Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Londres ve en la crisis griega un refuerzo a su posición negociadora

Cameron confía en que el miedo a un segundo golpe haga a los líderes más receptivos a sus demandas ante el referéndum británico

El primer ministro británico, David Cameron.
El primer ministro británico, David Cameron. EFE

El don de la oportunidad no parece acompañar a David Cameron. Justo cuando la Unión Europea atraviesa en Grecia la peor crisis existencial de su historia reciente, la imagen que ofrece el primer ministro británico es la de un líder que, haciendo alarde de su autista insularidad, se pasea por los márgenes del campo de batalla entonando su cansino “qué hay de lo mío”. En medio de la tormenta, el primer ministro reelecto esgrime la inconcreta lista de demandas domésticas que marcan su agenda pero la de ningún dirigente europeo más. Sus pegas hacia la cláusula de “una unión cada vez más estrecha” no son ahora la prioridad de nadie fuera de Downing Street.

El reloj de Cameron corre, víctima un calendario autoimpuesto. El que le obliga a obtener de sus socios un paquete de reformas que modifiquen la relación de Reino Unido con Bruselas, de una envergadura suficiente para poder apaciguar al sector más eurófobo de su partido y que le permita hacer campaña por la permanencia de su país en la UE en el referéndum que se ha comprometido, ya por ley, a celebrar antes del final de 2017.

La escena se repite en la media decena de encuentros que ha mantenido este corresponsal en las últimas semanas con diplomáticos, analistas y políticos europeos, de uno u otro signo. Oficialmente todo son llamadas a la conciliación: el acuerdo es posible y puede beneficiar a todos. Pero se apagan las grabadoras y afloran las palabras “insolidaridad”, “egoísmo”, incluso “traición”. Y se sacan a colación dolorosos antecedentes como el bloqueo de Reino Unido al pacto fiscal y su intento de zancadillear a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión. El primer ministro se aproxima desprovisto de claros aliados al momento que habrá de definir su legado.

Seguimiento desde el sector financiero

Muchos bancos de inversión han movilizado este domingo a sus trabajadores ante la apertura de los mercados asiáticos. La City quiere estar preparada ante un posible derrumbe de las Bolsas como consecuencia del referéndum.

Hoy está convocada una reunión entre el primer ministro británico, David Cameron; el ministro de Economía, George Osborne; y el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, para valorar la situación tras la consulta. "Decida lo que decida Grecia, Reino Unido está preparado", aseguraba ayer Osborne.

El primer efecto de la crisis griega en los planes de Cameron es, pues, de calendario. Ya ha aceptado que no celebrará el referéndum en mayo del año próximo, una opción, sugerida por el sector empresarial, que el primer ministro mantenía abierta hasta hace muy poco. Con la crisis griega sobre la mesa, el tiempo y la energía de que disponen los líderes europeos para dedicar a Cameron es, obviamente, menor.

A partir de ahí, en un primer análisis, Grecia daría argumentos a los partidarios de que Reino Unido abandone la UE, al fortalecer su visión de que el euro fue un monumental error desde el principio y que Bruselas es una gran conspiración antidemocrática. Los partidarios del no confían en un Grexit como antesala del Brexit. “Una salida de Grecia elevaría preguntas existenciales sobre la estructura del euro y de la UE, dado el considerable golpe que supondría a la idea de una unión cada vez más estrecha”, opina Raoul Ruparel, codirector del think tank Open Europe, partidario de que Reino Unido permanezca en la UE solo si cambian los términos de la relación.

Por otro lado, un desenlace que se interprete como una victoria de Syriza puede debilitar la posición de Angela Merkel, en su propio país y en el continente. Y Cameron lo ha fiado todo a la convicción de que el poder de la canciller alemana le ayude a asegurar un trato que le permita defender el sí en su referéndum.

Pero no conviene subestimar la capacidad de Cameron para salir fortalecido de las crisis, especialmente las que él mismo ha provocado. Estuvo a punto de romper la unidad territorial de su país en el referéndum escocés del año pasado y acabó ganando y, de paso, borrando del mapa a los laboristas de Escocia. Fracasó en su misión de obtener la mayoría en 2010 e improvisó un Gobierno de coalición que, cinco años más tarde, le ha proporcionado la más sólida mayoría conservadora en décadas y, como de carambola, se ha llevado por delante a sus incómodos socios liberal-demócratas.

La crisis griega puede ser una oportunidad para cuestionar el statu quo. Cameron dijo en la BBC que una salida de Grecia fortalecería su argumento de que la UE debe tener “la flexibilidad de una red y no la rigidez de un bloque”.

En Downing Street se piensa que la crisis puede fortalecer la postura negociadora del primer ministro. Temerosos de infligir más daño a la UE, en caso de una salida de Grecia del euro, los otros líderes europeos podrían ser más receptivos con sus demandas para ayudarle a asegurar un sí en su referéndum y evitar un segundo golpe, acaso mortal, al proyecto europeo.

Un reguero de referéndums

Reino Unido.La historia de los referéndums sobre asuntos europeos tiene una fecha clave en 1975, con el voto británico sobre la pertenencia a las entonces comunidades europeas. Convocados por el laborista Harold Wilson, el 67% de los británicos expresaron entonces su apoyo a Europa.

La segunda vuelta llegará más de 40 años después: el recientemente reelecto primer ministro británico, el conservador David Cameron, ha prometido un nuevo referéndum sobre el mismo asunto para 2017, aunque previamente pretende negociar con Bruselas.

El primer revés. Previamente, Francia celebró un referéndum en 1972 sobre la ampliación de la Unión Europea a Noruega, Irlanda y Dinamarca. Salió el . Irlanda y Dinamarca acabaron votando a favor de entrar a lo largo de ese mismo año, mientras que Noruega le dio a Europa con la puerta en las narices: el 53,5% votó en contra de adherirse al proyecto. En ese momento Groenlandia entró de la mano de Dinamarca, pero años más tarde -en 1979- también votó en contra de seguir en la UE.

Acta única y Maastricht. En 1986 Irlanda y Dinamarca votaron a favor del Acta Única. Después, con Maastricht, Irlanda y Francia aprobaron el Tratado en referéndum en 1992; Dinamarca lo rechazó para después aprobarlo al año siguiente con varios opt-outs , entre ellos no entrar en el euro. Dinamarca y Suecia votaron también en contra de unirse al euro en 2000 y 2003, respectivamente.

Constitución Europea. Hay un reguero de referéndums relativos a las distintas ampliaciones en los últimos 50 años. Pero los fundamentales en fechas recientes son los relativos a la Constitución Europea: España y Luxemburgo votaron a favor en 2005. Pero dos sonoros reveses llegaron ese año de la mano de Holanda y Francia, miembros fundadores de la Unión, cuyos ciudadanos votaron en contra de la Constitución entre mayo y junio de ese año. Posteriormente, Irlanda votó contra el Tratado de Lisboa en 2009.

Suiza. Los suizos han celebrado también diversos referéndums sobre asuntos europeos desde los años setenta. Tal vez el más sonado data del año pasado: los suizos votaron a favor de reducir la libertad de circulación de los trabajadores. En 2001 ya votaron claramente en contra de solicitar la adhesión.

Irlanda. Uno de los países que más votan, Irlanda, había celebrado en 2012 el último referéndum sobre asuntos europeos antes del griego, sobre las reglas fiscales. Salió adelante

Más información