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Túnez investiga la conexión libia en la matanza de los 38 turistas

El Gobierno detiene a ocho personas y busca a dos individuos que se entrenaron en el país vecino con el autor del atentado

Varios policías vigilan la playa del hotel Marhaba Imperial, de Susa, el pasado miércoles 1 de julio.
Varios policías vigilan la playa del hotel Marhaba Imperial, de Susa, el pasado miércoles 1 de julio. EFE

Las noticias se suceden con rapidez después del atentado del viernes en el que murieron 38 personas en la ciudad tunecina de Susa. El Gobierno de Túnez informó el miércoles de que el terrorista Seifeddine Rezgui recibió entrenamiento en diciembre de 2014 en la ciudad libia de Sabrata, situada en el oeste, a unos cien kilómetros de la frontera tunecina. Y este jueves fueron detenidas ocho personas, entre las cuales hay una mujer, acusadas de haber tenido vínculos directos con el atentado de Susa. Además, la policía busca a dos tunecinos que también recibieron entrenamiento en el país vecino, según informó en conferencia de prensa el ministro Kamel Jendoubi, al frente de la investigación del atentado.

La sombra del caos libio pesa demasiado sobre Túnez. El pasaporte de Seifeddine Rezgui estaba sin estrenar. Oficialmente no había salido de su país desde que nació hace 23 años. Pero, tras las primeras investigaciones, la policía tunecina ha ratificado que pasó la frontera de incógnito a finales de 2014 y recibió entrenamiento en la ciudad de Sabrata. En esa misma localidad también habrían sido entrenados, según el Ministerio del Interior tunecino, los dos terroristas que acabaron en marzo con la vida de 22 personas en el museo del Bardo. El Gobierno baraja la tesis de que Seifeddine Rezgui coincidiera allí con quienes perpetraron el atentado del Bardo. “Era un grupo que tenía el mismo objetivo. Dos de ellos atacaron el Bardo y uno atacó Susa”, señaló el miércoles el ministro de Relaciones con el Parlamento, Lazhar Akremi.

Poco puede hacer Túnez frente a Libia. En Libia hay dos Gobiernos: el oficialmente reconocido por Túnez y por toda la comunidad internacional se encuentra en Tobruk, próximo a Egipto; y el que no reconoce la mayoría de los países está en Trípoli, más próximo a Túnez. En medio de ambos, en la ciudad de Sirte, se encuentran las huestes del Estado Islámico. El problema para Túnez es que está obligado a entenderse con el Gobierno de Trípoli. Pero entenderse, a menudo significa someterse a las presiones de las guerrillas que gobiernan Trípoli.

“Desde la caída de Muamar Gadafi”, explica un diplomático europeo, “a Túnez han llegado entre 600.000 y 700.000 libios que viven en el país. Antes tenían dinero, pero ya se van quedando sin recursos. Y muchos de ellos son gadafistas. Los gadafistas, hoy por hoy, son los grandes aliados del Estado Islámico en Libia. Y además, en Libia hay 35.000 tunecinos viviendo. ¿Cómo van a controlar eso? Es imposible”.

Cada dos por tres, el Gobierno de Túnez se encuentra con la desagradable noticia de que en Libia, alguna milicia de Trípoli secuestran a ciudadanos tunecinos y los utilizan para exigir la liberación de algunos de sus cabecillas detenidos en Túnez. El último caso fue muy llamativo y expuso con toda su crudeza la debilidad de los tunecinos. Una guerrilla secuestró a mediados de junio a 10 funcionarios en el consulado de Túnez en Trípoli. Los milicianos exigían la liberación de uno de sus líderes, Walid Kalib, quien se encontraba detenido en Túnez acusado de secuestro y terrorismo. Finalmente, Túnez liberó a Kalib, la guerrilla soltó a los funcionarios secuestrados y Túnez cerró su consulado en Trípoli.

Hoy por hoy, Túnez encuentra a sus mejores aliados en la lucha antiterrorista en occidente. El Gobierno tunecino recibió ayer la noticia de que uno de sus fugitivos más buscados, Seifallah Ben Hassine, líder de la organización yihadista Ansar al-Charia, murió en el ataque que Estados Unidos efectuó en libia el 14 de junio mediante un dron.