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OPINIÓN

El ‘oxi’ griego

El arreglo pudo y podría aún consistir en esa dura transacción llamada quita

El voto del domingo en Grecia ha sido una demostración de democracia, aunque solo fuere porque el Gobierno de Alexis Tsipras se comprometía a dimitir si perdía la apuesta. El líder de Syriza había preparado, sin embargo, el terreno de mano maestra. El nai () se presentaba como la opción de la derrota, del acatamiento a poderes exteriores, mientras que el oxi (no), que propugnaba, lucía el orgullo de la independencia; si es difícil establecer qué derrotero era el peor, podía decirse, mejor elegir la forma en que se va al encuentro del destino; y hoy resulta difícil entender cómo pudo correrse la voz de que las fuerzas andaban parejas, salvo que fuera la propia Atenas quien lanzara la especie para meterle miedo al miedo a la UE.

El embrollo griego surte efectos mucho más allá de la Hélade. Ha sido la Europa germánica, la de una meticulosa y abrasadora ama de casa llamada Angela Merkel, la que ha hecho trizas la idea de aquel condominio histórico entre sur y centro, el llamado eje franco-alemán, haciendo que la extraña pareja quede viuda. Pero, aún en el peor de los casos, correspondería algún pago de consolación a los apenados deudos, mayormente el mundo latino y mediterráneo, en cuya opinión se concentra el apoyo a Grecia, como sería un acuerdo que al menos salvara la cara; y se dice que las posiciones están tan próximas como para que esa diosa del palanganeo que es la semántica pudiera solucionarlo todo. El arreglo pudo y podría aún consistir en esa dura transacción llamada quita. Al fin y al cabo, a Alemania ya le hicieron una, y gigantesca, tras la guerra del 14-18, como la llaman en Francia, y en el 45, aunque pagaron reparaciones. No se puede vivir en el pasado, pero mucho menos ignorarlo.

Se ha argumentado que lo que está en juego es mucho más que si Grecia permanece dentro o fuera del euro y la UE; que si los viajes de Tsipras a Moscú y las inversiones chinas en las comunicaciones griegas dibujan una alternativa a la europeidad del ágora, pero todo eso suena a geopolítica de salón, porque los griegos no quieren cambiar la primera Roma que es Bruselas, por la tercera que siempre será Moscú. Y el vecindario estratégico de los inventores del Mare Nostrum es de un gélido estremecedor: Turquía, con graves dudas entre este y oeste, y el Estado Islámico, sin ninguna sobre el oeste. Tsipras tiene por ello la imperiosa necesidad de encontrar el camino hacia esa Roma del quehacer europeo, y lo que sobreviva de la pareja franco-alemana, la de ser generosa.

Si la apuesta afecta, finalmente, a cómo sería una Europa con o sin Grecia, pero desequilibrada por el eje, de nuevo hay que felicitarse de que haya habido referéndum porque crea un valioso precedente. ¿Acaso no deberían votar un día los europeos, en distrito único, qué clase de unión quieren: con poderes hegemónicos; con menú especial para los británicos; o simple suma soberana de bloques étnico-culturales? Todo menos, como decía Gabriel Marcel, que “Roma ya no esté en Roma”.

Fe de errores

En una primera versión de este artículo se decía que la quita a Alemania tras la II Guerra Mundial había sido total, lo cual no es cierto porque se pagaron reparaciones.