— más sofisticados o más burdos, desde un falso escalón en la escalera que se activaba con un mando a distancia a un desagüe falso colocado en una casa libre de sospecha. El problema era que, cuando daban la voz de alarma y cerraban los portones de hierro con los que habían blindado el edificio, nosotros nos quedábamos fuera, pero también el resto de los vecinos. Solo ellos tenían la llave. Para eso eran los dueños. No se me olvidará una vez que, durante una operación, con ellos encerrados dentro y nosotros esperándoles fuera, llegó una señora mayor, con las bolsas de la compra en la mano. Hacía frío. El telefonillo no funcionaba porque ellos lo habían quemado del mismo modo que estropearon los ascensores para que no pudiéramos subir. Su marido, anciano, no la oía y no podía bajar a ayudarla”. La situación estaba bloqueada como en una partida de ajedrez en la que cualquier movimiento implicaba la pérdida de una pieza, pero la señora seguía allí, de pie, pasando frío. El comisario Spina –uno de esos italianos capaces de convertir el relato de la guerra en algo más interesante que la guerra misma– decidió levantar el operativo para que la señora pudiese subir, pero se juramentó regresar. Tenía que hacer lo que fuese para quebrar aquella escena grotesca, el Estado y la ciudadanía impotentes, pasmados, ante el poder de la Camorra.

La vecina Carmela Imparato, que representa la dignidad del barrio. ampliar foto
La vecina Carmela Imparato, que representa la dignidad del barrio.

–Vamos, ragazzi

El comisario Spina, todo un personaje en Nápoles, es ahora el inventor y responsable de un proyecto llamado Aracne –“por el mito griego de Aracne, aquella brava muchacha a la que la diosa Minerva convirtió en araña por tejer mejor que ella”– para combatir, y sobre todo prevenir, la delincuencia en toda la ciudad de Nápoles. Spina comanda “las gacelas” –los coches patrulla– y “los halcones” –las parejas de policía de paisano, sin casco, sobre potentes motocicletas– que han logrado rebajar las estadísticas de tirones, atracos, butrones a bancos y joyerías. Desde la jefatura, las patrullas reciben el apoyo de un sistema de cámaras que incluye el subsuelo de la ciudad. Pero esta mañana de sábado el dottore Spina –así lo conocen todos, a un lado y otro de la ley– ha regresado a la comisaría de Scampia para acompañar a sus viejos compañeros en una inspección de los puntos de venta de droga. Un helicóptero sobrevuela la zona. La situación parece tranquila. “Cuando yo llegué aquí”, recuerda el comisario, “las filas de drogodependientes rodeaban el edificio. La gente que llevaba a sus hijos al colegio tenía que pasar sobre ellos porque muchos se pinchaban aquí mismo. No es que el problema haya desa­parecido [las jeringuillas usadas que vamos pisando dan fe de ello], pero la situación ha mejorado radicalmente”.

Después de aquella tarde en que la señora y el comisario se quedaron plantados en la puerta de una de las velas, la forma de combatir a los grupos de la Camorra que controlaban la zona –y que en aquel entonces dirigía el clan Abbinante– sufrió un giro, digamos, poco ortodoxo. “Me di cuenta”, recuerda el jefe policial, “de que por muchas operaciones que hiciéramos, nada ponía en peligro las plazas de venta. El ejemplo lo tiene en la Operación Morena, por el pez. Fue una gran operación. Hicimos una irrupción muy ruidosa en uno de los edificios, practicamos registros sin resultado, y luego nos fuimos haciendo más ruido del que habíamos provocado al entrar. En cuanto ellos volvieron a sentirse seguros, gritaron la palabra habitual, ¡taposto!, que quería decir tutto a posto [todo en orden], pero habíamos dejado a algunos de los nuestros dentro –subidos al techo de los ascensores– y varias cámaras colocadas. Vimos en directo cómo vendían la droga y la cantidad de dinero –80.000 euros al día en un solo punto de venta– que lograban manejar. El caso es que logramos filmarlos y grabar sus llamadas telefónicas. Una mañana, antes del amanecer, caímos sobre ellos y detuvimos a 33”. Antes de marcharse del barrio, un agente de la brigada de Spina escribió en una pared un mensaje desafiante a los clanes: “-33”. El otro día, aquella pintada aún seguía allí, pero alguien la había retocado hasta convertirla en un mensaje de vuelta: “+88”. El juego continua.

“Por eso hice lo que hice”, concluye el relato el comisario Michele Spina, “no era una cosa muy ortodoxa, no se trataba siquiera de una acción propia de la Policía. Me dediqué a romper los puntos de venta. Mientras mis hombres seguían haciendo las investigaciones y las operaciones de rigor, yo me presentaba con los bomberos en los edificios que les servían de puntos de venta y destruía las barricadas de acero que los clanes habían levantado. Tirábamos las puertas blindadas, serrábamos las rejas, secuestrábamos los perros de vigilancia que tenían sueltos por los patios… El mensaje era claro: si tú quieres vender droga, escóndete. No lo puedes hacer de modo patente, como si fuese un negocio más y aquel fuese tu edificio. Mi mensaje al jefe del clan quedaba claro: no estoy dispuesto a tolerar que aquella señora, u otras como ella, tengan que esperar con las bolsas, bajo el frío, a que tú quieras abrir la puerta”.

