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La crisis ucrania se suma a los desacuerdos entre Alemania y EE UU

Merkel se reúne este lunes con Obama en la Casa Blanca para limar asperezas

Merkel y Obama en la cumbre del G-20 en noviembre de 2011.
Merkel y Obama en la cumbre del G-20 en noviembre de 2011. Reuters

Barack Obama y Angela Merkel hablarán este lunes en la Casa Blanca de la guerra contra el yihadismo, la situación económica europea y el G7 de junio. Pero por encima de todo destacará el último intento de pacificar Ucrania que culminará el miércoles en Minsk en una cumbre cuatripartita. En Washington, los líderes de EE UU y Alemania tendrán la ocasión de abordar sus diferencias, no solo en torno a la guerra no declarada en Ucrania, sino en aspectos tan diversos como las recetas para sacar a Grecia de la crisis o la política de protección de datos.

Hace tiempo que las relaciones entre la superpotencia mundial y la primera economía europea no son buenas, pero la Conferencia de Seguridad que este fin de semana se ha celebrado en Múnich ha servido como termómetro del momento. Y la temperatura es muy alta. El secretario de Estado de EE UU, John Kerry, trató de rebajarla este domingo después de una intervención más acalorada del vicepresidente Joe Biden y de las discusiones al rojo vivo que se celebraron a puerta cerrada sobre la conveniencia de armar a Kiev o no.

La insistencia de Biden en el derecho de los ucranios a defenderse contrastaba con el rechazo categórico expresado antes por Merkel y su ministra de Defensa, Ursula von der Leyen, a enviar más armas a la región. El discurso del vicepresidente no dejó un buen sabor de boca en los políticos alemanes consultados. Fuentes parlamentarias consideran “torpes” algunos de sus pasajes —como por ejemplo criticar la corrupción en Rusia, pero no hacerlo con la que corroe a Ucrania— por suministrar gratis argumentos a la propaganda del Kremlin. La misma fuente admite que las relaciones de los dos países atraviesan una fase difícil, en la que la desconfianza mutua no deja de crecer.

Las frases de Múnich

Estas son tres de las frases más destacadas entre las escuchadas a los oradores que participaron en la Conferencia anual de Seguridad de Múnich, celebrada este fin de semana:

La canciller alemana, Angela Merkel: “No puedo imaginarme una situación en la que un mejor equipamiento del Ejército ucranio fuera a impresionar tanto al presidente [ruso Vladímir] Putin como para hacerle pensar que está perdiendo esta batalla militarmente”.

El vicepresidente de EE UU, Joe Biden: “Dada la historia reciente de Europa, tenemos que juzgar a Moscú por sus hechos, no por sus palabras. No nos diga qué piensa hacer, ¡muéstrenoslo!”.

El presidente de Ucrania, Petró Poroshenko (esgrimiendo varios pasaportes rusos recogidos en la zona donde se libra el conflicto): “¿Cuántas pruebas necesita aún el mundo para reconocer que hay tanques rusos y soldados rusos?”.

Tras las palabras de Biden y, sobre todo, de los halcones republicanos John McCain y Lindsey Graham, que reprocharon a Merkel dar la espalda al pueblo ucranio, no tener “ni idea”, actuar como los aliados frente a Hitler en los años treinta y unas cuantas lindezas más, Kerry relajó el ambiente. “Estamos unidos. Hemos tenido discusiones, pero de naturaleza táctica, no estratégica. Todos estamos de acuerdo en el objetivo final”, dijo en Múnich, sentado junto a sus colegas alemán, Frank-Walter Steinmeier, y francés, Laurent Fabius.

“Rechazamos el estilo de testosterona de Putin; por eso no queremos enviar armas. Con EE UU tenemos enormes diferencias en asuntos muy diversos, pero eso no nos hace olvidar la estrecha cooperación que nos une con ellos”, explica Omid Nouripour, portavoz de Asuntos Exteriores de Los Verdes.

Esas otras divergencias de las que habla Nouripour volvieron a quedar de manifiesto hace tan solo una semana. En una entrevista a la CNN, Obama se mostró comprensivo con las tesis del nuevo Gobierno griego y aprovechó, además, la ocasión para lanzar una pulla poco disimulada a Merkel y sus políticas de austeridad. “No se puede seguir machacando a un país que se hunde en la depresión. La población griega lo está pasando muy mal”, dijo el presidente estadounidense.

“El eje franco-alemán pasa momentos malos, pero se recuperará porque es fundamental para ambos. Más me sorprende lo deterioradas que están las relaciones entre Berlín y Washington”, señalaban hace unos días fuentes diplomáticas. La situación actual se explica por una mezcla de desinterés americano y desconfianza alemana: hace tiempo que EE UU prefiere mirar hacia el Pacífico que a la vieja Europa; y en Berlín aún pesa el escándalo desvelado por el exespía Edward Snowden, por el que la fiscalía alemana aún investiga las escuchas al móvil de Merkel. En el fondo, también influye la relación un tanto bipolar que los alemanes tienen con el amigo americano, que pasa por fases de amor —primera elección de Obama— intercaladas con otras de odio —guerra de Irak—. Este vínculo visceral también se detecta en el apasionado debate que vive el país sobre el acuerdo comercial entre Europa y la UE, que divide en dos, entre otros partidos, a los socialdemócratas.

Quizás la clave que explica la diferente perspectiva con que se ven los problemas con el Kremlin desde Washington y desde Berlín la dio este domingo el ministro Steinmeier. “Me preguntan si Putin podrá ser nuestro amigo, socio, rival o enemigo”, comenzó el político socialdemócrata. Su respuesta es que, pase lo que pase, solo se puede asegurar algo: que seguirá siendo su vecino.

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