Juncker anuncia un adelanto del plan de inversión por miedo a la recesión

La nueva Comisión Europea recibe el respaldo mayoritario del Parlamento

Jean-Claude Juncker se dirige a los eurodiputados. Al fondo, la alta representante para la Política Exterior Europea, Federica Mogherini.
Jean-Claude Juncker se dirige a los eurodiputados. Al fondo, la alta representante para la Política Exterior Europea, Federica Mogherini.CHRISTIAN HARTMANN (REUTERS)

El Parlamento Europeo ha otorgado este miércoles el aval político a la Comisión Europea "de la última oportunidad". La expresión no procede de ningún euroescéptico con instintos alarmistas; la acuñó el propio presidente del nuevo Ejecutivo comunitario, Jean-Claude Juncker, al pedir el voto de la Eurocámara para su equipo. Juncker expuso con crudeza los retos que tiene por delante en los próximos cinco años: "O logramos acercar a los ciudadanos a la UE o fracasamos; o logramos reducir el paro de manera draconiana o todo se irá al traste". La eurozona encara un largo periodo de estancamiento o, a lo peor, una tercera recesión. Para evitar ese escenario cuando van ya más de siete años de crisis, Juncker tiene que salir airoso de dos desafíos: anunciar un plan de inversiones creíble, que materialice los gaseosos 300.000 millones de euros —en tres años— que ha prometido, y permitir una aplicación "inteligente" de las reglas fiscales para no ahogar la marchita e incipiente recuperación con una dosis adicional de austeridad en Estados como Francia o Italia, dos países del corazón del euro.

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A falta de los detalles, Juncker anunció un adelanto de su paquete inversor, que estará listo antes de fin de año. Ese y el resto de los planes que esbozó para revertir esa situación le valieron el apoyo mayoritario de los eurodiputados. El brazo político de la UE recibió 423 votos a favor (de los populares, de la gran mayoría de socialdemócratas y liberales y de una parte de los euroescépticos), 209 en contra y 67 abstenciones, entre ellas la de los socialistas españoles, que habían amagado con votar en contra. Ese apoyo, aún así, es inferior al cosechado por su predecesor, el conservador portugués José Manuel Barroso.

Los socialdemócratas, claves para que Juncker haya podido sacar adelante su equipo, confían en que el número dos de la Comisión, el holandés de centroizquierda Frans Timmermans, aleje las políticas comunitarias de la austeridad y favorezca el crecimiento. La principal palanca de ese giro será el plan de inversiones prometido para sacar a la UE del estancamiento, reclamado por todo tipo de organismos internacionales ante la caída a plomo de la inversión, en torno a un 20% en lo que va de crisis. Consciente de que la marchita recuperación atenaza al continente, el nuevo mandatario se comprometió a adelantar el plan inversor, que se conocerá antes de Navidad.

El presidente busca la compleja tarea de aplicar las reglas con más flexibilidad

El Ejecutivo comunitario persigue un difícil equilibrio entre impulsar la aletargada economía y mantener las reglas de disciplina fiscal. Para granjearse el apoyo de todos, Juncker promete ambas cosas, de momento sin concreción. "La inversión es fundamental. Los intentos para apartarme de este camino han sido en vano. Acometeré este plan. Y no será en los tres primeros meses, como anuncié, sino antes de Navidad. Hay que actuar cuanto antes", proclamó el socialcristiano.

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Ni en la cámara ni ante la prensa quiso Juncker desgranar los detalles, que siguen siendo una incógnita; especialmente el dinero fresco incluido en ese paquete. Sí aclaró que esa inversión millonaria no se hará a costa de más deuda pública: "No puede financiarse con más endeudamiento. Tenemos que procurar un uso inteligente de fondos públicos para movilizar la economía privada. No solo los Estados están llamados a crear empleo. Me dirijo a los dirigentes privados para que asuman su papel, para salir de este empantanamiento".

El populismo apunta al núcleo de la UE

La atrofia económica no es la única amenaza para la Comisión Juncker. El discurso de los populistas de diversa índole puede complicar las cosas por su capacidad de movilización ciudadana. Una buena muestra la ofreció ayer el euroescéptico líder de la formación británica UKIP, Nigel Farage. El político exhibió su conocido mensaje de la falta de legitimidad de la Comisión Europea, un argumento que pasaría desapercibido si no fuera porque lleva aparejado un riesgo de fragmentación en la UE, con la salida de Reino Unido en 2017 si triunfa esa opción en el referéndum previsto. "Esta será la última Comisión que gobierne Reino Unido. Dentro de cinco años nos habremos ido de aquí", clamó Farage, que suscitó abucheos, pero también algunos aplausos.

Esas pinceladas dan a entender que el paquete consiste en movilizar fondos de los vehículos inversores con los que cuenta Europa (el Banco Europeo de Inversiones) y recolocar otros fondos para involucrar el crédito del sector privado y multiplicar esos recursos. Juncker conoce las dudas que esta propuesta genera entre los socialdemócratas. El presidente de ese grupo, Gianni Pittella, ya le advirtió en el debate de que el plan "no puede ser una simple operación cosmética". Por eso Juncker quiso resaltar el otro propósito que se ha marcado el nuevo equipo para los próximos cinco años: aplicar las reglas con más flexibilidad.

Ese será el equilibrio más complejo del arranque de la legislatura; de no lograrlo, el choque político está asegurado. Berlín insiste en la necesidad de mantener la senda de reducción del déficit, pero París y Roma claman por una relajación en las pautas que alumbre la recuperación. "No habrá cambio de reglas, pero se usarán con flexibilidad. La austeridad a ultranza no lleva al crecimiento. Tampoco el endeudamiento excesivo en pos del crecimiento. Necesitamos las dos cosas", dijo Juncker tratando de aunar dos estrategias que en muchos casos resultarán antagónicas. Uno de los últimos movimientos de la Comisión saliente da a entender que nada ha cambiado demasiado: Bruselas anunció este miércoles "consultas" con varios países por los presupuestos enviados a Bruselas. En el caso de Francia e Italia, la Comisión pide abiertamente más recortes. París, en boca de su primer ministro, Manuel Valls, se negó este miércoles en redondo a usar más la tijera. Nueva bronca a la vista: la Comisión dio a entender que esas consultas, el paso previo a devolver los presupuestos a los países, se han hecho con el plácet de Juncker.

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