Un caso que indigna y obsesiona a Argentina

Muchos ciudadanos están convencidos de que Nisman murió asesinado La sociedad contempla incrédula y hastiada la trepidante investigación policial

Antonio Jiménez Barca
BUENOS AIRES (ENVIADO ESPECIAL) -
Un hombre se manifiesta este miércoles frente a la sede de la AMIA.
Un hombre se manifiesta este miércoles frente a la sede de la AMIA.ALEJANDRO PAGNI (AFP)

Hace diez minutos que la presidenta Cristina Fernández acaba de colgar en su página web una larga carta en la que, en contra de lo que el Gobierno afirmaba en un primer momento, asegura no creer que el fiscal Alberto Nisman se haya suicidado. En el vestíbulo de un hotel del barrio de la Recoleta, Germán Bescondo, de 43 años, mira hipnotizado la pantalla del ordenador desde donde rastrea su red de contactos de Twitter, todos relativos a un caso que conmociona y obsesiona al país. A la primera oportunidad Bescondo se lanzaba este jueves a hablar: “Mire. Primero dicen que la puerta de departamento de Nisman estaba cerrada por dentro y que nadie podía haber entrado. Ergo... suicidio. Bien. Llaman a un cerrajero y resulta que la abre en menos de un minuto con un alambre. Dice que tardó más en recoger las herramientas. ¿Esto es serio?”.

"Se tiene que saber quién es el asesino para evitar la impunidad", dice un empresario

La sociedad argentina asiste entre incrédula, decepcionada y hastiada a la trepidante investigación policial —y desarrollo político— de la muerte de Nisman de un disparo en la sien, acaecida el domingo, un día antes de comparecer en la Cámara de Diputados para explicar por qué acusaba a la presidenta Fernández y a otros miembros del Gobierno de encubrir a los terroristas que asesinaron a 85 personas en un atentado con coche bomba en 1994. La sospecha de Bescondo es seguida por la mayoría: todos los consultados consideran que la muerte de Nisman deriva, día a día, prueba a prueba, hacia un asesinato disfrazado de suicidio simulado.

Mientras Bescondo rastrea en su ordenador más pistas, en la televisión de la pared de atrás un presentador informa del bloqueo de una autopista cercana por parte de un grupo de trabajadores. “Bueno, pero aquí no pasa nada. Aquí nos hemos acostumbrado al delito, a que cada uno haga lo que quiera. Aquí se mata a un fiscal y no pasa nada...”.

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Manuel Antonio Formosa, un exgerente de banco reconvertido en taxista por esas vueltas que da la vida (“como soy decente, manejo el taxi”), informado hasta el último detalle del caso, asegura: “Yo leí muchas novelas policiales. El género policial tiene mucha historia. Pero estos que han hecho esto se la pasan improvisando. Desde el primer momento supe que era un asesinato. Tal vez no del Gobierno, o sí, o de los Servicios de Inteligencia, o de los iraníes, qué sé yo”. Y luego añade, llegando a la plaza de Mayo: “Encima, la presidenta, en vez de salir y hablar a la nación, en vez de tranquilizarla, se dedica a comentadora de notas policiales en Facebook. Esto no pasa ya ni en las películas”.

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En la plaza de Mayo, un guardia de seguridad deja entrar y salir coches a un garaje. Una de las oficinas del edificio estaba alquilada precisamente por el equipo de la fiscalía de Nisman. “Nosotros le dábamos todos los días el paso al doctor y a sus guardaespaldas”, comenta el guardia. A la pregunta de si se va a saber la verdad, añade: “Fue un asesinato, de eso no tengo duda. Ese hombre no estaba para matarse”. Daniel Álvaro, un empresario, añade: “Se tiene que saber quién es el asesino, no por él solo, sino por todos, por el país, para que no nos creamos que vivimos en una sociedad en la que todo queda impune. Aunque creo que no se va a saber”.

En las televisiones se suceden expertos en balística, en armas, en rigidez cadavérica, en investigaciones policiales. El país sigue en suspenso el caso. Un ejemplo es la nube de periodistas apostada en la calle Tucumán, frente a la sede del Ministerio Público Fiscal de Argentina. Dentro del edificio, en ese momento, declara la madre de Nisman. Su testimonio es relevante, ya que fue una de las primeras personas en enterarse de la muerte y en ver el cadáver. Al lado del enjambre de periodistas y de cámaras de televisión, un curioso se acerca y dice:

—Aquí todos piensan que lo han matado.

—¿Y usted? ¿Qué piensa usted?

—Yo también pienso que lo han matado.

Sobre la firma

Antonio Jiménez Barca

Es reportero de EL PAÍS y escritor. Fue corresponsal en París, Lisboa y São Paulo. También subdirector de Fin de semana. Ha escrito dos novelas, 'Deudas pendientes' (Premio Novela Negra de Gijón), y 'La botella del náufrago', y un libro de no ficción ('Así fue la dictadura'), firmado junto a su compañero y amigo Pablo Ordaz.

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