El aspecto de Las Velas sigue siendo un muestrario del infierno. Los cuatro edificios que siguen en pie y que sirvieron de plató a Gomorra siguen acumulando basura, cañerías rotas por las que cae el agua constantemente, pasarelas podridas que amenazan con desplomarse. Los apartamentos más altos –vacíos porque no hay quien suba allí sin ascensores y con las escaleras cada vez más melladas– son un triste monumento a lo que pudo haber sido y no fue. Los pisos de más de cien metros cuadrados con chimenea en el salón y grandes terrazas enfocadas al Vesubio ya solo sirven de contenedores de colchones viejos, ropa inservible y escombros. En los pisos más bajos sí continúan viviendo los vecinos que no lograron levantar el vuelo. Rosaria y su hija Annalisa, que tiene 27 años y nació aquí y creció aquí y se enamoró aquí y, después de un noviazgo largo como los de antes, dentro de dos meses dará a luz a su primer hijo. Ellas no salieron en Gomorra. Ni en la película ni en la serie. “Nosotros somos gente corriente”, casi se disculpa Rosaria en medio de su piso limpio y ordenado, “como la mayoría de nuestros vecinos. Vivimos aquí porque no podemos vivir en otro lado. No pagamos la luz ni el agua porque no tenemos con qué pagarla. Cuando mi madre, que en paz descanse, pudo hacerlo, la pagó. Durante años, durante toda una vida, hemos oído los disparos, las redadas de la Policía, las peleas de los yonquis en la escalera”. Cuentan Rosaria y Annalisa –“¿quieren un café, un vaso de agua?”– que juntas desde su sofá vieron la película y la serie, sorprendidas, con los ojos muy abiertos, casi de la misma forma con que el comisario Spina veía por primera vez en directo a través de sus microcámaras la venta de droga. La violenta, lujosa, trepidante vida de los otros a los que ellos ni fueron invitados ni quisieron sumarse, honrados extras sin sueldo ni guion. “Lo que la película cuenta es verdad”, se atreve a decir Rosaria, “pero no toda la verdad”.

La otra verdad es menos fotogénica, pero no menos importante. De un tiempo a esta parte, personajes tan dispares como el profesor Ferraro, el comisario Spina, Ivo Poggiani, el líder de un colectivo anti-Camorra llamado (R)esistenza que trabaja los terrenos confiscados a la Mafia, o Vittorio Passeggio, el portavoz del Comité de Las Velas de Scampia –cuyo local tiene un dibujo de Hugo Chávez en la puerta–, están empeñados en que Vincenzo, el panadero, no vuelva a caer en los delitos que lo llevaron a prisión, y que los chavales que cada tarde juegan al fútbol al pie de los bloques, Luigi, Massimo, Salvatore y Angelo, no caigan en las redes de los clanes, o que Rosaria y Annalisa puedan seguir el ejemplo de Carmela Imparato, la madre de dos hijas pequeñas que una vez y otra le da con la puerta en las narices a los dueños de la droga: “Te damos 50 euros al día por guardarnos el dinero. Mucho más por los alijos”. Carmela apenas habla en italiano, pero con el napolitano se basta y sobra para explicar sus razones: “Es una cuestión de principios. Yo nací aquí y de aquí no he logrado salir, pero me educaron en la dignidad y eso es lo que yo quiero para mis hijas. Me ofrecen el dinero por mi buena fama, porque saben que la Policía –que también sabe que soy una persona honesta– nunca buscaría ni dinero ni droga en mi casa” .

La importancia está en la fama, en la buena o en la mala. Y de ahí que todos los entrevistados tengan una espina clavada con Gomorra, el libro, y luego la película, y más tarde la serie… Luigi de Magistris, un exmagistrado que desde 2011 es alcalde de Nápoles, les da la razón: “Todo el mundo reconoce el mérito de Roberto Saviano al denunciar a la Camorra, e incluso yo, cuando algunos se opusieron a que diera el permiso para rodar la película, me negué a cualquier tipo de censura. Pero es verdad que hay un cierto pecado de omisión cuando se cuenta una y otra vez lo que hacen los mafiosos y nunca la rebelión continua, cada vez más potente, de la gente corriente por salir adelante. La verdad es que no logramos quitarnos de encima el peso de la mala fama”. El comisario Spina, de regreso en el coche patrulla, con el puro apagado en la boca, se queda mirando las siluetas imponentes de Las Velas: “Me recuerdan al cuento de Monterroso: ‘Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. El peso de la mala reputación. La maldición de Nápoles.

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