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CHERNÓBIL, 29 AÑOS DESPUÉS

Valery Slootsky: “Volví a mi casa; no me importa la contaminación”

Conductor de autobús jubilado, es uno de los 300 'okupas' que viven en la zona de exclusión

Valery Slootsky, en la plaza principal del pueblo de Chernóbil.
Valery Slootsky, en la plaza principal del pueblo de Chernóbil.

Valery Slootsky es lo que en la zona de exclusión de la central nuclear de Chernóbil llaman un okupa (en inglés, squatter). Nació en el pueblo del mismo nombre hace 69 años y su vida siempre ha estado ligada a esta planta de energía atómica, un ambicioso proyecto de la Unión Soviética, que planeaba equiparla con hasta diez reactores nucleares y convertirla así en la más potente del mundo. Slootsky empezó trabajando en la construcción de la central en los años setenta (el primer reactor se puso en marcha en 1977). En abril de 1986, cuando se produjo el accidente, era conductor de autobús.

“Mi empresa siguió trabajando transportando a los bomberos y a otros trabajadores hasta el 16 de junio. Para entonces habíamos recibido mucha radiación, así que detuvieron la actividad y nos sacaron a todos de la zona de exclusión. Nos repartieron por todo el país”, explica en ucraniano, que traduce al inglés Yuri Tatarchuck, guía oficial del organismo que gestiona la zona muerta. Apenas pasó un año en una provincia del centro de Ucrania. En cuanto pudo volvió a su casa y se puso a  trabajar para otra compañía de transporte. "No me importa la contaminación", dice.

Ahora, ya jubilado, su situación administrativa no está muy clara. En la zona de exclusión está prohibida toda actividad económica que no tenga que ver con la vigilancia, la prevención de incendios y las actividades de mantenimiento de la central y de construcción de las instalaciones de almacenamiento de material radiactivo. Es decir, solo los trabajadores pueden residir en el área que engloban los 30 kilómetros a la redonda de la planta. Las autoridades, por así decirlo, hacen la vista gorda con personas como Slootsky y su esposa, oriundos de la zona que, una vez jubilados, quieren seguir viviendo en su casa. Se calcula que hay unas 270 familias en su situación.

A Slootsky le cuesta explicar cómo le cambió la vida el accidente. “En aquellos años tenía esperanza en el futuro. Y ahora…”. Deja inacabada la frase, pero cuando se le pregunta por su vida diaria, sus amistades, su familia, describe una existencia muy similar a la de cualquier pueblo: “Mi mujer y yo salimos mucho a ver a otras parejas, participamos en celebraciones, y nuestro hijo también vive aquí. Es conductor como yo”. En Chernóbil hay tiendas y él tiene coche; se puede mover por la región con libertad. Su hija vive cerca de Kiev.

¿No le gustaría vivir en otro sitio? Sonríe: “No”. ¿Y no le da miedo tener tan cerca la central nuclear? “No”, vuelve a contestar muy divertido con la pregunta. Tatarchuck añade que a muchos de los residentes no les preocupa lo más mínimo la precaria situación del reactor número 4, y que tampoco han prestado demasiada atención a la construcción del nuevo sarcófago. "Para ellos esto es su hogar, y pasados los años siguen vivos", apunta.

Slootsky vio a varios de los bomberos que llevaba y traía de la central caer desplomados por la intensa radiación. En los primeros días, se trabajaba sin apenas protección durante más tiempo del recomendado. Uno de sus compañeros conductores fue diagnosticado de cáncer. Pero en su familia directa no ha habido casos de enfermedad. Sí admite la tristeza de ver cómo los habitantes de pueblos enteros, rodeados por una vegetación exuberante y muchos recursos naturales, tuvieron que abandonar sus casas.

A él le compensaron por la propiedad perdida: “10.000 rublos”. Aunque ahora vive en ella e incluso cultiva el huerto. Lo admite abiertamente pese a que está estrictamente prohibido en la zona de exclusión porque los suelos están muy contaminados. Ahora es Tatarchuck el que sonríe: “Aquí hay muchas excepciones”.

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